martes, 21 de mayo de 2013

Naranjas de la China: Welcome to Tianchang

Sé que hacía mucho que no publicaba una entrada en esta serie. Lo cierto es que desde que regresé de Barcelona a finales de febrero no he viajado mucho por el país, en parte porque he tenido más trabajo de lo habitual y en parte porque las vacaciones de verano se acercan y no quería gastar todos mis yuanes antes de tiempo. De hecho, en estos últimos tres meses, sólo he salido de Wuwei en dos ocasiones y en ambos casos ha sido por trabajo. A principios de abril volví a Luan y hace poco más de una semana hice mi primera visita a Tianchang.

¿Y dónde está Tianchang? Bueno, pues si fueseis chinos os diría que está a la vuelta de la esquina, pero como la mayoría de los que leéis esto sois españoles, os digo que está... donde Cristo perdió el gorro. Tianchang es una ciudad de tamaño medio-pequeño (de acuerdo con los estándares chinos) situada en el límite entre las provincias de Anhui, Jiangsu y Henan. Es más o menos el doble de grande que mi amada Wuwei, pero tiene la mitad de habitantes, así que se respira mayor tranquilidad. Lo mejor es que está a tan sólo una hora y media de Nanjing (por carretera) y a unas tres horas de Shanghai, con lo que ganaré dos horas con respecto a mi localización actual.

Además, Tianchang tiene otras ventajas. Para ser una ciudad china, está bastante limpia. Por descontado que los niveles de limpieza en este país no son en absoluto comparables a los estándares europeos, pero tampoco vamos a ser hipócritas y a negar que algunas zonas de Barcelona, Madrid, Roma o Atenas tienen mierda para parar un camión... 

Lo cierto es que este viaje era muy importante para mí, no porque en Tianchang haya mucho que ver, sino porque será mi nuevo hogar a partir del próximo mes de septiembre. Sí, me quedo en China (y en Asia) un año más. ¿Por qué iba a despreciar una buena oferta de trabajo en un país que me ha acogido con gran amabilidad y que me ha ofrecido lo que en mi propia tierra se me ha negado? Además, aún he visto muy poco de China y de Asia y estando aquí es más fácil y más barato viajar por estos lares.

Debo decir que el tiempo no acompañó mi visita, pues de los cinco días que pasé en Tianchang, los cuatro primeros no dejó de llover ni un minuto. Sin embargo, y a pesar de tratarse de un viaje de trabajo, con lo que ello supone (clases, reuniones, eventos varios...), también hubo tiempo para el relax. En Tianchang vive mi amiga Jeannine, que es compañera en la compañía para la que trabajo. Jeannine es de Florida y, como no podía ser de otro modo, muy extrovertida y afable (encontradme un estadounidense sureño que no lo sea, es como encontrar una "choni" sin el rabillo del ojo pintado hasta la sien). Con ella y otros compañeros de trabajo pude disfrutar de veladas muy agradables en el Jazz Island Café, un bar-restaurante que, si bien no es exactamente de tipo occidental, sí sirve platos occidentales y copas decentes. Por copas decentes, en China, se entiende, cervezas frías (aquí es difícilisimo hacerles entender que hay que meterlas en la nevera), whiskey con hielo, vino y otras bebidas que en España cualquier persona puede servir en su propia casa pero que aquí son raras fuera de las grandes urbes.

Otra de las cosas que me gustaron de mi futura ciudad es la gran cantidad de instalaciones deportivas y parques de los que disfrutar. No tenemos nada de eso en Wuwei y la verdad es que echo de menos salir a correr o a montar en bici, por no hablar de los lujos de hacer unos largos en una piscina cubierta.

Jeannine también me llevó de compras por el centro de la ciudad y durante el paseo pude localizar cafeterías de estilo occidental y también pastelerías (un día os hablaré de las pastelerías de China...). Y algunos diréis... "¿Y esta tía para qué narices se va a China si lo que quiere es comer patatas fritas y magdalenas?". Mi respuesta es la siguiente: pasad nueve meses comiendo fideos, brochetas chinas, "dumplings", arroz hervido... en fin, comida china, y luego me volvéis a preguntar.  No tengo nada contra la comida china, es más, me gusta bastante. Podría decir que está en mi top-ten. Sin embargo, debo decir que no está de más tener alternativas. A veces, un sandwich, una ensalada o una pizza son lo único que necesito para ser feliz. A menudo necesito más cosas.

