jueves, 29 de marzo de 2012

Viaje a cuatro. Seis: El secreto de Giada


Uno de los pocos sueños que aún recuerdo de manera más o menos lúcida lo tuve con apenas ocho años. Mi madre me preparaba el desayuno a base de Omnia y yo le decía que no quería comer más aquella pasta espesa sin sabor, que quería comer algo bueno. Entonces, ella se transformaba en una especie de monstruo horripilante y me contestaba babeando que yo sería su desayuno. Luego, yo despertaba llorando y mi madre acudía a consolarme, sin saber que había sido ella la causante de mis lloros nocturnos. Sin embargo, mis pesadillas infantiles no podían compararse en absoluto a los vívidos sueños que estaba experimentando en mi breve estancia en Cuatro. Todo era sumamente real: los olores, los sonidos e incluso el tacto de las cosas. Mis sensaciones iban mucho más allá de la propia experiencia onírica. Me pregunté si no sería por hallarme tan lejos de casa.

Pensé en la mujer de la ventana. Sabía que la había visto antes, pero ¿dónde? Una mano gris y malévola se la había llevado adentro, internándose en las sombras, tapándole la boca e impidiendo así que terminase de hablarme. Y más tarde, en el prado, alguien llamaba a una tal Jean a gritos. Jean, la mujer de la ventana. Jean Swanson. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Era la americana. Yo había visto su foto en los documentos que Mendes me había hecho llegar. De ahí que me resultase una cara conocida. Rubia, ojos azules. Jean Swanson. En la casa siniestra del bucólico prado de mis sueños.

Antes de que aquella escalofriante mano le cerrase la boca, Jean había mencionado una bolsa, la bolsa misteriosa, la de la lavandería. ¿Sería aquel detalle de mi sueño alguna especie de pista? ¿Estaba yo en lo cierto al pensar que el contenido de la misma podría ser importante? Sólo había una manera de saberlo. Si la bolsa seguía en aquel rincón olvidado, si nadie la había destruido aún, a lo mejor había alguna posibilidad de hacerse con ella. Salté de la cama y, en lugar de ir directo a desayunar, me aventuré a recorrer los pasillos del hotel que conducían a la lavandería y la zona de calderas. Conocía perfectamente el camino, aunque aún no sabía cómo me las arreglaría para atravesar las puertas de acceso restringido. Me escondí tras la misma esquina desde la que había visto hablar a Giada con el tipo enjuto. Esperé. No sabía bien qué esperaba, pero me quedé allí quieto durante algunos minutos. Y entonces, llegó mi oportunidad. Un s-lav apareció al fondo del pasillo. Arrastraba un carro metálico cargado de sábanas blancas. Se dirigía, sin lugar a dudas, a la lavandería. Y por lo tanto, no le quedaría más remedio que abrir la puerta que conducía a la misma. Pensé que sólo dispondría de un intento para cruzarla. Cuando el s-lav la abriese, yo debería aprovechar los pocos segundos que tardaba en volver a cerrarse para cruzarla. Y tenía que hacerlo sin ser visto, claro.

El carrito y su portador ya se encontraban frente a la puerta. El s-lav sacó de su uniforme una tarjeta de empleado como la que Giada había usado para abrir la puerta misteriosa. La pasó por el lector e introdujo el código. Se escuchó un suave pitido y una pequeña luz verde se encendió, dando a entender el desbloqueo del acceso. Mi salvoconducto asió de nuevo la barra con la que empujaba el carro cargado de ropa y se dispuso a cruzar. Era mi momento. Me agaché para tomar impulso y para evitar ser visto. El encargado de transportar las sábanas ya había cruzado el dintel y la puerta empezaba a cerrarse. Sólo tendría unos segundos para pasar yo también. Corrí intentando no hacer ruido con mis zapatos. Extendí el brazo para sujetar la pesada puerta. Crucé. Estaba dentro. El s-lav se hallaba a unos pocos metros por delante de mí, pero no pareció haberme visto u oído. Esperé un segundo con la espalda pegada contra la pared. Oí un ruidito sobre mi cabeza. Había una cámara que se movía de lado a lado. ¿Cómo iba a atravesar el corredor sin ser grabado? Calculé mentalmente el tiempo que la cámara tardaba en cambiar de dirección, pues ese sería el lapso del que dispondría para alcanzar la lavandería. Uno, dos, tres. Eché a correr, casi de puntillas, para no hacer ruido. Lo había conseguido.

Sabía que habría s-lavs trabajando dentro, así que traspasé la entrada medio agachado y, una vez dentro, me puse a cubierto tras una estantería donde había toallas de auténtico algodón dobladas y dispuestas para su uso. El corazón me iba a mil por hora. Me sentía un intrépido aventurero en busca de algún magnífico tesoro. Claro que yo ni siquiera sabía cuál era ese tesoro. Desde detrás de mi improvisado refugio vi a tres s-lavs planchando, seis más sacando ropa de las máquinas de lavado y dos doblando manteles. Todos ellos parecían demasiado ajetreados como para reparar en mí, pero si me arriesgaba a salir de mi escondite habría demasiados ojos que podían llegar a verme. Intenté localizar la bolsa. Seguía allí, en un rincón, olvidada pero entera. ¿Por qué no la habrían destruido aún? ¿Sabía Giada que sus órdenes no habían sido cumplidas?

