domingo, 13 de enero de 2013

A fistful of well-known feelings


I would like to say it has been a long time, 
but it hasn't. 
The same flavours fill my senses, 
only they come 
from a different source. 

I still remember you, 
sleeping in my bed, next to me. 
I couldn't sleep,
I couldn't believe 
you had just made love to me, 
so intensely, 
so close together, 
you were breathing in my face. 

If I close my eyes, 
I can still see you
and hear you. 
I remember how you asked me to come closer
so that you could hold me in your arms, 
in the middle of the night, 
half asleep.

I can still smell you, 
I remember the taste of your neck, 
your ears and your shoulders. 
You made me fall, I was so into you... 
but you were mean, 
cruel to me. 

You destroyed my hope, played me, used me... 
Sometimes I try to understand 
how could someone like you 
treat me like that. 
You were my worst bet. 

However, I know that was a karmic punishment.
I played the same game with someone else, 
someone who loved me 
despite my selfishness. 
You cheated me 
just like I cheated him. 

I beg the universe for forgiveness. 
I also hope karma will ask you to pay for your debts... 
I loved you. 
Maybe I still do. 
I hate you.

Goodbye.






jueves, 10 de enero de 2013

Primavera adelantada

Llegas con el otoño. Cuando todo se desnuda de pasado, tú me vistes de color. No te importa quedarte aquí en invierno, a pesar del frío, a pesar de que vivamos dos realidades distintas que aún no se entrecruzan. ¿Eres real? Sin duda lo eres. Miro por la ventana, hay escarcha en los cristales. Sin embargo, este es un invierno cálido y lleno de alegría, de ilusiones que pronto se harán realidad. Ahora me veo en el espejo y mis ojos sonríen. Hace mucho que no me embargaba la alegría. Hace más de treinta y dos años que no me pasaba algo así. Leo tu nombre y, de nuevo, el vértigo en el pecho. Espérame en este invierno para que podamos adelantar la primavera.

Te regalo mis alas

Te regalo mis alas, no las quiero
ni las necesito
para alcanzar la libertad.
Ahora vuelo sola,
liberada de tu carga.

Te las doy sin mirarte,
porque si te miro
ya no te las doy.

No me sirvieron para volar
ni me abrieron las puertas
de tus paraísos.
Son como tus ojos,
mentirosos.

Son como cadenas tibias
que oxidan mi alma,
que cargan mi espalda.

Cógelas, pues son tuyas,
no quiero acabar como Ícaro,
víctima de un Dédalo infame.

Te regalo mis alas, no las quiero.
Dáselas a quien no entienda
que nada de lo que pedí me diste.





miércoles, 9 de enero de 2013

Sobre la comida


A los chinos les encanta comer. A los españoles les encanta comer. Lo que en principio debiera ser un acto instintivo para la propia supervivencia se convierte, en los dos ejemplos expuestos, en uno de los pilares de la propia expresión cultural, así como de la reafirmación social. En cristiano, no quedamos a comer con los amigos solamente porque tengamos hambre, ni comemos con la familia o los jefes simplemente porque haya que llenar el buche. Utilizamos la comida como un importante canalizador de actividades sociales y profesionales.

Como mi madre y mi abuela han sido cocineras de profesión durante muchos años, la comida y todo el ritual que la rodea es importantísimo en mi familia. No solamente existe el desayuno, el almuerzo y la cena, sino que, con el paso de los años, se han ido incorporando nuevos e innovadores encuentros gastronómicos en casa. Véase: el segundo desayuno. Sí, el segundo desayuno, ése que se hace una hora o dos después del primero, especialmente si uno está desempleado, de vacaciones o disfrutando de un aburrido domingo. La elaboración es sencilla. Uno se levanta del sofá, donde lleva apoltronado hora y media mientras se digiere el primer desayuno, abre la despensa y elige entre "cheetos" rancios y de dudosa textura, melindres duros como piedras o un trozo de turrón de las navidades de hace tres años que resulta ser de yema tostada con nueces y wasabi (a lo que uno se pregunta por qué mamá sigue comprándolo año tras año).