Cambiando de tema, permitidme que os hable un poco del instituto. ¿Habéis ido a la universidad? ¿Sí? ¿No? ¿No lo sabéis? Bromas al margen, he visto campus universitarios en España más pequeños que el instituto en el que trabajaré el curso próximo, que cuenta con varios aularios, residencia para estudiantes, una cantina gigantesca, auditorio independiente y unos jardines que no te los acabas, con lago incluído por si quieres suicidarte al estilo "Ofelia" tras un mal examen. Si a esto le sumamos que la directora del centro, Madam Tao (sí, ya sé que suena a nombre de puticlub), es una cachonda, creo que va a ser un buen cambio, sin desmerecer lo que tengo en Wuwei, donde siempre me han tratado con mucho cariño.

Veremos qué nos depara el futuro, porque aún no existe, solamente existe el ahora y, por el momento, sigo viendo un gigantesco árbol tras la ventana de mi piso en Wuwei.


martes, 23 de abril de 2013

Piedras



Como el guijarro dulce,
me deshilvanas
de los prespuntes de mi conciencia,
entre una pared y un muro
de piedras de algodón.

Me lo dijiste tarde.
Tuve que arrancarlo 
mientras tiraba del hilo,
todo a un tiempo,
deshojada.

Tus palabras eran nudos
con cabos maltrechos.
Nunca me ataste con ellos,
nunca me liberaste de ellos.

Como la roca amarga
me hundes en agua
con sabor al metal
de tu garganta,
y hoy me toca, sin duda,
remendar mi mañana.

lunes, 8 de abril de 2013

Kokoro




Al lavarse las manos bajo el agua fría, casi helada, sintió pequeñas punzadas de dolor. Eran como pequeños latigazos en las venas, que trepaban violáceas desde la muñeca al codo, bañadas en el marrón oscuro de la sangre aún caliente. Todavía podía ver la marca de la vía en el dorso de la mano izquierda, de donde se había arrancado una aguja de seis centímetros. Le parecía difícil de creer que aún pudiese sentir algo más allá del palpitar de sus sienes. Había transcurrido suficiente tiempo como para que el párpado superior del ojo izquierdo se hubiese inflamado tanto que le impedía ver correctamente. Sobre la piel blanca y suave, como el papel de seda, los colores de su mala suerte pintaban un arcoiris de azules verdosos y amarillos ocre. Perfilando el labio inferior casi de manera milimétrica, un corte  carmesí oscuro que terminaba por partir la comisura en dos. Aunque lo peor no era su cara.

Debajo del camisón de algodón, sus entrañas se habían convertido en un amasijo de tejidos que se le pegaban al vientre, bajando hasta las paredes interiores de sus muslos nacarados, goteando la sangre hasta los tobillos. Le hubiese gustado no tener pechos y así no sentir el escozor agudo en los pezones, que habían pasado de un rosa pálido a un gris mortecino. Y luego estaba la espalda, que arqueaba por el dolor y los espasmos, sintiendo que su columna vertebral era como una ramita que en cualquier momento se partiría en dos.

A menudo se decía que Kokoro no podía sentir, aunque ella no sabía nada de lo que se decía. ¿Qué era, pues, aquello? Ah, bueno. Se trataba de dolor físico. No era a eso a lo que se referían los demás. Hablaban de sentimientos, no de sensaciones. Kokoro, desde luego, no supo nunca lo que era el amor, ni la paz interior, ni los entresijos del corazón humano. Sin embargo, estaba casi segura de que alguna clase de sentimiento negativo la invadía en aquel instante, cuando, frente a una de las ventanas de la sala doce de la granja, vio el reflejo de un cadáver que la miraba. ¿Cómo describirlo? Kokoro no lo sabía.