El botín se hallaba a unos seis metros desde donde me encontraba. En el camino, una pila de cajas que podría servirme como protección. Podía hacer el recorrido en dos tiempos: de la estantería a la pila, de la pila al rincón. Y luego, al revés. Me armé de valor. Tan rápida y sigilosamente como pude, me hice con mi tesoro particular. Después regresé a mi refugio. Ahora sólo tenía que deshacer el camino. Me di la vuelta y me dispuse a recorrer el pasillo de nuevo. Calculé el barrido de la cámara de seguridad y me deslicé hacia la salida. La puerta no se abría. Joder, no había pensado en ello. No creí que fuese necesario hacer uso de la tarjeta y del código también para largarse de allí. Dudé. ¿Qué iba a hacer para salir de allí? Decidí volver a la lavandería. Podría salir como había entrado, siguiendo a un s-lav. Tuve que esperar más de media hora hasta que uno de ellos llevó un carro lleno de manteles hasta la puerta. De nuevo, tuve que hacer uso de mi cautela para no ser descubierto. Salí tras de él y me coloqué junto a la pared. No debí calcular bien mis movimientos, porque la bolsa se me resbaló de las manos y cayó al suelo. El s-lav, que ya se encontraba a varios metros de mi posición, se giró. Y me vio. En ese momento, creí que mi ropa interior no resistiría tanta tensión. Los dos permanecimos inmóviles durante algunas décimas de segundo. Reaccioné. Recogí la bolsa y salí corriendo hacia el ascensor, empujando por el camino al s-lav, que seguía sin reaccionar.

En el trayecto a mi habitación, pensé que me daría un síncope. Me temblaban las manos y las piernas y sacar mi tarjeta codificada del bolsillo para abrir la puerta supuso un auténtico esfuerzo. Cerré tras de mí y dejé caer el botín al suelo. Tardé algunos segundos en recuperar el resuello, pues la excitación se había apoderado de mí. Estoy seguro de que nunca antes había sentido la adrenalina de aquella manera. Me pareció oír a Jean en mi cabeza una vez más. «La bolsa…», repetía. Allí estaba, de un blanco inmaculado, esperando mi intromisión. La puse sobre la cama. Pesaba bastante, pero mi curiosidad era demasiado grande como para preocuparme de aquello. La abrí con las manos aún temblorosas. En realidad, no sabía lo que iba a encontrarme. ¿Y si sólo era ropa sucia? Quizás por eso estaba en la lavandería. Pero entonces, ¿por qué destruirla?

Había ropa, entre otras cosas. Dos permisos de viaje interespaciales, una cámara de fotos, enseres personales… eran las cosas de los Swanson. Sus pertenencias y documentación. Las cosas que probablemente habían traído con ellos a Cuatro. Así que no habían salido del hotel en ningún momento. Nadie en su sano juicio se iría a su casa sin llevarse sus cosas con él. Jamás salieron del Bradbury. Y Giada lo sabía.

Alguien golpeó la puerta de mi habitación. Me apresuré a guardarlo todo en la bolsa y luego la metí bajo la cama. Si ese día no me daba un infarto, podía presumir de tener un corazón de primera. Volvieron a llamar. No sabía bien qué hacer. ¿Y si el s-lav del pasillo había dado el soplo? 
- Servicio de habitaciones. - Dijo alguien desde fuera.
- No he pedido nada, gracias.
Intenté sonar tranquilo, pero dudo que lo consiguiese.
- Abra, por favor. Servicio de habitaciones.
¿Servicio de habitaciones? Y un cuerno.
Oí como la cerradura electrónica se abría. Estaban usando una tarjeta. Mierda. Era el tipo enjuto, acompañado de un s-lav que presumí sería el mismo que me había visto llevarme la bolsa de la lavandería. 
- Déme la bolsa, por favor.
- ¿Qué bolsa?
- No se haga el imbécil aunque lo sea.
- No pueden entrar aquí por las buenas. Soy un huésped de este hotel.
- Usted es sólo un incordio y ya me está empezando a tocar las narices. Haga el favor de darme la bolsa y fingiré que no ha pasado nada.
Decidí cambiar de estrategia y pasar al ataque.
- Así que quieres la bolsa, la que debías destruir y no destruiste. ¿Por qué? ¿Acaso te pagan tan mal que pensabas quedarte con las pertenencias de otros? ¿O es que pensabas jugarte al Doble-Dos los objetos personales de dos huéspedes desaparecidos en el hotel? Si es así, te aconsejo que no lo hagas, eres un jugador pésimo.
-  Vete a la mierda, imbécil.