En los días festivos, después del almuerzo, en casa de mis padres se saca el dominó, el bingo, las cartas o el Monopoly. Curiosamente, todos estos juegos van acompañados de tazas de café, copas de brandy y chucherías. Nadie quiere que te comas las casas del Monopoly si te has quedado con hambre. Entre esta sobremesa y la cena existe lo que yo llamo la pre-cena, que consiste en un asalto premeditado a la nevera a eso de las siete de la tarde, en busca de lonchas de embutido, queso, yogures, fruta o pepinillos en vinagre. Muchas veces los yogures y los pepinillos resultan ser un buen equipo, de ahí que a los griegos les encante el Tsatsiki.

Además, por si la cena no hubiese sido lo suficientemente contundente, mi hermano inventó hace años la post-cena, que se lleva a cabo alrededor de la una de la madrugada y de la que hay variantes: bocadillo de choped nadando en ketchup, una barra de cuarto mojada en cola-cao o quince mandarinas devoradas a dos carrillos.

En China, curiosamente y a pesar de la distancia, conocen todos estos ágapes y algunos más. Comen de día, de noche, en casa, en las tiendas, por la calle, mientras trabajan, mientras conducen, mientras duermen... Dedican horas y horas a comer cada día y lo hacen sin parar a descansar ni un minuto. ¿Cómo es que los chinos están tan delgados? ¡Cómo no van a estarlo, si no paran quietos! Digieren la comida antes de tragársela. Digieren lo indigerible y en cantidades indescriptibles. Las calles están abarrotadas de puestos de pinchitos, empanadillas, fideos, fruta... que no paran de cocinar en ningún momento, siempre rodeados de chinos ávidos de tofu frito (no sabéis lo mal que huele esto) o de pinchos de pollo. Los tratos comerciales y profesionales se cierran siempre con comida. Se regala comida en las festividades importantes: pasteles en otoño, manzanas en Navidad... y además se come absolutamente todo, no importa que sea animal, vegetal, hongo... a nadie se le ocurre tirar a la basura las cáscaras de las naranjas si sirven para hacer té, o las partes verdes de los ajos tiernos si se pueden usar como aderezo.

Así pues, la comida, al igual que el sexo, puede ser la satisfacción de una necesidad física, el placer de saborear algo exquisito o la oportunidad de conocer mejor a alguien. 



domingo, 6 de enero de 2013

Naranjas de la China: Beijing y la Gran Muralla china

Poco antes de venir a vivir y a trabajar a China, mi maravillosa Diana (que es como una hermana que la vida me ha querido regalar) y yo hicimos un mapa de la prosperidad. ¿Que qué es eso? Bien, pues se trata de una especie de "collage" en el que uno plasma sus deseos, ambiciones y objetivos futuros, tanto en el ámbito personal, como en el social, el intelectual o el profesional. Es una manera como cualquier otra de automotivarse, de empujarse a uno mismo hacia la consecución de los logros propios. Y a mí me funcionó. Muchas de las ambiciones y sueños que  decoraban mi  mapa de la prosperidad ya se han hecho realidad, gracias a mis propios esfuerzos por no defraudarme  más a mí misma. Lo más curioso es que, en el mismo centro de mi composición de imágenes y frases motivadoras había una foto de China, y más concretamente, de la plaza de Tian'anmen que, para los que no lo sepan, es uno de los emblemas de Beijing (o Pekín). ¿Y a santo de qué viene todo este rollo? Pues resulta que, justo dos días antes de acabar el año 2012, que en general ha sido maravilloso (siempre hay excepciones con ojos bonitos), estaba paseando por esa maravillosa ciudad que es la capital de este increíble país en el que vivo.