Se dio la vuelta y vio las camas, alineadas de a ocho, herméticamente selladas. Estaban todas ocupadas, todas funcionando a pleno rendimiento. Menos la suya, la que estaba abierta, en la tercera fila. En el suelo, dos cuerpos sin vida. El primero, el del médico, que trató de sujetarla. Le había enroscado alrededor del cuello el tubo del gotero. Lo había hecho sin mirar, sin incorporarse, tumbada bajo las vigas metálicas mientras la luz fluorescente parpadeaba sobre su cabeza. No sabía si le había costado mucho esfuerzo. Había salivado bastante y recordaba haber rechinado un poco los dientes. Después apareció el otro, que se acercó a la cama con el arma entre las manos. Y la miró. Durante un buen rato, no supo qué hacer. Kokoro no se movía. No pestañeaba. Sabía hacerlo, pero no le hacía falta. Entonces se le había abalanzado, como una fiera descontrolada. Le tiró del pelo, le mordió y le arañó. Él la golpeó en la cara. Luego perdió su arma y Kokoro la recogió. No sabía usarla. Ni siquiera sabía cómo manejarla. La usó a modo de bate y le reventó la cabeza a golpes. Luego la soltó y fue hasta la ventana sobre el fregadero

¿Por qué lo había hecho? Demonios, ni siquiera sabía por qué estaba allí. Ni por qué le habían vaciado el cuerpo por dentro. No entendía el porqué de los golpes y la carnicería. La habían despertado súbitamente. Había visto una cara desconocida. Un hombre con gafas y la frente arrugada. Se había colocado entre sus piernas abiertas y le había hecho  algo mientras ella se retorcía de dolor y miedo. Una mujer joven le había ayudado. Luego se llevó lo que había en su interior. No pudo verlo. El señor de las gafas se había acercado a Kokoro y le había dicho algo sobre los efectos de la anestesia. Luego se sacó la vía y lo estranguló. Ahora estaba en el suelo, tendido boca abajo, con el tubo enredado y la lengua fuera de la boca. Lo miró y sintió algo, pero no sabía qué era.

Caminó entre las camas. Apenas veía ya nada con el ojo izquierdo, pero no le hacía falta más que un ojo para ver. Kokoro 12. Kokoro 27. Todas se parecían. Todas dormían. Todas tenían el vientre abultado bajo el camisón de algodón. El suyo estaba sucio. Se lo levantó. Había sangre oscura y reseca. Sintió un líquido pegajoso que salía de su interior desgarrado. Se tocó y sintió algo, pero no sabía qué era. Estaba rota por fuera y por dentro. Sacó la mano de su vientre. La necesitó en su cara. Acababa de parpadear sin proponérselo, y la mejilla se sentía húmeda e irritada.

Kokoro no podía sentir, ni tomar decisiones. 

Se acercó de nuevo a su cama y se tumbó dentro. Al fin y al cabo estaba en casa.


viernes, 5 de abril de 2013

El grupo de Bloomsbury: El amante de Lady Chatterley, y se hizo el escándalo



Durante los años que pasé en la universidad estudiando filología inglesa, leí cientos de libros. Tenía tantísimas lecturas obligatorias que, cuando llegaban las vacaciones, no quería leer ni las etiquetas del champú. Yo amo leer, es una pasión para mí. Sin embargo, cuando leer se convierte en un deber, obviamente, no se disfruta al mismo nivel (a veces, simplemente, no se disfruta a ningún nivel). De entre todo lo que tuve que leer en aquellos tiempos, salvaría de la quema un setenta por ciento aproximadamente. Por un lado, la mayoría de los clásicos (Dickens, Shakespeare, Blake, Poe, Whitman, Faulkner, Woolf...). Digo la mayoría porque fui incapaz de aprender a tolerar a Jane Austen (quizás mi próxima víctima) o a Hemingway, a pesar de mis numerosos intentos. Salvo a casi todos los poetas, y también a muchos escritores modernistas (de Joyce no sé qué decir...). Por supuesto adoro a los representantes de la contracultura americana como Kerouac o Burroughs, así como a los grandes nombres de la literatura poscolonial, especialmente a Selvon, y  defiendo ciertos nombres respetables de la narrativa contemporánea.

Recuerdo algunas novelas con cariño, pequeños descubrimientos que me hicieron mis profesores, como El gran Gatsby, Rebecca o Un pasaje a la India. Entre ellas, quiero destacar la obra más importante de D. H. Lawrence (aunque El arco iris tambien me fascina), que voy a comentar hoy, El amante de Lady Chatterley, una novela que me encanta y que, además, marcó un antes y un después en la manera de concebir el erotismo en la literatura inglesa.