Con aquella respuesta quedaba claro que aquel gilipollas no era un rival digno para mí. 
Me miró con desprecio para luego dirigirse a su acompañante:
- Registra la habitación.
- ¡No puedes hacer eso! -  Protesté.
- Mira si puedo. -  Dijo con superioridad. 
El s-lav entró en el dormitorio y empezó a revolverlo todo con relativa minuciosidad. Levantó las sábanas que colgaban de los laterales de la cama y sacó la bolsa con cierto aire triunfante. Luego hizo entrega de la misma al tipo enjuto, que me miró con una sonrisa pérfida en los labios.
- Bien, caballero. Gracias por su colaboración. En seguida vendrán a poner esto en orden. Que tenga un buen día.
Se dio la vuelta y salió de mi habitación, seguido del chivato.
- ¡Informaré de esto a Mendes! ¡Se te va a caer el pelo, imbécil!
No se molestó en girarse ni en contestar mis tibias amenazas. Él y su mascota desaparecieron en dirección al ascensor sin que yo pudiese hacer nada. Entré y cerré la puerta. Me encontraba fuera de mis casillas. En aquel momento lo único que deseaba con todas mis fuerzas era aplastarle el cráneo a aquel cabrón. Mi ira crecía según pasaban los minutos y no encontré modo alguno de aplacarla. Intenté tranquilizarme, pues de poco me servía ponerme nervioso en aquel momento. ¿Qué podía hacer? Ya no habría modo de recuperar la bolsa. Tantos esfuerzos para nada. Ahora era suya de nuevo. Pero algo había cambiado, pues yo ya conocía su contenido. Sabía que, si los Swanson habían abandonado el hotel como Giada aseguraba, se habían marchado sin sus cosas. Y también sabía que aquel capullo se había quedado con ellas, desobedeciendo a su compañera y superior. 
Decidí pasar a la acción. Tenía que hablar con Mendes y explicarle lo sucedido, pero antes debía hablar con mi querida amiga, la señorita Bianco, y hacerle unas cuantas preguntas. Era la hora de almorzar y, con toda probabilidad, Giada se encontraría en la recepción, su territorio casi permanente. Salí de mi habitación como una furia desbocada y bajé al hall del hotel. Allí reinaba la tranquilidad más absoluta. Dado que los huéspedes estaban almorzando en aquel momento, no había prácticamente nadie en los mostradores. 
La vi tras uno de ellos, realizando algún tipo de gestión en su computadora, con la mirada fija en la pantalla holográfica. Me acerqué con paso firme y el corazón latiendo a toda pastilla. 
- Giada.
Levantó la vista con indiferencia.
- Ahora estoy un poco ocupada. ¿Por qué no vas a almorzar y luego hablamos?
- No tengo hambre. – Dije entre dientes.
- Sigo estando ocupada. – Respondió ella, volviendo los ojos a la pantalla.
- Su amigo se quedó con la bolsa, ¿sabe?
- ¿Otra vez con esa historia?
- La escondió en la lavandería y…
No me dejó terminar. Salió rápidamente de detrás del mostrador, me cogió fuertemente del brazo y me condujo a la salita anexa, donde habíamos hablado cuando llegué. Cerró la puerta de golpe y me empujó contra la pared. No dejaba de ser sorprendente que aquella cría tuviese tanta fuerza.
- Esto me encanta, pero eres demasiado joven para mí, ¿sabes?
Me dio un bofetón inesperado. Luego me dijo:
- ¿Qué es lo que le pasa, eh? ¡Diga! ¿Qué cojones le pasa? ¿Acaso no le dijo el jefazo que fuese discreto? Es usted un capullo impresentable y un maldito incompetente. Ya empiezo a estar harta de su comportamiento…
Me eché a reír a carcajadas en sus narices. No es que me hiciese mucha gracia que me abofetearan para después insultarme, así que imagino que el ataque de risa que me dio se debía al nerviosismo que me invadía en aquel instante. Ella, sin embargo, se iba poniendo más y más furiosa, tanto que pensé que volvería a pegarme otro tortazo de un momento a otro.
- ¿Se puede saber de qué se ríe? 
Traté de calmarme y responder. Respiré profundamente y conté mentalmente hasta diez.
- Eres patética. Una cría mandona e insoportable. Y, por si eso fuese poco, además eres estúpida.
- ¿A eso has venido? ¿A insultarme?
- No. Antes de que me arrastrases hasta aquí y me cruzaras la cara intentaba explicarte lo que tu cómplice ha hecho con la bolsa que tú le mandaste destruir. Y, por favor, ahórrate el numerito de fingir que no sabes de qué te hablo. A diferencia de ti, yo no soy estúpido.
Se quedó callada un momento. Su expresión de ira se transformó en una mueca de derrota. Sabía que yo estaba al corriente de sus chanchullos y que seguramente informaría a Mendes al respecto. Sus días de jefecilla en el Bardbury tenían los días contados. Ella lo sabía y yo también, y ya no podría disimular por más tiempo.
-  Está bien. Es cierto. Le di a Hans una bolsa blanca. ¿Y bien?
-  Le dijiste que debía destruirla. ¿Por qué?
-  Porque era basura, sólo eso.
-  Ya. Pues Hans decidió quedarse con la basura. Debe ser que padece el síndrome de Diógenes.
- Qué gracioso. ¿A eso se dedica últimamente, a fisgonear por los pasillos del hotel?
- Pues sí, debo reconocerlo. Es un gran pasatiempo, deberíais ofrecerlo a todos los huéspedes. Mucho mejor que el cubo-6.
Me miró fijamente con un gesto amenazador que no tomé en serio.
- No voy a entrar en sus sucios jueguecitos, así que puede ahorrárselos.
- Ya, pero es que no voy a ahorrarme nada más. Y no me importa que no quieras decirme lo que había en la bolsa, porque ya lo sé. 
Se puso pálida de repente. Es probable que no contase con aquello, aunque me extrañaba que mi viejo amigo Hans no le hubiese explicado nada de mi aventura a la lavandería. 
- Dime, Giada… ¿Por qué había que destruir las cosas de los Swanson?
En aquel momento me sentía una especie de ser superior, como un abogado que en un juicio consigue dar con la tecla que hará confesar al acusado. Y así fue. 
- Lo cierto es que los Swanson nunca abandonaron el hotel. – Dijo.
- Vaya, vaya, así que mentiste al jefazo…
- ¿Sigo o piensa continuar regodeándose en su ponzoñosa victoria?
Hice un gesto infantil con la mano, como cerrando mis labios con una cremallera, e invité a Giada a proseguir. Realmente estaba disfrutando con la situación.