No obstante, el viaje hasta allí no fue un camino de rosas, precisamente. Mi residencia se encuentra en Wuwei, provincia de Anhui, que está como a unos mil doscientos kilómetros de Beijing. Además, en Wuwei no tenemos aeropuerto ni estación de tren, lo cual dificulta mucho los desplazamientos. El sábado 29 de diciembre por la mañana tomé un autobús que me llevaría hasta Hefei, capital de esta provincia. Se trata de un trayecto de más de tres horas por carreteras llenas de baches, en un vehículo sin calefacción lleno de chinos que fuman, escupen en bolsas de plástico y hablan por el móvil a tal volumen que a uno le hace pensar si de veras lo necesitan. La temperatura ese día era de alrededor de ocho grados bajo cero y estaba nevando con intensidad. Podéis imaginar lo cómodo de la situación... Sin embargo, lo peor fue que, al llegar a Hefei, había un caos tremendo en la carretera, y nos costó más de media hora entrar en la estación de autobuses. Al bajar del vehículo, los taxistas se peleaban por llevar a los pasajeros a sus respectivos destinos. Uno de ellos agarró mi pequeña maleta mientras me chillaba como un loco, un chino muy loco. No entendí nada, aunque supongo que me estaría diciendo, con la educación que caracteriza  a este pueblo, algo así como: "Disculpe amable señorita, ¿la acerco al aeropuerto?" ¡Qué coño! Seguramente diría: "Va que tengo ahí el taxi y como tienes pinta de extranjera gilipollas te saco cien yuans en una carrerita de nada". El caso es que yo tenía muchísima prisa porque mi vuelo salía en menos de una hora, así que me fui con aquel amable señor en su taxi sin licencia hasta el aeropuerto de Hefei. Cuando llegué, ya estaban embarcando mi vuelo y me fue de un pelo perderlo, pero por suerte no fue así.

Llegamos a Beijing en un par de horas. Desde el aeropuerto, tomé el metro hasta Wangfuxing, que es la zona comercial, en el centro de la ciudad. La temperatura a las cuatro de la tarde era de doce grados bajo cero, aunque al menos no nevaba, el cielo estaba completamente despejado. Al salir del metro, tomé un taxi para ir hasta mi hotel. Probablemente di con el taxista más incompetente de toda Asia porque dimos más vueltas que una noria y el tipo no daba con la dirección. Me puse tan jodidamente nerviosa que le pedí que parase y me fui caminando y maldiciendo en cristiano hasta que vi el hotel, en la misma calle por la que habíamos pasado como cien millones de veces. 

Me di una ducha y salí a pasear, a eso de las seis de la tarde, o de la noche, según se mire, por las heladas calles de la ordenada y limpia ciudad de Pekín. Sorprendentemente, o quizás no, ésta no se parece en nada a la caótica y excitante Shanghai. De hecho, perfectamente podría pasar por una ciudad europea o americana si no fuese por los caracteres chinos que lucen los letreros de neón. Se trata de una ciudad más abierta, sin tantos rascacielos, sin tantas callejuelas estrechas, más limpia y con más parques y plazas. No sabría explicarlo bien, pero en mi opinión, Shanghai es una ciudad mucho más "china" que Beijing. Di una vuelta por Wangfuxing y bajé hasta Tian'anmen, pero hacía demasiado frío, así que deshice lo andado y me fui a cenar. Después de cenar me acerqué al mercado de la seda, que es un lugar maravilloso, y a eso de las once volví al hotel. Al día siguiente quería levantarme pronto para ir a Badaling a ver la Gran Muralla.

El domingo me levanté a las siete, me duché y bajé a desayunar. Había tres formas de ir a Badaling:

1. Tomar el tren desde la estación del norte de Beijing. Es la mejor opción, pero hacía semanas que había intentado comprar un billete y estaban agotados, así que mi gozo en un pozo...

2. Tomar un autobús desde la puerta de Deshengmen. Es la opción más barata, aunque no tan interesante ni cómoda como el tren.

3. Ir en taxi. Se trata de una opción carísima y arriesgada, además de que puede ser ilegal.

Pues bien, como la primera opción estaba descartada, me decidí por la segunda. Fui en metro hasta Deshengmen y me di de bruces con la realidad. Ni uno solo de los muchos autobuses que iban y venían quería llevarme a Badaling. Una chica china me vio tan desesperada que me ayudó a hablar con los conductores de los autobuses. La explicación que daban era que, debido al mal tiempo, había placas de hielo en las carreteras, lo cual hacía imposible llegar. La traducción: "No nos sale a cuenta si no llenamos el autobús". Genial. 

