lunes, 11 de marzo de 2013
El grupo de Bloomsbury: Fahrenheit 451 y el precio de la felicidad
En más de una ocasión, la gentucilla con la que me relaciono me ha preguntado el porqué de mi apellido, Montag. Me parece tan obvio que no sé por qué se lo preguntan. Veamos, mi padre se llama Rafael Montag, así de simple. Bueno, vale, en realidad mi padre es andaluz y tiene apellido de futbolista, lo cual no le resta glamour. Bueno, lo cierto es que tengo un apellido de lo más terrenal. Entonces... ¿Quién es Montag?
En 1953, Ray Bradbury, uno de mis novelistas preferidos, publicaba esta novela de corta extensión y enorme mensaje. Para los que no conozcan a Bradbury, autor de Crónicas Marcianas (leed estos relatos, por vuestra madre) y El país de octubre, entre otros, diré que su obra es una maravilla y que está inspirada en los más oscuros miedos de las personas. Y si creéis que la ciencia ficción es únicamente cosa de naves espaciales, robots e ingeniería genética, vais muy desencaminados. El tema principal en las obras de este género es siempre la humanidad, con sus miedos, sus penas, sus esperanzas, su maldad y su angustia. A partir de ahí, lo demás es simple atrezo.
Volvamos a la novela. ¿Qué explica? Pues explica la historia de Montag... ¡Vaya! En fin, resulta que Montag es bombero, pero no uno cualquiera. En el mundo que presenta Bradbury, los bomberos no apagan fuegos, sino que se dedican a quemar... libros. ¿La razón? El gobierno del país en cuestión cree que si la gente lee y adquiere conocimientos, dejará de ser feliz. Y no les falta razón. Para tener a la gente contenta, ha sido creada una sociedad hermética que atonta a las personas (uy, esto me suena mucho...). Veamos, la señora de Montag, una tal Mildred (más tonta que un ladrillo), pasa gran parte de su tiempo charlando con sus amigas. ¿Algo normal, no? El caso es... que nunca sale de su casa, o casi nunca. Habla con sus amigas por videoconferencia y ve sus imágenes en las paredes de su casa, a modo de pantalla. ¡Pero bueno! ¿No era esta una novela de 1953?
Resulta, sin embargo, que Montag es una persona curiosa. Un día conoce a Clarisse, una vecina a la que los vecinos tachan de estar chiflada porque le gusta pasear, oler las flores y hacerse preguntas. A Montag, sin embargo, le parece un encanto y de alguna manera le pica la curiosidad. Pero resulta que, además, durante un "incendio", el bueno de Montag decide apropiarse de un libro en lugar de quemarlo. Y ahí es donde, como diría la juventud, la lía parda. ¿Por qué? Bueno si quieres saberlo te sugiero que dejes de ver Gran Hermano y salgas a comprar el libro. ¿Me estás enviando a la mierda? ¡Oye! Pero, ¿Qué te has creído?
Ésta es una de mis novelas preferidas, no sólo porque Bradbury era un genio escribiendo (el pobre nos dejó el año pasado), sino porque, cuando terminas de leer este libro no puedes evitar pensar cuán cierto es que la ignorancia es la madre de la felicidad. Aún así, ¿Vale la pena ser feliz de este modo? Con esto no quiero decir que yo no vea estupideces en televisión, o que yo no lea la prensa deportiva o que yo no pierda el tiempo en facebook... Sin embargo, también veo cine, leo libros, salgo a bailar, viajo y quedo con mis amigos. Luego vuelvo a casa y pongo otra vez la tele.
La cura contra la ignorancia no está en los libros, está en la vida. No obstante, leer empuja a hacerse preguntas que muy a menudo se resuelven con la experiencia. No apartéis los libros de vuestra vida, bueno El Código Da Vinci sí podéis apartarlo (así, como quien no quiere la cosa...). Nunca se sabe cuándo a algún iluminado (o inquisidor) se le ocurrirá volver a quemarlos porque, como ya he dicho, esto no es ciencia ficción. Por cierto, ¿A qué temperatura arde el papel de los libros?
sábado, 2 de marzo de 2013
El grupo de Bloomsbury: Cincuenta sombras de Grey o cómo fustigarse a uno mismo
Con esta entrada quiero empezar una serie de crítica literaria en el blog (El grupo de Bloomsbury), en parte para animaros a leer, aunque también para animaros a no hacerlo, como en el caso de la novela que voy a destripar a continuación.
Estaba yo aburrida una tarde durante mis últimas vacaciones, apoltronada en el sofá de mi amiga Sonia, cuando ésta aparece por la puerta con un ladrillo en las manos. Perdón, con un libro. El libro en cuestión es un mamotreto de más de quinientas páginas y muestra una vanidosa pegatina en la portada, que lee lo siguiente: "Sí, esta es la trilogía de la que habla todo el mundo". En primer lugar, me asusta conocer que es una trilogía. No, no tiene nada que ver con la extensión de la novela, las he leído mucho más largas. El problema es que, si la primera parte de la susodicha trilogía es mala (que lo es) pero adictiva (que también lo es), tiene una la obligación moral de leer, no una mierda, sino tres. En segundo lugar, quiero dejar claro que he leído muchos best-sellers (la mayoría muy malos), así que trato de no juzgar las cosas sin conocerlas (lo que no implica que lo consiga siempre). Por otra parte, leer en la contraportada la biografía de la autora, una señora casada y con hijos que "...postergó sus sueños para dedicarse a su familia..." me produce escalofríos. Con todo, abro el libro cuando Sonia se marcha de vuelta al trabajo. No puede ser tan malo como parece... ¿O sí?
La protagonista de la novela es una tal Anastasia, una joven de veintiún años, recién licenciada en... ¡literatura! Pongo esto entre signos de admiración porque luego la muy desgraciada se atreve a decir que su novela preferida es Tess, la de los d'Uberville: una mujer pura fielmente presentada (Tess of the d'Urbervilles: A Pure Woman Faithfully Presented), dramón infumable donde los haya, escrito por Thomas Hardy. En fin, la pobre Anastasia, que ya de por sí es más bien sosa, es, además, virgen (luego descubrirá que es multiorgásmica y que se corre con un soplido). Al parecer llevaba toda la vida reservándose para acabar follando duro con un millonario prepotente, engreído e insustancial que disfruta del sado con mujeres a medio depilar.