De acuerdo, voy al grano. La novela cuenta la historia de Connie, la esposa de Sir Chatterley, inválido de guerra. Los Chatterley llevan una vida social muy activa y disfrutan de una existencia acomodada. Sin embargo, Connie no es feliz. Su marido no puede llenar su vacío, ese vacío que ella siente, concretamente, entre las piernas. La invalidez de Clifford Chatterley impide apagar los fuegos de su esposa. Pero entonces aparece Michaelis, un amigo de Clifford que se convierte en nuevo amigo con derecho a roce de Connie. ¡Pero estamos en los años veinte! (aunque la censura impidiese la publicación de la novela hasta finales de los cincuenta...) Por lo tanto, para Connie, el sexo por el sexo con Michaelis (o Mick) no le aporta satisfacción completa, especialmente porque resulta que este tipo es más bien egoísta en la cama, pero menos da una piedra. Sexo clandestino a espaldas del marido es mejor que nada.

De todos modos, Connie sigue insatisfecha. Entonces, empieza a dar paseos por el bosque, y un día conoce a Oliver Mellors, el guardabosques, símbolo de la masculinidad que, no sólo le va a dar a Connie sexo ardiente y de calidad, sino que también hará que ella se descubra, sin complejos, y se sienta la mujer más deseada y poderosa del mundo. Las escenas de sexo y los diálogos entre Connie y Mellors dieron mucho que hablar en la época, tanto que, como he dicho, la novela fue censurada y tachada de obscena y pornográfica. Obviamente, a día de hoy, rodeados de adolescentes que practican felaciones entre deberes de matemáticas y ensayos de ballet, puede no resultar tan fuerte. Aún así, esta es una de las novelas más eróticas que he leído, no por lo que dice, sino por lo que se intuye, el ardor entre los protagonistas, el deseo de lo carnal.

Connie es una mujer que se atreve a disfrutar del sexo en plena posguerra en la Inglaterra del saber estar, los protocolos y los buenos modales. Mientras la mayoría de las mujeres bordaban y hablaban de teteras, ella se pasaba por la piedra a un guardabosques. Sólo por esto vale la pena leer la novela. Y también porque las cosas censuradas merecen el eco que se les negó en su día. Es como darle una hostia al censor a través del tiempo. "¿Tú censuras el libro? ¡Pues yo lo recomiendo! ¡Que te jodan!"

A Lawrence se le tachó de pornógrafo en su época por poner a un rudo guardabosques entre las piernas de una señorita de alta curnia. Puede que en pleno 2013 la obra peque de machista en algunos momentos (hay quien dice que ha envejecido mal, y tal vez así sea), no en vano esta novela fue escrita hace casi un siglo. Dejadme añadir que quizás el final no esté a la altura. Aún así, por ser una novela que leí con ganas y por lo transgresor del personaje de Connie, la recomiendo totalmente. 

"Sí, la gente finge tener emociones cuando, en realidad, nada siente. Creo que ser romántico consiste en eso."


lunes, 11 de marzo de 2013

El grupo de Bloomsbury: Fahrenheit 451 y el precio de la felicidad


En más de una ocasión, la gentucilla con la que me relaciono me ha preguntado el porqué de mi apellido, Montag. Me parece tan obvio que no sé por qué se lo preguntan. Veamos, mi padre se llama Rafael Montag, así de simple. Bueno, vale, en realidad mi padre es andaluz y tiene apellido de futbolista, lo cual no le resta glamour. Bueno, lo cierto es que tengo un apellido de lo más terrenal. Entonces... ¿Quién es Montag? 

En 1953, Ray Bradbury, uno de mis novelistas preferidos, publicaba esta novela de corta extensión y enorme mensaje. Para los que no conozcan a Bradbury, autor de Crónicas Marcianas (leed estos relatos, por vuestra madre) y El país de octubre, entre otros, diré que su obra es una maravilla y que está inspirada en los más oscuros miedos de las personas. Y si creéis que la ciencia ficción es únicamente cosa de naves espaciales, robots e ingeniería genética, vais muy desencaminados. El tema principal en las obras de este género es siempre la humanidad, con sus miedos, sus penas, sus esperanzas, su maldad y su angustia. A partir de ahí, lo demás es simple atrezo.