Lo peor era que al día siguiente me marchaba de Beijing, y además la razón principal por la que había ido era justamente ver la muralla. Después de casi dos horas tratando de subirme a un autobús, me di por vencida y me encaminé hacia el metro de nuevo. No había autobús y yo sola no podía pagar un taxi. Pero... cosas de la vida, del destino o de la suerte, en mi camino al metro me crucé con dos chicas extranjeras y me decidí a usar el último cartucho que me quedaba. Se trataba de dos chicas canadienses que trabajan en Corea del sur y estaban de vacaciones. Les pregunté si iban a Badaling y me dijeron que sí, así que les expliqué mi intento fallido y les propuse ir en taxi y pagarlo entre las tres. Sería más caro que el autobús, pero era asequible. Les pareció bien, así que caminamos juntas a la estación, donde se nos unieron dos chicas más que venían de Noruega. Después de negociar precios con varios taxistas (haciendo uso de mi chino de entre Cuenca y Valladolid), Lisa, Liz, June, Elizabeth y yo estábamos comprimidas en un taxi ilegal que, saltándose los peajes, nos llevaría a la muralla por cien yuans cada una (unos doce euros).

El trayecto duró cuarenta y cinco minutos y debo reconocer que el placer de salir de aquella lata de sardinas fue incluso mayor que el de encontrarme de morros con una de las siete maravillas del mundo. La muralla, rodeada de montes nevados. Qué preciosidad. Caminamos por la muralla durante unas dos horas mientras nuestro chófer esperaba al margen de la carretera. Había valido la pena, cada kilómetro, cada bache, cada grado bajo cero.

Al volver a la ciudad, las chicas noruegas se despidieron y Liz, Lisa y yo fuimos a comer "dumplings" (esos saquitos al vapor rellenos de carne, verduras...). Ellas tenían entradas para la ópera china por la tarde, pero quedamos en vernos esa noche para ir al mercado de la comida y comprobar si había valor para comer insectos y otras exquisiteces de esas que dan ganas de vomitar. Solamente hubo valor para degustar caballito de mar frito, que sabe a pescado y es fácilmente digerible. Las crisálidas, los ciempiés y las cucarachas... para quien los quiera (seguro que mi amigo Víctor no les haría asco). Luego fuimos de compras y a tomar una copa (bueno, tres) juntas. Ellas se quedarían dos días más en la gran ciudad, pero yo debía coger el tren al día siguiente, el 31 de diciembre, para ir a pasar el fin de año con mis amigos de Zhengzhou, pero eso es otra historia. Siempre digo que lo mejor de viajar sola es que haces amigos a la fuerza.

La mañana siguiente madrugué para ir a la Ciudad Prohibida antes de tomar mi tren. Hacía un frío horroroso pero la tempranía me permitió sacar fotos del palacio sin demasiados turistas de por medio. A las doce cogí el metro hasta la estación de Beijing oeste, que es colosal, infinitamente más grande que muchos aeropuertos internacionales europeos. 

Por cierto, ya tengo mi mapa de la prosperidad para el año 2013, pero no diré lo que hay en el centro por si acaso es cierto que los deseos que se cuentan no se cumplen...










lunes, 24 de diciembre de 2012

Navidad en familia y otras utopías hermosas

Yo tenía ocho años. Debió acabarse el cava, o quizás los mantecados estuviesen pasados de fecha, porque dos de mis tíos empezaron a discutir airados como dos venados aquella nochebuena de 1988, justo después de que mi abuela hubiese rascado la botella de Anís del Mono mientras entonaba villancicos populares rodeada de niños sobreexcitados, en aquella mesa repleta de fruta seca, turrones y cortadillos, que siempre han sido mis favoritos. Las razones de tal disputa no alcanzo a recordarlas, puede que de tan absurdas que fueren. Sí recuerdo a la abuela intentando poner tierra de por medio, a mi madre yendo y viniendo de la cocina con platos cargados de dulces y a mi padre, que, después de haber trabajado muchas horas, intentaba cenar en paz mientras veía a Camilo Sesto o a Roberto Carlos cantar por televisión. Mi padre, que muchas veces nos recuerda que la Navidad solamente es bonita cuando hay niños con quien celebrarla, porque los niños son los únicos que entienden su verdadero sentido, la ilusión de esperar a Santa Claus o a los Reyes Magos, la magia de las luces y los pesebres y la música. 