El señor Christian Grey es, en mi humilde opinión, el personaje masculino más insorportable que jamás haya sido creado para una novela (superando a Heathcliff, de Cumbres borrascosas, escrito por Emily Brontë). La pobre Anastasia, que no deja de decirnos lo buenísimo que está, cae rendida a sus pies, literalmente. Es guapo, multimillonario y solidario (sí, ya sé que los dos últimos adjetivos son un tanto incompatibles). El pobre señor Grey tiene traumas de los que no desea hablar (algo relacionado con una madre yonki, puta y maltratadora... ¡Qué original!). Eso sí, con cuatro años fue adoptado por una familia bien (la cual, por cierto, no pudo proteger a su chiquitín de acabar desvirgado y fustigado por una dominatrix mucho mayor que él). Y yo me pregunto... ¿Le ha dado tiempo a este hombre a traumatizarse tanto en cuatro años?
Por si este ejemplar de macho fuese poco, resulta que tiene un helicóptero, un jet y una "habitación roja del dolor" en la que fustiga a sus sumisas en todo el clítoris ¡Zasca! Siempre he querido que un millonario gilipollas me pegase un latigazo en el clítoris, en realidad, es el sueño de toda mujer con dos dedos de frente. Aunque esto no es malo en comparación con la retahíla de órdenes que la pobre muchacha tiene que atender: "siéntate", "come", "no te muevas", "arrodíllate", "tómate un ibuprofeno"... Yo siempre lamento no dominar el arte de escribir buenos diálogos (soy demasiado prosaica), pero lo de la señora E. L. James roza la ilegalidad. Hacía muchos años que no leía una novela tan mal escrita y con unos personajes tan mal desarrollados. Literariamente, y digo esto desde el punto de vista de una simple filóloga y aprendiz de escritora que, eso sí, ha leído mucho, esta novela es un despropósito.
Sin embargo, resulta que este bodrio de proporciones homéricas... engancha. También enganchan Jersey Shore y reventarse los granos y ello no implica que ninguna de estas cosas sea buena. Toda esa prosa facilona y esos diálogos a medio terminar se digieren demasiado fácilmente. Por ilustrar esto, diré que, cuando Sonia volvió a casa, tres horas más tarde, habían caído más de doscientas páginas.
Una de las cosas que de más mala leche me ha puesto con respecto a este libro es el contrato que el señor Grey redacta para que Anastasia lo firme y sea suya. El contrato pasa de ser una condición imprescindible para tener sexo con ella (con normas de lo más ridículas) a convertirse en un montón de papeles que ambos protagonistas se pasan por el forro. Por cierto, cuatro veces inserta la autora el contrato en la novela, debió pensar que era corta y que así cobraría más.
Por último, si sois personas con una vida sexual más o menos sana y variada, encontraréis que algunas de las supuestas perversiones que esta novela relata son más bien leche con galletas. Tanto cuero, arneses, grilletes y demás para acabar follando, la mayoría de las veces, como el común de los mortales. Si vuestra vida sexual es, en cambio, anodina o inexistente, quizá lo disfrutéis. En mi caso, podéis ver cuantísimo me ha gustado. Pero, en fin, como la puñetera novela es la primera parte de una trilogía, me veo leyendo lo que queda. Ya os contaré, al fin y al cabo, "Estamos para complacer".
viernes, 1 de marzo de 2013
Naranjas de la China: Fin de año en Zhengzhou
Ya sé que esta entrada llega un poco tarde (dos meses tarde, para ser
exactos), pero digamos que estas últimas semanas he estado muy ocupada
(de vacaciones en España). Bien, permitidme que regrese, sin máquina del tiempo, a diciembre de 2012. Tras una visita fugaz pero intensa a Beijing, mis amigos Víctor y Mili, un matrimonio de canarios que trabajan en la universidad, me esperaban en Zhengzhou, capital de la provincia de Henan, en el centro del país, para celebrar con ellos el fin de año.
Para desplazarme de Beijing a Zhengzhou, el 31 de diciembre tomé un tren de alta velocidad en la estación norte de la capital china, que, para que os hagáis una idea, es mucho mayor que muchos aeropuertos de tamaño medio. Los accesos a la estación son numerosos y están increíblemente custodiados por las fuerzas de seguridad chinas. Como en otros lugares del país, como el metro, por ejemplo, acceder a las estaciones de tren en China implica mostrar el billete unas cuantas veces antes de subir al vagón, permitir que escaneen tu equipaje y pasar bajo el arco detector de metales. Exactamente igual que en un aeropuerto convencional.
Desde la entrada principal hasta la puerta de embarque tardé unos veinte minutos caminando con mi pequeña maleta. Por suerte, los letreros estaban en inglés, además de en mandarín. Además, como soy una mujer previsora (bueno no lo soy, pero en esta ocasión lo fui), ya había comprado mi billete en Wuwei la semana anterior. Creedme, no queréis hacer cola en la taquilla de una estación en China.
El viaje en tren fue una maravilla. No sólo fue rapidísimo (la velocidad media durante el trayecto osciló los 400 kilómetros por hora), sino que además era muy cómodo y limpio. Cierto es que pagué por el billete más caro, en primera clase, que me costó alrededor de treinta euros al cambio. A mi lado se sentó una señora china de unos sesenta y tantos, a la que saludé como pude haciendo uso de mi horrible mandarín. La señora me sonrió y contestó en un inglés impecable. Conversamos durante un rato y me explicó que hablaba muy bien esa lengua porque su hija vivía en Perth (Australia) y la visitaba a menudo. Al cabo de un rato, me puse los auriculares y me dormí. Al despertar, mi improvisada compañera de viaje me había comprado una botella de agua y unas galletas. Adorable la hospitalidad de algunos chinos. Mi tren recorrió más de seiscientos kilómetros en una hora y media aproximadamente.