- Les vi por última vez la noche de antes de su desaparición, cenando en uno de los comedores. Por la mañana, todos los huéspedes que debían tomar el crucero bajaron a recepción, donde fueron dados de baja y organizados en grupos para abordar las naves de transporte. Entonces, al hacer recuento, nos dimos cuenta de que faltaban dos viajeros. Estuvimos un largo rato cotejando los datos en la computadora para asegurarnos de no haber cometido ningún error. Todas las naves de transporte habían salido ya, excepto una. El comandante del crucero me llamó a través del intercomunicador para pedirme que enviase la última, porque si no saldrían con mucho retraso.
- Y la envió. Con dos menos.
- No. Antes revisamos el hotel e hicimos varios llamamientos por megafonía. Pensábamos que los Swanson podían haberse despistado. Yo misma subí a su habitación y comprobé que estaba vacía.
- Pero sus cosas seguían allí, ¿no?
- Eso es lo que me resultó más extraño. Aunque se hubiesen entretenido y estuviesen dando un paseo por el hotel o en la sala de juegos, ellos sabían perfectamente que ese día partían hacia Tres. Lo lógico hubiese sido que preparasen el equipaje la noche anterior al viaje, o como muy tarde esa misma mañana al levantarse. Todas sus cosas estaban repartidas por la habitación, como si aún fuesen a quedarse más días en Cuatro. Me pareció rarísimo, pero no tuve más remedio que improvisar. El comandante volvió a llamar, insistiendo en que no podían esperar mucho más. Decidí dar la orden y la última nave de transporte salió rumbo al crucero. Pensé que podríamos seguir buscando a los Swanson y que, cuando les encontrásemos les haríamos regresar en el siguiente vuelo.
- ¿Por qué pusieron las pertenencias de los americanos en una bolsa de basura? ¿Es que habían venido a Cuatro sin maleta?
- No. Yo recogí todo lo que pude de la habitación y lo guardé en dos maletas que di a uno de los s-lavs para que las llevase hasta la nave. Cuando la patrulla de limpieza pasó por allí más tarde, algún quedaban algunos objetos, de los cuales me hicieron entrega.
- Ya, y como aquello era una prueba de tus mentiras, pediste a Hans que se deshiciera de todo.
- Sí.
- Pero no contaste con que el tío es un chorizo de primera división.
- Pues no, la verdad.
- Ya. Por eso me llevaste a las minas, para desviar mi atención.
- Bueno, también creí que podía existir alguna posibilidad de encontrar alguna pista allí. 
Hizo una pausa y me dijo:
- Sé que la he cagado, que mentí y que toda la responsabilidad es mía, pero quiero pedirte algo.
- ¿Qué?
- Espera un poco antes de contarle nada al jefe, ¿quieres? Quizá encontremos alguna nueva pista o lo que sea. Dame tiempo. Al fin y al cabo, siempre podrás decírselo cuando vuelvas a Tres. Sólo te pido los días que te quedan en el hotel.
- Lo pensaré. - Dije.
Luego salí de la salita y me fui a almorzar tranquilamente, como si nada hubiese sucedido. Pero algo había ocurrido. Ahora yo tenía la sartén por el mango y no pensaba soltarlo. 
Después de comer, volví a la habitación. Estaba limpia y ordenada. Una luz verde parpadeaba en la pantalla holográfica, indicando que había un mensaje entrante. Lo activé. Luego apareció la lustrosa calva de Leo Mendes, que me miraba desde el planeta vecino con cara de pocos amigos. Hablé:
- Señor Mendes…
- ¿Te has enterado de lo de Cosmic? – Preguntó sin devolverme el saludo.
- Señor, he sido discreto como usted me pidió, nadie sabe…
Yo seguía sin entender cómo cojones se habían enterado los de Cosmic del asunto de los gringos. Se supone que sólo Giada y yo teníamos constancia de la situación… aunque es cierto que Hans lo sabía, su mascota s-lav lo sabía y, quién sabe, igual hasta Verner, que había husmeado entre la documentación confidencial, también conocía la situación. 
- Veo que no sabes nada. Por eso me he puesto en contacto contigo. La cosa se está poniendo fea.
- No sé a qué se refiere, señor.
Dudé si debía o no chivarme de Giada y su amiguito. Pensé que, al fin y al cabo, yo tampoco era un dechado de virtudes y decidí dejarlo correr. 
- Escucha, los Swanson no son los únicos, al parecer. – Susurró, como si alguien más pudiese oírnos.
- ¿Qué quiere decir?
- He recibido noticias de más desapariciones, concretamente en el Ares. Un matrimonio italiano y una familia entera de holandeses. Ni rastro de ellos, aunque sus cosas se quedaron en el hotel.
Eso si algún empleado cleptómano no se las había llevado, pensé.
- ¿Cómo sabe usted que…? – Pregunté.
- Yo tengo mis fuentes, como ellos tienen las suyas, o ¿cómo crees que se han enterado de lo de los americanos?
- Así que hay infiltrados en el hotel… ¿eso es lo que insinúa?
- No lo insinúo, lo afirmo. Es una práctica muy común en la lucha de empresas y, aunque hacemos lo posible por evitar ser espiados, es complicado atajar el problema. Aunque esta vez no podrán usar ese arma contra nosotros, al fin y al cabo a ellos les faltan cinco y a nosotros sólo dos.
- Giada y yo hemos estado buscando pistas, incluso fuimos a unas minas que…
- No pierdan más el tiempo. Les hemos dado por muertos y se lo hemos comunicado a sus familias. Les hemos hecho creer que tuvieron alguna clase de accidente.
- ¿Y se lo han tragado? ¿No han querido recuperar los restos o algo parecido?
- Cuando recibes una buena indemnización lo mismo te da. Así se ahorran la cremación y los costos.
- Entonces, ¿puedo regresar en el próximo crucero?
- Sí, tiene usted mi permiso para volver a Delhi a su puesto habitual.
- Gracias, señor.
- Sólo una cosa más. Aún tardará unos días en poder subir a la nave. Mientras esté en Cuatro, abra bien los ojos y los oídos y comuníqueme cualquier cosa que le parezca extraña.
- Sí, señor. Así lo haré.
La imagen de Mendes desapareció de la pantalla. La computadora habló:
-      Fin de transmisión.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Viaje a Cuatro. Cinco: Susurros Marcianos