Volvamos a la novela. ¿Qué explica? Pues explica la historia de Montag... ¡Vaya! En fin, resulta que Montag es bombero, pero no uno cualquiera. En el mundo que presenta Bradbury, los bomberos no apagan fuegos, sino que se dedican a quemar... libros. ¿La razón? El gobierno del país en cuestión cree que si la gente lee y adquiere conocimientos, dejará de ser feliz. Y no les falta razón. Para tener a la gente contenta, ha sido creada una sociedad hermética que atonta a las personas (uy, esto me suena mucho...). Veamos, la señora de Montag, una tal Mildred (más tonta que un ladrillo), pasa gran parte de su tiempo charlando con sus amigas. ¿Algo normal, no? El caso es... que nunca sale de su casa, o casi nunca. Habla con sus amigas por videoconferencia y ve sus imágenes en las paredes de su casa, a modo de pantalla. ¡Pero bueno! ¿No era esta una novela de 1953?

Resulta, sin embargo, que Montag es una persona curiosa. Un día conoce a Clarisse, una vecina a la que los vecinos tachan de estar chiflada porque le gusta pasear, oler las flores y hacerse preguntas. A Montag, sin embargo, le parece un encanto y de alguna manera le pica la curiosidad. Pero resulta que, además, durante un "incendio", el bueno de Montag decide apropiarse de un libro en lugar de quemarlo. Y ahí es donde, como diría la juventud, la lía parda. ¿Por qué? Bueno si quieres saberlo te sugiero que dejes de ver Gran Hermano y salgas a comprar el libro. ¿Me estás enviando a la mierda? ¡Oye! Pero, ¿Qué te has creído?

Ésta es una de mis novelas preferidas, no sólo porque Bradbury era un genio escribiendo (el pobre nos dejó el año pasado), sino porque, cuando terminas de leer este libro no puedes evitar pensar cuán cierto es que la ignorancia es la madre de la felicidad. Aún así, ¿Vale la pena ser feliz de este modo? Con esto no quiero decir que yo no vea estupideces en televisión, o que yo no lea la prensa deportiva o que yo no pierda el tiempo en facebook... Sin embargo, también veo cine, leo libros, salgo a bailar, viajo y quedo con mis amigos. Luego vuelvo a casa y pongo otra vez la tele. 

La cura contra la ignorancia no está en los libros, está en la vida. No obstante, leer empuja a hacerse preguntas que muy a menudo se resuelven con la experiencia. No apartéis los libros de vuestra vida, bueno El Código Da Vinci sí podéis apartarlo (así, como quien no quiere la cosa...). Nunca se sabe cuándo a algún iluminado (o inquisidor) se le ocurrirá volver a quemarlos porque, como ya he dicho, esto no es ciencia ficción. Por cierto, ¿A qué temperatura arde el papel de los libros?







sábado, 2 de marzo de 2013

El grupo de Bloomsbury: Cincuenta sombras de Grey o cómo fustigarse a uno mismo


Con esta entrada quiero empezar una serie de crítica literaria en el blog (El grupo de Bloomsbury), en parte para animaros a leer, aunque también para animaros a no hacerlo, como en el caso de la novela que voy a destripar a continuación.

Estaba yo aburrida una tarde durante mis últimas vacaciones, apoltronada en el sofá de mi amiga Sonia, cuando ésta aparece por la puerta con un ladrillo en las manos. Perdón, con un libro. El libro en cuestión es un mamotreto de más de quinientas páginas y muestra una vanidosa pegatina en la portada, que lee lo siguiente: "Sí, esta es la trilogía de la que habla todo el mundo". En primer lugar, me asusta conocer que es una trilogía. No, no tiene nada que ver con la extensión de la novela, las he leído mucho más largas. El problema es que, si la primera parte de la susodicha trilogía es mala (que lo es) pero adictiva (que también lo es), tiene una la obligación moral de leer, no una mierda, sino tres. En segundo lugar, quiero dejar claro que he leído muchos best-sellers (la mayoría muy malos), así que trato de no juzgar las cosas sin conocerlas (lo que no implica que lo consiga siempre). Por otra parte, leer en la contraportada la biografía de la autora, una señora casada y con hijos que "...postergó sus sueños para dedicarse a su familia..." me produce escalofríos. Con todo, abro el libro cuando Sonia se marcha de vuelta al trabajo. No puede ser tan malo como parece... ¿O sí?