Al llegar a la estación este de Zhengzhou, llamé a Víctor, que se suponía debía esperarme. Me dijo que saliese por la salida este, que, casualmente, no existía aún, pues la estaban construyendo. Al comentárselo a Víctor, se extrañó y me dijo que saliese por otra parte y le diese alguna referencia para venir a buscarme. Salí por la entrada principal, donde se leía, en letras enormes, Zhengzhou East Railway Station (Estación este de Zhengzhou). Le dije a Víctor que había una explanada y que a lo lejos se veían edificios en construcción. La estación parecía muy nueva y en los alrededores no había gran cosa. Esperé. Seguí esperando. Allí no aparecía nadie y empezaba a hacerse de noche. La noche de fin de año y yo en medio de una explanada quién sabe dónde. Víctor llamó y me dijo que él se encontraba en la entrada principal de la estación y que no me veía. Yo no entendía nada. No lo veía ni a él ni a su amigo Marco, un mexicano afincado en Zhengzhou, que también había salido a buscarme. Finalmente, dimos con la clave. En Zhengzhou hay dos estaciones de tren. Aunque yo había dicho a Víctor que llegaría a la estación este, él no sabía de su existencia por ser una estación de construcción reciente. El malentendido me costó un par de horas pasando frío. Por si fuese poco, me encontraba bastante lejos de su casa, y bastante lejos, en China, significa, a tomar por culo.
Cogí un taxi para ir a casa de Víctor y Mili. Ésta fue la peor parte. Había un tráfico horroroso. Quizás penséis que esto es normal en China, y no os equivocáis. Sin embargo, de las siete ciudades de China que he visitado, Zhengzhou es la que tiene el tráfico más horroroso. Tardé otras dos horas en llegar, el taxi apenas se podía mover. Los taxis en China son baratos y aún así me costó un buen pellizco. Cuando llegué era casi la hora de cenar, así que no tuve tiempo ni de ducharme ni de cambiarme de ropa. Salí a cenar con lo puesto, sin lavarme el pelo y sin maquillar. Sobra decir que los demás iban bien arregladitos.
Fuimos a cenar con Marco y otros amigos, todos expatriados en China, a un restaurante en el centro. Cenamos "hot pot", una especie de cocido chino. En el centro de la mesa está incrustada la olla, en la que hierven las sopas. Los camareros traen carne, fideos (los fideos los estiran en el aire haciendo acrobacias), verduras y otros ingredientes para echarlos en la sopa. Es de las mejores cosas que he comido en China, y apetece mucho en días fríos como aquél. Sin embargo, lo mejor de la cena fue ser testigo del "amor" nacido entre Víctor y una joven camarera china. Lo pasamos muy bien, a pesar de estar tan lejos de casa en una noche tan especial y a pesar de no comer uvas. Como recuerdo, afané unos delantales que prestan en el restaurante para que no te manches la ropa. Después de cenar, fuimos a tomar unas copas y a bailar a uno de esos locales chinos de los que os he hablado en otras entradas de esta serie del blog. Sin ser la fiesta más fabulosa de mi existencia, la recuerdo con cariño y como una experiencia vital muy interesante.
El día de año nuevo, fui a comer con Víctor y Mili a un centro comercial (como me gustaría uno así en Wuwei...) y, como recuerdo, afané unas tazas. Pasé un par de días más en la ciudad, que, sin ofrecer demasiadas cosas interesantes, es un sitio bastante agradable (a pesar del tráfico). No creo haber cogido más autobuses interurbanos en la vida, eso sí.
En general, fueron unos días agradables y agradecí haber pasado la nochevieja con amigos, y hablando español. Víctor y Mili se portaron maravillosamente conmigo, me acogieron esos días en su pequeño piso, me llevaron de paseo por la ciudad y estuvieron muy pendientes de mí. Desde aquí se lo agradezco enormemente.
Para desplazarme de Beijing a Zhengzhou, el 31 de diciembre tomé un tren de alta velocidad en la estación norte de la capital china, que, para que os hagáis una idea, es mucho mayor que muchos aeropuertos de tamaño medio. Los accesos a la estación son numerosos y están increíblemente custodiados por las fuerzas de seguridad chinas. Como en otros lugares del país, como el metro, por ejemplo, acceder a las estaciones de tren en China implica mostrar el billete unas cuantas veces antes de subir al vagón, permitir que escaneen tu equipaje y pasar bajo el arco detector de metales. Exactamente igual que en un aeropuerto convencional.
Desde la entrada principal hasta la puerta de embarque tardé unos veinte minutos caminando con mi pequeña maleta. Por suerte, los letreros estaban en inglés, además de en mandarín. Además, como soy una mujer previsora (bueno no lo soy, pero en esta ocasión lo fui), ya había comprado mi billete en Wuwei la semana anterior. Creedme, no queréis hacer cola en la taquilla de una estación en China.
El viaje en tren fue una maravilla. No sólo fue rapidísimo (la velocidad media durante el trayecto osciló los 400 kilómetros por hora), sino que además era muy cómodo y limpio. Cierto es que pagué por el billete más caro, en primera clase, que me costó alrededor de treinta euros al cambio. A mi lado se sentó una señora china de unos sesenta y tantos, a la que saludé como pude haciendo uso de mi horrible mandarín. La señora me sonrió y contestó en un inglés impecable. Conversamos durante un rato y me explicó que hablaba muy bien esa lengua porque su hija vivía en Perth (Australia) y la visitaba a menudo. Al cabo de un rato, me puse los auriculares y me dormí. Al despertar, mi improvisada compañera de viaje me había comprado una botella de agua y unas galletas. Adorable la hospitalidad de algunos chinos. Mi tren recorrió más de seiscientos kilómetros en una hora y media aproximadamente.
Al llegar a la estación este de Zhengzhou, llamé a Víctor, que se suponía debía esperarme. Me dijo que saliese por la salida este, que, casualmente, no existía aún, pues la estaban construyendo. Al comentárselo a Víctor, se extrañó y me dijo que saliese por otra parte y le diese alguna referencia para venir a buscarme. Salí por la entrada principal, donde se leía, en letras enormes, Zhengzhou East Railway Station (Estación este de Zhengzhou). Le dije a Víctor que había una explanada y que a lo lejos se veían edificios en construcción. La estación parecía muy nueva y en los alrededores no había gran cosa. Esperé. Seguí esperando. Allí no aparecía nadie y empezaba a hacerse de noche. La noche de fin de año y yo en medio de una explanada quién sabe dónde. Víctor llamó y me dijo que él se encontraba en la entrada principal de la estación y que no me veía. Yo no entendía nada. No lo veía ni a él ni a su amigo Marco, un mexicano afincado en Zhengzhou, que también había salido a buscarme. Finalmente, dimos con la clave. En Zhengzhou hay dos estaciones de tren. Aunque yo había dicho a Víctor que llegaría a la estación este, él no sabía de su existencia por ser una estación de construcción reciente. El malentendido me costó un par de horas pasando frío. Por si fuese poco, me encontraba bastante lejos de su casa, y bastante lejos, en China, significa, a tomar por culo.