«Ven con nosotros… ven al mundo». Aquella frase resonaba en mi cabeza como grabada a fuego. Voces que me llamaban , que requerían mi presencia, que me animaban a seguirlas quién sabe adónde. Al mundo. A su mundo, supongo. Al mundo de los sueños, de las fantasías, de lo irreal. Pero esta vez había más detalles. Vi caras de personas. Las veía borrosas, pero lo suficientemente bien como para distinguir hombres de mujeres o de niños. Me tendían sus manos pálidas y veladas, esperando que yo las tomase para ir con ellos a su mundo. El de las casas antiguas en verdes prados repletos de flores. Y yo quería ir con todas mis fuerzas, separarme de este mundo real que tanta indiferencia producía en mí, un ser insulso, un pobre hombre sin ambiciones. Pero no podía acompañarles, aún no. «No estoy listo, esperadme», les decía. «Por favor, esperadme». Y desperté. Esta vez no en medio de la noche sino prácticamente a la hora del desayuno. El día anterior había tomado la última de las tres píldoras amarillas antes de ir a dormir y  el estómago ya no me molestaba en absoluto. Por suerte ese día podría desayunar algo más contundente que el pudín de mi primera mañana en el Bradbury .

El comedor estaba a rebosar. Docenas de huéspedes hacían fila en torno al bufé con sus platos en la mano, mientras charlaban animadamente con sus parejas, amantes, amigos o hijos. Tomé un plato vacío y me coloqué al final de la cola. Tenía un hambre feroz. Comí un desayuno rico en proteínas y grasas vegetales, y lo acompañé de una aromática bebida con sabor a café. Elegí la misma mesa del día anterior, solitaria y tranquila, y me dispuse a devorar mi ágape. En ese momento, volvieron a mi cabeza las palabras de Giada en la tarde del día anterior, al volver de las minas. Le había pedido al tipo enjuto que destruyera algo. Lo que hubiese en aquella gran bolsa de plástico blanco. Luego se habían separado y, mientras ella tomaba el ascensor para volver a recepción, él había seguido el pasillo que se encontraba a su derecha para, suponía, llevar aquella bolsa al lugar en el que iba a ser destruida. Y lo suponía porque la verdad es que no lo sabía a ciencia cierta. Para acceder al pasillo, el tipo enjuto había usado una tarjeta de empleado de la que obviamente yo no disponía, así que aunque me picó la curiosidad y quise seguirle, no pude pasar de la puerta del corredor.