Con la edad, la Navidad toma nuevos significados. Hay que cenar con los jefes y con los compañeros. Hay que comer con la familia, con la familia política, con los sobrinos de la prima de tu tía... Hay que gastar dinero en regalos por compromiso. Hay que ver como algún desgraciado de algún pueblo que no es el tuyo se lleva el gordo de Navidad, que usará para tapar agujeros, en plan masilla. Y lo más importante, solamente algunos privilegiados tienen vacaciones y paga de Navidad.

No me entusiasma la Navidad, no es que la odie, no. Es que no me vuelve loca. Sin embargo, a diez mil kilómetros de casa, sola entre millones de personas que no tienen ni idea de quién narices es San José o de lo que es una zambomba...las fiestas cobran un nuevo sentido, el de la occidentalidad añorada y el de los abrazos con las pocas personas de este mundo que de verdad me importan.  

Disfrutad de las fiestas si tenéis la ocasión, reíd, cantad villancicos, emborrachaos, discutid con ese primo gilipollas que os toca siempre las narices, comed como cerdos y recordad que nunca se sabe lo que se tiene hasta que se echa en falta. ¡¡¡FELICES FIESTAS!!!


sábado, 24 de noviembre de 2012

Naranjas de la China: Aprendiendo en Luan

Este post será un poco distinto al resto de publicaciones sobre mi estancia en China, pues mi reciente visita a Luan (en la provincia de Anhui) se ha dado por razones laborales y, por lo tanto, he dispuesto de poco tiempo para hacer de turista. Trabajo para una compañía de Singapur que ofrece educación internacional en institutos públicos en China y nuestros jefes nos comunicaron (en el centro en el que trabajo, en Wuwei) que iríamos unos días al intituto de Luan para que pudiésemos conocer a nuestros compañeros de trabajo a los que nunca vemos y para intercambiar ideas, procedimientos, etcétera.  Así pues, el martes nos pusimos en marcha y, tras cuatro horas de carretera, llegamos a Luan. Llovía muchísimo y además, las temperaturas en la zona llevan siendo muy frías varias semanas. Una bruma envolvía la ciudad y empañaba los cristales.

El instituto número 1 de Luan (en China, el número del centro indica su importancia y, a veces, también su antigüedad) es un gran complejo de edificios, algunos de ellos muy modernos, aularios, oficinas... rodeados de jardines. Allí nos esperaban Mary Ann, sudafricana de origen holandés, y Jean, que es filipina y ha vivido muchos años en Estados Unidos y en China, y además está casada con un inglés. Con ellas, trabaja Euro (sí, ese es su "English name"), una joven profesora china.

La empresa me alojó en el apartamento de Jean, que me ha tratado como una reina durante todos estos días. Además, por la cercanía de nuestras culturas (Filipinas fue colonia española durante casi cuatro siglos), nos hemos entendido muy bien y hemos trabajado de maravilla juntas.

Dado que la mayor parte del tiempo he estado en conferencias, clases y reuniones... he visto poca cosa de Luan, pero dejadme que haga mención de algunos lugares que merece la pena ver. Por ejemplo, es interesante una visita al restaurante de la revolución, y ver a las camareras vestidas con uniformes militares. La comida es excelente, picante y muy variada, y además, como casi todo en China, es barato.

Si se tiene un rato libre para pasear y el tiempo acompaña se pueden visitar los jardines de la universidad, con auténticos bosques de bambú, dar una vuelta por los alrededores del río Pihe,  o ir de compras a Renmin Road.