Cogí un taxi para ir a casa de Víctor y Mili. Ésta fue la peor parte. Había un tráfico horroroso. Quizás penséis que esto es normal en China, y no os equivocáis. Sin embargo, de las siete ciudades de China que he visitado, Zhengzhou es la que tiene el tráfico más horroroso. Tardé otras dos horas en llegar, el taxi apenas se podía mover. Los taxis en China son baratos y aún así me costó un buen pellizco. Cuando llegué era casi la hora de cenar, así que no tuve tiempo ni de ducharme ni de cambiarme de ropa. Salí a cenar con lo puesto, sin lavarme el pelo y sin maquillar. Sobra decir que los demás iban bien arregladitos.
Fuimos a cenar con Marco y otros amigos, todos expatriados en China, a un restaurante en el centro. Cenamos "hot pot", una especie de cocido chino. En el centro de la mesa está incrustada la olla, en la que hierven las sopas. Los camareros traen carne, fideos (los fideos los estiran en el aire haciendo acrobacias), verduras y otros ingredientes para echarlos en la sopa. Es de las mejores cosas que he comido en China, y apetece mucho en días fríos como aquél. Sin embargo, lo mejor de la cena fue ser testigo del "amor" nacido entre Víctor y una joven camarera china. Lo pasamos muy bien, a pesar de estar tan lejos de casa en una noche tan especial y a pesar de no comer uvas. Como recuerdo, afané unos delantales que prestan en el restaurante para que no te manches la ropa. Después de cenar, fuimos a tomar unas copas y a bailar a uno de esos locales chinos de los que os he hablado en otras entradas de esta serie del blog. Sin ser la fiesta más fabulosa de mi existencia, la recuerdo con cariño y como una experiencia vital muy interesante.
El día de año nuevo, fui a comer con Víctor y Mili a un centro comercial (como me gustaría uno así en Wuwei...) y, como recuerdo, afané unas tazas. Pasé un par de días más en la ciudad, que, sin ofrecer demasiadas cosas interesantes, es un sitio bastante agradable (a pesar del tráfico). No creo haber cogido más autobuses interurbanos en la vida, eso sí.
En general, fueron unos días agradables y agradecí haber pasado la nochevieja con amigos, y hablando español. Víctor y Mili se portaron maravillosamente conmigo, me acogieron esos días en su pequeño piso, me llevaron de paseo por la ciudad y estuvieron muy pendientes de mí. Desde aquí se lo agradezco enormemente.
viernes, 15 de febrero de 2013
Breve reflexión sobre el amor
Afrodita (Ἀφροδίτη) o Venus nació de una almeja. Vamos, igual que tú y que yo. Además, esa almeja que no es sino una representación de la diosa Gea (la Tierra), fue simbólicamente concebida por los castrados genitales del dios Urano (el Cielo). Resumiendo, esa diosa que en el cuadro de Boticelli se tapa un pecho y su propia almeja con un pelazo rojo que ni Vicky el Vikingo nació de una manera bastante natural dentro de lo que cabe, y esto es bastante surrealista cuando de por medio hay mitología griega. El caso es que Afrodita fue creada por y para el amor, y aún así, acabó casada con Hefesto, un dios herrero y jorobado que era algo así como el saldo del Olimpo. Lo que pasa es que Afrodita tonta, lo que se dice tonta, pues no era. Así que le echó el ojo a Ares (o Marte), dios de la guerra, que se ve que le daba la caña que toda diosa precisa.
En algunos mitos, Eros (Cupido) era hijo de Afrodita y Ares, de ahí que el pequeño arquero encarne dos versiones distintas aunque compatibles del amor: la romántica (en el siglo XXI son las rosas rojas, los bombones y demás), que le viene por parte de madre, y la pasional (la atracción física, el sexo y el impulso), por parte de padre. Eros estaba enfrentado con Psique (la razón, la mente), porque el amor, como bien sabemos, es cosa de idiotas. Pero es tan bonito...
El caso es que, en una época en la que todos parecen expertos en separar a Afrodita de Ares, al amor romántico del sexual, pues todavía hay quien da una oportunidad a la maravillosa combinación de factores. Y no, no culpemos de esto a los centros comerciales, ellos solamente sacan provecho de algo que está ahí, en el aire, en épocas de crisis como la que vivimos, en la guerra, en el coche, en el cine.... Huy, que me desvío...
En fin, que améis, amad mucho, a quien merezca vuestro amor, eso sí. Y follad mucho también, con y sin amor, aunque preferentemente de esta última manera. Y si os toca lidiar con algún Hefesto, pues sabed que hay Ares por doquier.
jueves, 17 de enero de 2013
Cosas del Whatsapp
Año 1998. Debo llamar a casa y avisar a mi madre de que "me quedo a dormir en casa de una amiga". Busco una cabina de teléfono, de esas de color azul y verde, con paneles laterales de cristal. Las que tenían puerta de acordeón ya escasean. Deslizo una moneda de veinte duros por la ranura. Al terminar la conversación, sobran sesenta y ocho pesetas pero, por alguna razón, la puta cabina decide que son suyas.
Año 2000. Mi novio y yo hemos quedado en la entrada del cine pero aún no ha llegado. Como soy la persona más impaciente del mundo, saco del bolso mi teléfono móvil, un Alcatel que pesa siete kilos y medio, con una pantalla minúscula en blanco y negro. Es un arma de destrucción masiva. Hay que pulsar tres veces la misma tecla para escribir la puta eñe. Envío un SMS (mensaje de texto) que me cuesta veintiséis pesetas. Mi novio se pasa el mensaje por el forro de los... y llega media hora tarde.
Año 2003. Estoy buscando empleo. Encuentro una oferta para trabajar de dependienta en una tienda oscura y deprimente que huele a vino añejo. Hay un número de teléfono. Alcanzo mi Nokia de color fúcsia, tiene una antena que seguro envía mensajes al espacio exterior. Llamo para concertar una entrevista. Dos minutos y medio de conversación me cuestan doscientas treinta y dos pesetas... perdón, ya no hay pesetas, nos la han metido doblada. La llamada me cuesta dos euros.
Año 2005. Mi Motorola es tan pequeño que tengo que pulsar las teclas con un boli. Puedo elegir entre trescientos tonos polifónicos.