¿Qué habría en aquella inmaculada bolsa blanca? Estaba demasiado limpia como para contener basura, y parecía pesada a juzgar por los esfuerzos del amigo de Giada para acarrearla. A lo mejor eran sólo trastos que se habían ido acumulando en el hotel. Pero entonces, ¿Por qué tanto secretismo? ¿A qué venía susurrar y mirar a todos lados por si había moros en la costa? No tenía mucho sentido, la verdad. Además, Giada parecía gozar de un cierto estatus en la cadena jerárquica del hotel, por lo tanto dudaba mucho de que entre sus tareas se encontrase la recogida de trastos o de basura. Para eso estaban lo s-lavs. Ellos limpiaban las habitaciones y se deshacían de lo que no sirviese. Luego, esa basura se clasificaba en la propia planta de reciclaje del complejo. Todos los hoteles tenían una, en Tres también. Lo exigían las leyes. Por otra parte, lo que no se podía reciclar de ninguna de las maneras era trasladado en naves de transporte de desechos a los vertederos subterráneos excavados también por los s-lavs en Cuatro. Basura bajo el suelo. Eso era lo que dábamos a Marte a cambio de su hospitalidad.

Cuando terminé de desayunar, bajé a recepción para preguntar a la sargento Giada qué quería de mí ese día, pero no estaba, así que me fui a la sala de juegos a distraerme un rato. Había canchas de cubo-6, pero no tenía con quién jugar y tampoco me apetecía hacer nuevos amigos. Volví a recordar al viejo y cómo me destrozaba cada vez que echábamos una partidita a bordo del Halley II. Lamenté de nuevo haberme despedido de él de un modo tan desagradable. Al fin y al cabo, por muy reprochable que hubiese sido su intromisión, él y Tya habían sido una gran compañía en el crucero.