Como conclusión, se podría decir que Luan representa bastante bien el espíritu de las nuevas ciudades de Anhui, que crecen sin parar (y sin demasiado orden) y que, aun con poco que ofrecer, siempre es posible encontrar ese rincón hermoso que te recuerda que estás en uno de los países más interesantes del planeta.










lunes, 12 de noviembre de 2012

Naranjas de la China: Nanjing, la ciudad del cielo

Tras varias semanas de relax en Wuwei, este último fin de semana he ido a visitar Nanjing, conocida como la ciudad del cielo. Nanjing significa literalmente la capital del sur y, de hecho, ha sido la capital de China durante el reinado de varias dinastías. Esto supone que la ciudad tiene innumerables rincones históricos de interés, aunque yo no he podido ver muchos en mi primera visita por ser demasiado corta (pero volveré). 

Por lo poco que he visto de China hasta el momento, Nanjing merece sin duda una visita (o quizás más de una). Es una ciudad grande pero relativamente apacible si la comparamos con otras ciudades chinas, está todo bastante limpio, hay muchas hectáreas de parque, zonas peatonales, lagos y canales. Los templos se mezclan con los centros comerciales, los restaurantes, los mercadillos y los altos edificios de oficinas. Todo cabe en Nanjing. 

Llegué el sábado por la mañana con mi compañera Sarah, que además hace las veces de traductora. Nos instalamos en un hotel del centro de la ciudad, desde el cual es fácil acceder a los puntos claves de la misma gracias al metro. A menos de doscientos metros a pie encontramos el templo de Confucio, rodeado de canales, plazas, calles peatonales y árboles. Una preciosidad, especialmente de noche. En los alrededores del templo, cientos de pequeñas tiendas de artesanía, regalos, ropa, ... y muchos puestos callejeros de fideos, brochetas y todo tipo de snacks. Es apacible pasear por esta zona, ya que no hay coches ni motos, lo cual es rarísimo en China.

Más tarde cogimos el metro y fuimos a visitar el Nanjing Massacre Memorial Hall, un museo en el que se recuerda a las víctimas de la masacre de Nanjing, que tuvo lugar en 1937 durante la guerra con Japón. Los japoneses se encontraban enfangados en su afán por conquistar las ciudades chinas (algunas, como Shanghai, ya habían caído) cuando llegaron a Nanjing. En seis semanas, trescientos mil chinos (mayoritariamente civiles desarmados) cayeron ante el ejército japonés. Eso supone una muerte cada doce segundos. No es difícil entender que aún hoy haya tanto resentimiento hacia los japoneses en este país y que cualquier pequeña ofensa pueda volver a hacer saltar las chispas. A los chinos se les adoctrina desde pequeños en el odio hacia todo lo japonés y, aunque la masacre fue horrible y los japoneses han cometido muchas crueldades a lo largo de su historia, no debemos olvidar que no hay apenas naciones en el mundo que tengan las manos limpias de sangre y los propios chinos manchan las suyas con la de los tibetanos de vez en cuando, por poner un ejemplo. El museo es bonito, pero visto desde la objetividad de alguien que admira la cultura china tanto como la japonesa, hay mucha propaganda pro-régimen y mucho mensaje subliminal latente. Aún así, desde luego que este lugar merece una visita.

Por la tarde, Sarah y yo decidimos ir a cenar a un restaurante italiano del centro que se llama Ciao Italia (sí, muy original). Uno no sabe cuánto ama la pizza hasta que se pasa dos meses sin comerla. Después de cenar, fuimos a un pub irlandés, el Finnegan's Wake, regentado por un escocés, Ian Ross, un enamorado de Madrid con el que tuvimos el gusto de charlar y que fue muy amable con nosotras. Si vais a Nanjing os recomiendo una visita a este lugar, con buena cerveza y música en directo. Sí, ya sé que no es muy chino que digamos, pero llevo dos meses aquí y, dado que en Wuwei no hay mucha vida occidental, de vez en cuando agradezco una cerveza y una hamburguesa mientras escucho The Wind that shakes the Barley.