Año 2008. Mi nuevo Motorola es plegable y hace fotos, pero las llamadas y los SMSs siguen costando un riñón y medio.
Año 2010. Mi LG es rosa y tiene una pantalla táctil que hace que la batería dure menos que un polvo con mi novio. Conectarme a internet desde el móvil me cuesta una tarde entera explicando las declinaciones latinas.
Año 2012. Por primera vez, cambiar de teléfono móvil no me cuesta dinero. Descubro que, por veinte euros al mes, puedo meter mano a mi Samsung todo lo que me apetezca. Descubro que puedo hacer de Facebook una extensión de mi cuerpo. Descubro que la gente puede tocarte los ovarios a las tres de la madrugada gracias al WhatsApp, y que yo puedo hacer lo mismo. Ya no hace falta condensar la vida en un SMS. Puedo malgastar un mensaje escribiendo "Jajajaja", "Ah, ¿si?", "Holaaaaa" o ":)".
He descubierto que no todo el mundo ríe igual en el WhatsApp. Hay gente que escribe "Jijijiji" (mentes débiles), "Muahahaha" (van de malos), "Jojojojo" (¿Santa Claus?), "jurjurjur" (solamente conozco a una persona que hace esto, la verdad). La gente es rara, pero la aplicación se las trae. ¿Alguien ha usado alguna vez el icono de la pila verde, el de la corneta o el del busca? Además, eso de saber cuándo alguien ha visto tu último mensaje y ver que no te contesta...
Ahora que WhatsApp será de pago, alguna otra aplicación ocupará su lugar y, del mismo modo que nadie echa de menos las cabinas de teléfono, los SMSs o los móviles del jurásico, nadie lo añorará. Por cierto, estamos en 2013, mi HTC es chino, necesita ayuda para desbloquear Facebook (la ayuda cuesta seis euros al mes) y tiene una pantalla enorme que me permite usar Skype en las mejores condiciones. La batería dura lo que la vida de una mosca de la fruta. Lo miro cada cinco minutos a ver si tengo un mensaje de WhatsApp tuyo.
domingo, 13 de enero de 2013
A fistful of well-known feelings
I would like to say it has been a long time,
but it hasn't.
The same flavours fill my senses,
only they come
from a different source.
I still remember you,
sleeping in my bed, next to me.
I couldn't sleep,
I couldn't believe
you had just made love to me,
so intensely,
so close together,
you were breathing in my face.
If I close my eyes,
I can still see you
and hear you.
I remember how you asked me to come closer
so that you could hold me in your arms,
in the middle of the night,
half asleep.
I can still smell you,
I remember the taste of your neck,
your ears and your shoulders.
You made me fall, I was so into you...
but you were mean,
cruel to me.
You destroyed my hope, played me, used me...
Sometimes I try to understand
how could someone like you
treat me like that.
You were my worst bet.
However, I know that was a karmic punishment.
I played the same game with someone else,
someone who loved me
despite my selfishness.
You cheated me
just like I cheated him.
I beg the universe for forgiveness.
I also hope karma will ask you to pay for your debts...
I loved you.
Maybe I still do.
I hate you.
Goodbye.
jueves, 10 de enero de 2013
Primavera adelantada
Llegas con el otoño. Cuando todo se desnuda de pasado, tú me vistes de color. No te importa quedarte aquí en invierno, a pesar del frío, a pesar de que vivamos dos realidades distintas que aún no se entrecruzan. ¿Eres real? Sin duda lo eres. Miro por la ventana, hay escarcha en los cristales. Sin embargo, este es un invierno cálido y lleno de alegría, de ilusiones que pronto se harán realidad. Ahora me veo en el espejo y mis ojos sonríen. Hace mucho que no me embargaba la alegría. Hace más de treinta y dos años que no me pasaba algo así. Leo tu nombre y, de nuevo, el vértigo en el pecho. Espérame en este invierno para que podamos adelantar la primavera.
Te regalo mis alas
Te regalo mis alas, no las quiero
ni las necesito
para alcanzar la libertad.
Ahora vuelo sola,
liberada de tu carga.
Te las doy sin mirarte,
porque si te miro
ya no te las doy.
No me sirvieron para volar
ni me abrieron las puertas
de tus paraísos.
Son como tus ojos,
mentirosos.
Son como cadenas tibias
que oxidan mi alma,
que cargan mi espalda.
Cógelas, pues son tuyas,
no quiero acabar como Ícaro,
víctima de un Dédalo infame.
Te regalo mis alas, no las quiero.
Dáselas a quien no entienda
que nada de lo que pedí me diste.
ni las necesito
para alcanzar la libertad.
Ahora vuelo sola,
liberada de tu carga.
Te las doy sin mirarte,
porque si te miro
ya no te las doy.
No me sirvieron para volar
ni me abrieron las puertas
de tus paraísos.
Son como tus ojos,
mentirosos.
Son como cadenas tibias
que oxidan mi alma,
que cargan mi espalda.
Cógelas, pues son tuyas,
no quiero acabar como Ícaro,
víctima de un Dédalo infame.
Te regalo mis alas, no las quiero.
Dáselas a quien no entienda
que nada de lo que pedí me diste.
miércoles, 9 de enero de 2013
Sobre la comida
A los chinos les encanta comer. A los españoles les encanta comer. Lo que en principio debiera ser un acto instintivo para la propia supervivencia se convierte, en los dos ejemplos expuestos, en uno de los pilares de la propia expresión cultural, así como de la reafirmación social. En cristiano, no quedamos a comer con los amigos solamente porque tengamos hambre, ni comemos con la familia o los jefes simplemente porque haya que llenar el buche. Utilizamos la comida como un importante canalizador de actividades sociales y profesionales.
Como mi madre y mi abuela han sido cocineras de profesión durante muchos años, la comida y todo el ritual que la rodea es importantísimo en mi familia. No solamente existe el desayuno, el almuerzo y la cena, sino que, con el paso de los años, se han ido incorporando nuevos e innovadores encuentros gastronómicos en casa. Véase: el segundo desayuno. Sí, el segundo desayuno, ése que se hace una hora o dos después del primero, especialmente si uno está desempleado, de vacaciones o disfrutando de un aburrido domingo. La elaboración es sencilla. Uno se levanta del sofá, donde lleva apoltronado hora y media mientras se digiere el primer desayuno, abre la despensa y elige entre "cheetos" rancios y de dudosa textura, melindres duros como piedras o un trozo de turrón de las navidades de hace tres años que resulta ser de yema tostada con nueces y wasabi (a lo que uno se pregunta por qué mamá sigue comprándolo año tras año).