Elegí la mesa de Logik, donde podría jugar solo. La pantalla holográfica se puso en marcha en cuanto me senté en la banqueta. Aparecieron series numéricas y figuras geométricas. El juego consistía en dar con la relación lógica de lo que allí se mostraba, fuesen cifras, letras o ideogramas. Se trataba de devanarse los sesos, resolver el problema y pasar al siguiente nivel. Si uno se aburría podía retar a alguien o apostar contra el programa, claro que éste rara vez perdía. Jugué un rato y me levanté a ver qué otros entretenimientos había por allí. Entonces, en la mesa más apartada de la sala, vi al tipo enjuto jugando a Doble-Dos y apostando más de la cuenta contra otros dos agentes del hotel. Me acerqué a curiosear. Iba perdiendo pero seguía apostando, imagino que para recuperar sus pérdidas y su orgullo. En un principio ignoraron mi presencia junto a la mesa. El tipo enjuto volvió a perder. Entonces me miró por el rabillo del ojo y me dijo:
- Si quieres jugar, siéntate. No te quedes ahí como un pasmarote mirando.
La verdad es que no sabía jugar bien a Doble-Dos. Conocía las reglas y había echado alguna  que otra partida con mis compañeros de agencia en Delhi, pero nunca a ese nivel, y menos con dinero de por medio. Sin embargo, a lo mejor así podría conocer un poco mejor al tipo enjuto y ganarme su confianza. Al menos la suficiente como para preguntarle por aquella bolsa blanca que tanta curiosidad despertaba en mí.
- Bueno, jugaré una solamente. ¿A cuánto va?
- Cincuenta por ronda en moneda internacional.
- Vaya, pues si que vais fuertes ¿no? Bueno, pues juego una y ya está. 
Uno de los jugadores puso cara de «A este tío le vaciamos los bolsillos» y sonrió con cierta autocomplacencia. Luego barajó y repartió las cartas. No tenía una mala mano, después de todo. Miré al tipo enjuto, pero él no levantó la vista de sus cartas. El que había repartido me indicó que era mi turno. Hice mi primera apuesta de cincuenta, pues la mano era buena. El tipo de mi derecha vio mi apuesta. Y el tipo enjuto también. El de mi izquierda, al que los otros llamaban Pato, subió cincuenta más. Nadie había pasado y mi mano era más que decente, así que no me quedaba otra que poner cincuenta más del dinero de Mendes. El de mi derecha no quiso ver mis cincuenta y el amigo de Giada tiró las cartas a la mesa con furia. Quedábamos sólo Pato y yo. Éste subió cincuenta más y volvió a sonreír con aires de suficiencia. Imaginé que tendría una buena mano. Tipos tan idiotas como aquel rara vez se echarían un farol de aquella manera. Vi su apuesta y enseñé mis cartas. Su cara pasó de la arrogancia a la rabia en décimas de segundo. Gané a Pato toda su pasta y me la guardé en el bolsillo. Me levanté de mi silla.
- Gracias por la partida. Hasta más ver.
Pato se levantó cabreado y me dijo en un tono poco amigable:
- Oye, listillo. Tienes que jugar otra. No puedes jugar una, ganar y largarte. ¿Qué te has creído, que soy idiota?
- He dicho que jugaba sólo una. En cuanto a si eres idiota o no…
- Vale ya, Pato – Dijo secamente el tipo enjuto. – Ha ganado y punto. Que se largue si quiere.
- ¿Qué? ¿Vas a dejar que se vaya con tu pasta?
- Sí, y con la tuya también. Es un huésped del hotel, así que haz el favor de controlarte.
- Ya. Y si es un huésped, ¿por qué cojones lleva una tarjeta de Across Stars?
- Porque es de los nuestros, pero sigue siendo un huésped, así que cierra ya ese puto pico.
Pato se dio la vuelta y se marchó refunfuñando. 
- Gracias. – Le dije al tipo enjuto.
- De nada. Ahora dame mi pasta.
- ¿Qué?
- Mira, si no me la das, Mendes se enterará de que andas gastándote su dinero en apostar al Doble-Dos. ¿Quieres que se entere?
Aquella era la clase de amenaza que me resbalaba por completo.
- Me da igual que se entere, la verdad. Ya puedes ir a contárselo si quieres. Y de paso le explicas lo de la bolsa blanca y los secretitos con Giada.
Mi pequeño farol hizo que el tipo se pusiera tieso como un maniquí. Me cogió fuertemente del brazo y me llevó hasta un rincón. Su cara emanaba ira y habría apostado otros cincuenta a que deseaba romperme la mía.
- ¿Quién te has creído que eres? ¡No sabes nada! ¡Lárgate de mi vista si no quieres que te parta la cara, imbécil!
En ese momento, algunas de las personas que había en la sala jugando, y que hasta entonces no nos habían hecho ningún caso, se nos quedaron mirando fijamente. Y también en ese momento supe que en la bolsa blanca no había habido nunca desperdicios.
Salí de allí con los bolsillos a reventar y el ego por las nubes, pero el subidón se fue tan pronto como vi a Giada en el pasillo. Me miró con furia y espetó:
- Llevo una hora buscándole. ¿Dónde estaba?
- Aquí.
- Ya… así que jugando. ¿Pero usted qué se cree? Sólo porque esté alojado en el hotel más lujoso del Sistema Solar no significa que esté de vacaciones. Ha venido a trabajar. ¿Sabe lo que es eso? ¿Lo ha hecho alguna vez?
- Oye, oye, no te aceleres, ¿Quieres? Cuando me he levantado, he bajado a recepción a buscarte y no estabas…
- ¿Y acaso se ha molestado usted en preguntar a alguien dónde estaba?
- No.
Resopló de rabia. Desde luego, yo le sacaba de quicio. Y aún me trataba de usted, supongo que por orden de Mendes. Hizo una pausa, respiró profundamente y me dijo:
- Haga el favor de venir conmigo.
La seguí a través de los interminables pasillos del hotel. Después de varios minutos caminando en silencio, Giada se paró ante la puerta misteriosa. Luego, giró a su derecha y abrió la entrada del pasillo por el que su amigo el tipo enjuto se había escurrido con la bolsa el día anterior. Al final del mismo, otra puerta, esta vez doble. Entramos en una sala enorme. Hacía un calor tremendo y olía a detergente. Era la lavandería. Por todas partes había cestos de grandes dimensiones repletos de ropa sucia: sábanas, mantas, tapices, manteles... Al fondo había máquinas de lavado en seco. En el hotel se despilfarraba agua, pero sólo de cara al huésped. De puertas adentro se imponía la austeridad. Había también una gigantesca caldera, que seguramente servía para calentar el agua del hotel, puesto que, como ya he dicho, las máquinas lavadoras no utilizaban agua. Quizá el tipo enjuto hubiese usado la caldera para destruir la bolsa.