La noche terminó en el Mazzo 1912 Night Club, un local con muy buena música para bailar (el DJ es marroquí y es francamente bueno), muchos expatriados, muchísimos chinos y, lo más importante, acceso gratuito. Allí estuvimos bailando hasta que nos echaron a eso de las tres de la madrugada.

El domingo hicimos poca vida cultural, necesitaba ropa de invierno, así que fuimos de compras toda la mañana. Una cosa buena de Nanjing es que hay shopping para todos los bolsillos: en un lado de la calle puedes ver mercadillos donde encontrar gangas increíbles y en el otro tienes Dior y Armani o centros comerciales con precios intermedios. Después de comer tomamos el autobús de vuelta a Wuwei, un trayecto de tres horas y media por carreteras llenas de baches y viendo una película china indescriptible. 

Lamento no haber tenido tiempo de ver nada más, pero pienso volver a Nanjing en cuanto pueda, hay muchas cosas pendientes que ver y hacer, y la ciudad me encantó.











martes, 6 de noviembre de 2012

Aún te recuerdo


Aún te recuerdo,
en los días grises
cuando yo misma me oscurezco.
Recuerdo esa tarde
y todas las cosas
que no pasaron.

Aún tengo días claros,
cuando no sueño
con tu pelo y con tus manos.
Pocas veces,
sin embargo
se me olvidaron.

Y vuelves a mí,
cuando ya no quiero
que vuelvas más.
Me persigue tu sonrisa
y no la puedo borrar,
ahí está, entre mis labios.

Si alguna vez te quise
o me quisiste
nadie lo sabe,
bueno, yo sí,
pero no voy a contarlo.

sábado, 20 de octubre de 2012

La náyade y su pecera (Un cuento para Naiara...)




Una mañana de invierno, la náyade se despertó en su pecera de agua cálida. Hacía ya algún tiempo que la pecera se había convertido en su hogar. Como todas las náyades del mundo, ninfas de los arroyos y los lagos, se sentía feliz en su medio acuático. Si le apetecía, podía nadar de un extremo a otro de la pecera, hacer burbujas y dar volteretas. Era su pecera, y allí nada malo podía sucederle.
La pecera siempre estaba oscura, pero la náyade no tenía miedo. Conocía la pecera de extremo a extremo y sabía que ella era la única allí. De vez en cuando escuchaba de lejos el sonido de unos tambores que no sólo no la asustaban, sino que hacían que se sintiese protegida. La oscuridad de la pecera le serviría más adelante para enfrentarse a cualquiera de los males que pudiesen interponerse en su camino.
La náyade era hermosa. Su cabello castaño enmarcaba su cara sonrosada, en la que resaltaban dos ojos azules como el océano. Su piel era suave, frágil y perfumada. Era la náyade más hermosa del mundo y nada ni nadie podría cambiar eso, porque la pecera la protegería siempre.
Una noche, estando la náyade buceando en las oscuras y cálidas aguas que la rodeaban, la pecera se rompió. Toda el agua que había en ella se fue escapando a través de un túnel por el que la náyade no quería pasar. Le daba mucho miedo salir de la que había sido su casa tanto tiempo. A través del pasaje oscuro se veía una luz brillante que le aterrorizaba.
Entonces, la náyade sintió que quien tocaba los tambores la animaba a salir. Sin palabras, le decía que era el momento de abandonar la pecera rota y de conocer el mundo de las nubes. Le aseguraba que no debía tener miedo, pues en el mundo de las nubes seguiría oyendo los tambores, seguiría sintiendo el plácido calor que ahora la protegía y que, de vez en cuando, podría volver a su medio acuático, rodeada de burbujas de suave jabón.
Así pues, la náyade se aventuró a salir de la pecera rota y, con esfuerzo, logró llegar al mundo de las nubes sana y salva. La luz brillante le molestaba y chilló, pero sólo por un instante, justo el tiempo en que tardó en volver a sentir los tambores, mientras unos brazos temblorosos la acogían en una cama que respiraba, cálida y amorosa. Y unos enormes ojos la miraron como quien mira un tesoro. Y la náyade sintió que también sería feliz fuera de la pecera, en el mundo de las nubes, donde podía respirar el amor que ahora la alimentaba.