En los días festivos, después del almuerzo, en casa de mis padres se saca el dominó, el bingo, las cartas o el Monopoly. Curiosamente, todos estos juegos van acompañados de tazas de café, copas de brandy y chucherías. Nadie quiere que te comas las casas del Monopoly si te has quedado con hambre. Entre esta sobremesa y la cena existe lo que yo llamo la pre-cena, que consiste en un asalto premeditado a la nevera a eso de las siete de la tarde, en busca de lonchas de embutido, queso, yogures, fruta o pepinillos en vinagre. Muchas veces los yogures y los pepinillos resultan ser un buen equipo, de ahí que a los griegos les encante el Tsatsiki.
Además, por si la cena no hubiese sido lo suficientemente contundente, mi hermano inventó hace años la post-cena, que se lleva a cabo alrededor de la una de la madrugada y de la que hay variantes: bocadillo de choped nadando en ketchup, una barra de cuarto mojada en cola-cao o quince mandarinas devoradas a dos carrillos.
En China, curiosamente y a pesar de la distancia, conocen todos estos ágapes y algunos más. Comen de día, de noche, en casa, en las tiendas, por la calle, mientras trabajan, mientras conducen, mientras duermen... Dedican horas y horas a comer cada día y lo hacen sin parar a descansar ni un minuto. ¿Cómo es que los chinos están tan delgados? ¡Cómo no van a estarlo, si no paran quietos! Digieren la comida antes de tragársela. Digieren lo indigerible y en cantidades indescriptibles. Las calles están abarrotadas de puestos de pinchitos, empanadillas, fideos, fruta... que no paran de cocinar en ningún momento, siempre rodeados de chinos ávidos de tofu frito (no sabéis lo mal que huele esto) o de pinchos de pollo. Los tratos comerciales y profesionales se cierran siempre con comida. Se regala comida en las festividades importantes: pasteles en otoño, manzanas en Navidad... y además se come absolutamente todo, no importa que sea animal, vegetal, hongo... a nadie se le ocurre tirar a la basura las cáscaras de las naranjas si sirven para hacer té, o las partes verdes de los ajos tiernos si se pueden usar como aderezo.
Así pues, la comida, al igual que el sexo, puede ser la satisfacción de una necesidad física, el placer de saborear algo exquisito o la oportunidad de conocer mejor a alguien.
domingo, 6 de enero de 2013
Naranjas de la China: Beijing y la Gran Muralla china
Poco antes de venir a vivir y a trabajar a China, mi maravillosa Diana (que es como una hermana que la vida me ha querido regalar) y yo hicimos un mapa de la prosperidad. ¿Que qué es eso? Bien, pues se trata de una especie de "collage" en el que uno plasma sus deseos, ambiciones y objetivos futuros, tanto en el ámbito personal, como en el social, el intelectual o el profesional. Es una manera como cualquier otra de automotivarse, de empujarse a uno mismo hacia la consecución de los logros propios. Y a mí me funcionó. Muchas de las ambiciones y sueños que decoraban mi mapa de la prosperidad ya se han hecho realidad, gracias a mis propios esfuerzos por no defraudarme más a mí misma. Lo más curioso es que, en el mismo centro de mi composición de imágenes y frases motivadoras había una foto de China, y más concretamente, de la plaza de Tian'anmen que, para los que no lo sepan, es uno de los emblemas de Beijing (o Pekín). ¿Y a santo de qué viene todo este rollo? Pues resulta que, justo dos días antes de acabar el año 2012, que en general ha sido maravilloso (siempre hay excepciones con ojos bonitos), estaba paseando por esa maravillosa ciudad que es la capital de este increíble país en el que vivo.
No obstante, el viaje hasta allí no fue un camino de rosas, precisamente. Mi residencia se encuentra en Wuwei, provincia de Anhui, que está como a unos mil doscientos kilómetros de Beijing. Además, en Wuwei no tenemos aeropuerto ni estación de tren, lo cual dificulta mucho los desplazamientos. El sábado 29 de diciembre por la mañana tomé un autobús que me llevaría hasta Hefei, capital de esta provincia. Se trata de un trayecto de más de tres horas por carreteras llenas de baches, en un vehículo sin calefacción lleno de chinos que fuman, escupen en bolsas de plástico y hablan por el móvil a tal volumen que a uno le hace pensar si de veras lo necesitan. La temperatura ese día era de alrededor de ocho grados bajo cero y estaba nevando con intensidad. Podéis imaginar lo cómodo de la situación... Sin embargo, lo peor fue que, al llegar a Hefei, había un caos tremendo en la carretera, y nos costó más de media hora entrar en la estación de autobuses. Al bajar del vehículo, los taxistas se peleaban por llevar a los pasajeros a sus respectivos destinos. Uno de ellos agarró mi pequeña maleta mientras me chillaba como un loco, un chino muy loco. No entendí nada, aunque supongo que me estaría diciendo, con la educación que caracteriza a este pueblo, algo así como: "Disculpe amable señorita, ¿la acerco al aeropuerto?" ¡Qué coño! Seguramente diría: "Va que tengo ahí el taxi y como tienes pinta de extranjera gilipollas te saco cien yuans en una carrerita de nada". El caso es que yo tenía muchísima prisa porque mi vuelo salía en menos de una hora, así que me fui con aquel amable señor en su taxi sin licencia hasta el aeropuerto de Hefei. Cuando llegué, ya estaban embarcando mi vuelo y me fue de un pelo perderlo, pero por suerte no fue así.
Llegamos a Beijing en un par de horas. Desde el aeropuerto, tomé el metro hasta Wangfuxing, que es la zona comercial, en el centro de la ciudad. La temperatura a las cuatro de la tarde era de doce grados bajo cero, aunque al menos no nevaba, el cielo estaba completamente despejado. Al salir del metro, tomé un taxi para ir hasta mi hotel. Probablemente di con el taxista más incompetente de toda Asia porque dimos más vueltas que una noria y el tipo no daba con la dirección. Me puse tan jodidamente nerviosa que le pedí que parase y me fui caminando y maldiciendo en cristiano hasta que vi el hotel, en la misma calle por la que habíamos pasado como cien millones de veces.