Alrededor de una docena de s-lavs se ocupaban de la organización de la lavandería: traían la ropa sucia en los elevadores, la separaban por colores, la disponían en cestos, la ponían a lavar y, una vez limpia, la doblaban y la transportaban al comedor, a las habitaciones, o allá donde perteneciese. Al fondo a la izquierda había otra puerta. Giada siguió caminando hacia ella. Le seguí. Y vi la bolsa. Estaba en un rincón de la habitación, detrás de unos estantes, medio escondida. Luego pensé que a lo mejor era otra bolsa. Seguramente en el hotel habría cientos de bolsas como aquella y lo más probable es que el amigo de Giada hubiese seguido sus órdenes. «Destrúyelo todo». Quise pararme a comprobar su contenido, pero debía seguir a aquella mocosa insoportable. Mierda.
Salimos de la lavandería y, después de atravesar varios corredores, acabamos en una especie de despacho, muy pequeño y poco acogedor. No tenía ventanas. Las paredes eran lisas y blancas, sin fotografías ni cuadros, y  había escasos muebles en la habitación: un escritorio y un par de sillas. Giada se sentó y, con un gesto, me invitó a ocupar el otro asiento.
- He hablado con Mendes.- Dijo.
No contesté.  Ella prosiguió.
- Está preocupado porque se ha filtrado lo de la desaparición de los americanos. Alguien se ha ido del pico y ya lo saben en Cosmic Voyages.
La agencia Cosmic era nuestro más directo rival en Cuatro y también el la Tierra. Eran los propietarios del Ares y, por lo tanto, estaban allí antes que nosotros. Además, toda la zona uno de Tres era territorio Cosmic: hoteles, aeropuertos, complejos turísticos, parques temáticos… Seguro que, si lo que decía Giada era cierto, Mendes estaría más que preocupado. Si Cosmic hacía pública la noticia, se acabó el chollo para Across Stars. ¿Quién iba a querer viajar con una compañía que perdía a sus pasajeros?
- Se supone que esto sólo lo sabemos usted y yo. – Continuó.
- Y tu amigo.
- ¿Qué amigo?
- Ese de la bolsa blanca, el de la cara de amargado.
- No sé a quién se refiere, pero yo no tengo amigos aquí.
Claro que sabía a quién me refería, lo que no había sabido hasta entonces es que yo les había visto la noche anterior en el pasillo junto a la puerta misteriosa, así que la pobre disimuló como mejor supo.
- Pues estaré confundido, entonces.
Me miró con odio. Luego, con tono acusador, contestó:
- Lo que está claro es que yo no he dicho nada a nadie, así que…
- ¿Así que…?
- Nada, supongo que usted tampoco habrá dicho nada.
- No.
- En tal caso, supongo que no hay de qué preocuparse.
- Supongo que no. ¿Algo más?
- No. Bueno, sí. Mendes ha ordenado explícitamente que, en caso de no hallar pruebas que indiquen el paradero de los americanos en los próximos días, vuelva usted en el próximo crucero que parta hacia Tres.
- Pues qué bien. ¿Puedo irme ya?
- Váyase.
Pasé la tarde en mi habitación leyendo Rojo Carmesí y bebiendo Mosha. De tanto en cuando venía a mi mente la bolsa blanca en la lavandería. Por alguna razón estaba casi convencido de que aquella bolsa era la misma que el tipo enjuto debía destruir. Pero entonces, ¿por qué no lo había hecho? No tenía sentido. Y aún teniendo yo razón, seguramente la habría destruido la propia Giada al saber que les había visto en el pasillo. ¿Qué tenían que esconder aquellos dos? Intenté volver al libro y a mi copa, pero seguía distraído. Quizás hubiese alguna manera de entrar a la lavandería y aplacar mi curiosidad, aunque sin tarjeta de empleado era imposible acceder a la misma.
Dejé el libro sobre la mesa de centro junto al sofá de gato y me acosté, con la tranquilidad que me producía saber que en pocos días estaría de vuelta en Delhi. No tardé en dormirme. Y volví a soñar con las voces, con la casa del prado. «Ven con nosotros… ven al mundo», me decían insistentemente. Esta vez me acerqué un poco más a la casa. Podía oler el fragante aroma de la lavanda fresca, podía sentir la húmeda hierba bajo los pies. Pero las sensaciones esta vez escondían algo malévolo, inquietante. Muchas de las voces no provenían de la casa, sino que llegaban a mis oídos de todas partes, de delante y de detrás; algunas más cercanas y otras más lejanas. Cuando ya me hube acercado lo suficiente, vi algo en una de las ventanas de la casa. Al principio pensé que eran las cortinas de la ventana, movidas por la brisa. Luego comprobé que no. Parecía una cara. No, era una cara, sin duda era la faz de una mujer. Me resultaba tremendamente familiar, como si ya la hubiese visto antes, pero no en la vida real, sino quizá en un cuadro o en una película. Era rubia y tenía los ojos claros. Me miraba fijamente, pero no me llamaba como las demás voces. No decía nada, solo me miraba. Había en su rostro una sombra siniestra que me inspiraba cierto terror. Aunque era sin duda un rostro humano, su mirada carecía de humanidad. Me acerqué un poco más. En ese momento, la mujer de la ventana hizo un gesto que indicaba sin duda que iba a hablar en cualquier momento, que iba a decirme alguna cosa. Me quedé mirando y esperando sus palabras. Al poco, entreabrió los labios y dijo: «La bolsa, en la b…». En ese momento en que se disponía a terminar la frase, algo maligno surgió de entre las sombras. Una mano de un color gris macilento le tapó la boca. Luego se llevó a la mujer al interior de la casa. Retrocedí aterrado. Tropecé y caí sobre la hierba. Miré de nuevo hacia la casa, aunque no deseaba hacerlo. Ya no había nadie en la ventana. La mujer rubia había desaparecido. Me levanté. Ansiaba echar a correr, pero algo me lo impedía. En el prado, alguien gritó:  «Jean!».