Me di una ducha y salí a pasear, a eso de las seis de la tarde, o de la noche, según se mire, por las heladas calles de la ordenada y limpia ciudad de Pekín. Sorprendentemente, o quizás no, ésta no se parece en nada a la caótica y excitante Shanghai. De hecho, perfectamente podría pasar por una ciudad europea o americana si no fuese por los caracteres chinos que lucen los letreros de neón. Se trata de una ciudad más abierta, sin tantos rascacielos, sin tantas callejuelas estrechas, más limpia y con más parques y plazas. No sabría explicarlo bien, pero en mi opinión, Shanghai es una ciudad mucho más "china" que Beijing. Di una vuelta por Wangfuxing y bajé hasta Tian'anmen, pero hacía demasiado frío, así que deshice lo andado y me fui a cenar. Después de cenar me acerqué al mercado de la seda, que es un lugar maravilloso, y a eso de las once volví al hotel. Al día siguiente quería levantarme pronto para ir a Badaling a ver la Gran Muralla.
El domingo me levanté a las siete, me duché y bajé a desayunar. Había tres formas de ir a Badaling:
1. Tomar el tren desde la estación del norte de Beijing. Es la mejor opción, pero hacía semanas que había intentado comprar un billete y estaban agotados, así que mi gozo en un pozo...
2. Tomar un autobús desde la puerta de Deshengmen. Es la opción más barata, aunque no tan interesante ni cómoda como el tren.
3. Ir en taxi. Se trata de una opción carísima y arriesgada, además de que puede ser ilegal.
Pues bien, como la primera opción estaba descartada, me decidí por la segunda. Fui en metro hasta Deshengmen y me di de bruces con la realidad. Ni uno solo de los muchos autobuses que iban y venían quería llevarme a Badaling. Una chica china me vio tan desesperada que me ayudó a hablar con los conductores de los autobuses. La explicación que daban era que, debido al mal tiempo, había placas de hielo en las carreteras, lo cual hacía imposible llegar. La traducción: "No nos sale a cuenta si no llenamos el autobús". Genial.
Lo peor era que al día siguiente me marchaba de Beijing, y además la razón principal por la que había ido era justamente ver la muralla. Después de casi dos horas tratando de subirme a un autobús, me di por vencida y me encaminé hacia el metro de nuevo. No había autobús y yo sola no podía pagar un taxi. Pero... cosas de la vida, del destino o de la suerte, en mi camino al metro me crucé con dos chicas extranjeras y me decidí a usar el último cartucho que me quedaba. Se trataba de dos chicas canadienses que trabajan en Corea del sur y estaban de vacaciones. Les pregunté si iban a Badaling y me dijeron que sí, así que les expliqué mi intento fallido y les propuse ir en taxi y pagarlo entre las tres. Sería más caro que el autobús, pero era asequible. Les pareció bien, así que caminamos juntas a la estación, donde se nos unieron dos chicas más que venían de Noruega. Después de negociar precios con varios taxistas (haciendo uso de mi chino de entre Cuenca y Valladolid), Lisa, Liz, June, Elizabeth y yo estábamos comprimidas en un taxi ilegal que, saltándose los peajes, nos llevaría a la muralla por cien yuans cada una (unos doce euros).
El trayecto duró cuarenta y cinco minutos y debo reconocer que el placer de salir de aquella lata de sardinas fue incluso mayor que el de encontrarme de morros con una de las siete maravillas del mundo. La muralla, rodeada de montes nevados. Qué preciosidad. Caminamos por la muralla durante unas dos horas mientras nuestro chófer esperaba al margen de la carretera. Había valido la pena, cada kilómetro, cada bache, cada grado bajo cero.
Al volver a la ciudad, las chicas noruegas se despidieron y Liz, Lisa y yo fuimos a comer "dumplings" (esos saquitos al vapor rellenos de carne, verduras...). Ellas tenían entradas para la ópera china por la tarde, pero quedamos en vernos esa noche para ir al mercado de la comida y comprobar si había valor para comer insectos y otras exquisiteces de esas que dan ganas de vomitar. Solamente hubo valor para degustar caballito de mar frito, que sabe a pescado y es fácilmente digerible. Las crisálidas, los ciempiés y las cucarachas... para quien los quiera (seguro que mi amigo Víctor no les haría asco). Luego fuimos de compras y a tomar una copa (bueno, tres) juntas. Ellas se quedarían dos días más en la gran ciudad, pero yo debía coger el tren al día siguiente, el 31 de diciembre, para ir a pasar el fin de año con mis amigos de Zhengzhou, pero eso es otra historia. Siempre digo que lo mejor de viajar sola es que haces amigos a la fuerza.
La mañana siguiente madrugué para ir a la Ciudad Prohibida antes de tomar mi tren. Hacía un frío horroroso pero la tempranía me permitió sacar fotos del palacio sin demasiados turistas de por medio. A las doce cogí el metro hasta la estación de Beijing oeste, que es colosal, infinitamente más grande que muchos aeropuertos internacionales europeos.
Por cierto, ya tengo mi mapa de la prosperidad para el año 2013, pero no diré lo que hay en el centro por si acaso es cierto que los deseos que se cuentan no se cumplen...
No obstante, el viaje hasta allí no fue un camino de rosas, precisamente. Mi residencia se encuentra en Wuwei, provincia de Anhui, que está como a unos mil doscientos kilómetros de Beijing. Además, en Wuwei no tenemos aeropuerto ni estación de tren, lo cual dificulta mucho los desplazamientos. El sábado 29 de diciembre por la mañana tomé un autobús que me llevaría hasta Hefei, capital de esta provincia. Se trata de un trayecto de más de tres horas por carreteras llenas de baches, en un vehículo sin calefacción lleno de chinos que fuman, escupen en bolsas de plástico y hablan por el móvil a tal volumen que a uno le hace pensar si de veras lo necesitan. La temperatura ese día era de alrededor de ocho grados bajo cero y estaba nevando con intensidad. Podéis imaginar lo cómodo de la situación... Sin embargo, lo peor fue que, al llegar a Hefei, había un caos tremendo en la carretera, y nos costó más de media hora entrar en la estación de autobuses. Al bajar del vehículo, los taxistas se peleaban por llevar a los pasajeros a sus respectivos destinos. Uno de ellos agarró mi pequeña maleta mientras me chillaba como un loco, un chino muy loco. No entendí nada, aunque supongo que me estaría diciendo, con la educación que caracteriza a este pueblo, algo así como: "Disculpe amable señorita, ¿la acerco al aeropuerto?" ¡Qué coño! Seguramente diría: "Va que tengo ahí el taxi y como tienes pinta de extranjera gilipollas te saco cien yuans en una carrerita de nada". El caso es que yo tenía muchísima prisa porque mi vuelo salía en menos de una hora, así que me fui con aquel amable señor en su taxi sin licencia hasta el aeropuerto de Hefei. Cuando llegué, ya estaban embarcando mi vuelo y me fue de un pelo perderlo, pero por suerte no fue así.
Llegamos a Beijing en un par de horas. Desde el aeropuerto, tomé el metro hasta Wangfuxing, que es la zona comercial, en el centro de la ciudad. La temperatura a las cuatro de la tarde era de doce grados bajo cero, aunque al menos no nevaba, el cielo estaba completamente despejado. Al salir del metro, tomé un taxi para ir hasta mi hotel. Probablemente di con el taxista más incompetente de toda Asia porque dimos más vueltas que una noria y el tipo no daba con la dirección. Me puse tan jodidamente nerviosa que le pedí que parase y me fui caminando y maldiciendo en cristiano hasta que vi el hotel, en la misma calle por la que habíamos pasado como cien millones de veces.
Me di una ducha y salí a pasear, a eso de las seis de la tarde, o de la noche, según se mire, por las heladas calles de la ordenada y limpia ciudad de Pekín. Sorprendentemente, o quizás no, ésta no se parece en nada a la caótica y excitante Shanghai. De hecho, perfectamente podría pasar por una ciudad europea o americana si no fuese por los caracteres chinos que lucen los letreros de neón. Se trata de una ciudad más abierta, sin tantos rascacielos, sin tantas callejuelas estrechas, más limpia y con más parques y plazas. No sabría explicarlo bien, pero en mi opinión, Shanghai es una ciudad mucho más "china" que Beijing. Di una vuelta por Wangfuxing y bajé hasta Tian'anmen, pero hacía demasiado frío, así que deshice lo andado y me fui a cenar. Después de cenar me acerqué al mercado de la seda, que es un lugar maravilloso, y a eso de las once volví al hotel. Al día siguiente quería levantarme pronto para ir a Badaling a ver la Gran Muralla.
El domingo me levanté a las siete, me duché y bajé a desayunar. Había tres formas de ir a Badaling:
1. Tomar el tren desde la estación del norte de Beijing. Es la mejor opción, pero hacía semanas que había intentado comprar un billete y estaban agotados, así que mi gozo en un pozo...
2. Tomar un autobús desde la puerta de Deshengmen. Es la opción más barata, aunque no tan interesante ni cómoda como el tren.
3. Ir en taxi. Se trata de una opción carísima y arriesgada, además de que puede ser ilegal.
Pues bien, como la primera opción estaba descartada, me decidí por la segunda. Fui en metro hasta Deshengmen y me di de bruces con la realidad. Ni uno solo de los muchos autobuses que iban y venían quería llevarme a Badaling. Una chica china me vio tan desesperada que me ayudó a hablar con los conductores de los autobuses. La explicación que daban era que, debido al mal tiempo, había placas de hielo en las carreteras, lo cual hacía imposible llegar. La traducción: "No nos sale a cuenta si no llenamos el autobús". Genial.
Lo peor era que al día siguiente me marchaba de Beijing, y además la razón principal por la que había ido era justamente ver la muralla. Después de casi dos horas tratando de subirme a un autobús, me di por vencida y me encaminé hacia el metro de nuevo. No había autobús y yo sola no podía pagar un taxi. Pero... cosas de la vida, del destino o de la suerte, en mi camino al metro me crucé con dos chicas extranjeras y me decidí a usar el último cartucho que me quedaba. Se trataba de dos chicas canadienses que trabajan en Corea del sur y estaban de vacaciones. Les pregunté si iban a Badaling y me dijeron que sí, así que les expliqué mi intento fallido y les propuse ir en taxi y pagarlo entre las tres. Sería más caro que el autobús, pero era asequible. Les pareció bien, así que caminamos juntas a la estación, donde se nos unieron dos chicas más que venían de Noruega. Después de negociar precios con varios taxistas (haciendo uso de mi chino de entre Cuenca y Valladolid), Lisa, Liz, June, Elizabeth y yo estábamos comprimidas en un taxi ilegal que, saltándose los peajes, nos llevaría a la muralla por cien yuans cada una (unos doce euros).
El trayecto duró cuarenta y cinco minutos y debo reconocer que el placer de salir de aquella lata de sardinas fue incluso mayor que el de encontrarme de morros con una de las siete maravillas del mundo. La muralla, rodeada de montes nevados. Qué preciosidad. Caminamos por la muralla durante unas dos horas mientras nuestro chófer esperaba al margen de la carretera. Había valido la pena, cada kilómetro, cada bache, cada grado bajo cero.
Al volver a la ciudad, las chicas noruegas se despidieron y Liz, Lisa y yo fuimos a comer "dumplings" (esos saquitos al vapor rellenos de carne, verduras...). Ellas tenían entradas para la ópera china por la tarde, pero quedamos en vernos esa noche para ir al mercado de la comida y comprobar si había valor para comer insectos y otras exquisiteces de esas que dan ganas de vomitar. Solamente hubo valor para degustar caballito de mar frito, que sabe a pescado y es fácilmente digerible. Las crisálidas, los ciempiés y las cucarachas... para quien los quiera (seguro que mi amigo Víctor no les haría asco). Luego fuimos de compras y a tomar una copa (bueno, tres) juntas. Ellas se quedarían dos días más en la gran ciudad, pero yo debía coger el tren al día siguiente, el 31 de diciembre, para ir a pasar el fin de año con mis amigos de Zhengzhou, pero eso es otra historia. Siempre digo que lo mejor de viajar sola es que haces amigos a la fuerza.
La mañana siguiente madrugué para ir a la Ciudad Prohibida antes de tomar mi tren. Hacía un frío horroroso pero la tempranía me permitió sacar fotos del palacio sin demasiados turistas de por medio. A las doce cogí el metro hasta la estación de Beijing oeste, que es colosal, infinitamente más grande que muchos aeropuertos internacionales europeos.
Por cierto, ya tengo mi mapa de la prosperidad para el año 2013, pero no diré lo que hay en el centro por si acaso es cierto que los deseos que se cuentan no se cumplen...
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