La protagonista de la novela es una tal Anastasia, una joven de veintiún años, recién licenciada en... ¡literatura! Pongo esto entre signos de admiración porque luego la muy desgraciada se atreve a decir que su novela preferida es Tess, la de los d'Uberville: una mujer pura fielmente presentada (Tess of the d'Urbervilles: A Pure Woman Faithfully Presented), dramón infumable donde los haya, escrito por Thomas Hardy. En fin, la pobre Anastasia, que ya de por sí es más bien sosa, es, además, virgen (luego descubrirá que es multiorgásmica y que se corre con un soplido). Al parecer llevaba toda la vida reservándose para acabar follando duro con un millonario prepotente, engreído e insustancial que disfruta del sado con mujeres a medio depilar.

El señor Christian Grey es, en mi humilde opinión, el personaje masculino más insorportable que jamás haya sido creado para una novela (superando a Heathcliff, de Cumbres borrascosas, escrito por Emily Brontë). La pobre Anastasia, que no deja de decirnos lo buenísimo que está, cae rendida a sus pies, literalmente. Es guapo, multimillonario y solidario (sí, ya sé que los dos últimos adjetivos son un tanto incompatibles). El pobre señor Grey tiene traumas de los que no desea hablar (algo relacionado con una madre yonki, puta y maltratadora... ¡Qué original!). Eso sí, con cuatro años fue adoptado por una familia bien (la cual, por cierto, no pudo proteger a su chiquitín de acabar desvirgado y fustigado por una dominatrix mucho mayor que él). Y yo me pregunto... ¿Le ha dado tiempo a este hombre a traumatizarse tanto en cuatro años? 

Por si este ejemplar de macho fuese poco, resulta que tiene un helicóptero, un jet y una "habitación roja del dolor" en la que fustiga a sus sumisas en todo el clítoris ¡Zasca! Siempre he querido que un millonario gilipollas me pegase un latigazo en el clítoris, en realidad, es el sueño de toda mujer con dos dedos de frente. Aunque esto no es malo en comparación con la retahíla de órdenes que la pobre muchacha tiene que atender: "siéntate", "come", "no te muevas", "arrodíllate", "tómate un ibuprofeno"... Yo siempre lamento no dominar el arte de escribir buenos diálogos (soy demasiado prosaica), pero lo de la señora E. L. James roza la ilegalidad. Hacía muchos años que no leía una novela tan mal escrita y con unos personajes tan mal desarrollados. Literariamente, y digo esto desde el punto de vista de una simple filóloga y aprendiz de escritora que, eso sí, ha leído mucho, esta novela es un despropósito.

Sin embargo, resulta que este bodrio de proporciones homéricas... engancha. También enganchan Jersey Shore y reventarse los granos y ello no implica que ninguna de estas cosas sea buena. Toda esa prosa facilona y esos diálogos a medio terminar se digieren demasiado fácilmente. Por ilustrar esto, diré que, cuando Sonia volvió a casa, tres horas más tarde, habían caído más de doscientas páginas.

Una de las cosas que de más mala leche me ha puesto con respecto a este libro es el contrato que el señor Grey redacta para que Anastasia lo firme y sea suya. El contrato pasa de ser una condición imprescindible para tener sexo con ella (con normas de lo más ridículas) a convertirse en un montón de papeles que ambos protagonistas se pasan por el forro. Por cierto, cuatro veces inserta la autora el contrato en la novela, debió pensar que era corta y que así cobraría más. 

Por último, si sois personas con una vida sexual más o menos sana y variada, encontraréis que algunas de las supuestas perversiones que esta novela relata son más bien leche con galletas. Tanto cuero, arneses, grilletes y demás para acabar follando, la mayoría de las veces, como el común de los mortales. Si vuestra vida sexual es, en cambio, anodina o inexistente, quizá lo disfrutéis. En mi caso, podéis ver cuantísimo me ha gustado. Pero, en fin, como la puñetera novela es la primera parte de una trilogía, me veo leyendo lo que queda. Ya os contaré, al fin y al cabo, "Estamos para complacer".




viernes, 1 de marzo de 2013

Naranjas de la China: Fin de año en Zhengzhou

Ya sé que esta entrada llega un poco tarde (dos meses tarde, para ser exactos), pero digamos que estas últimas semanas he estado muy ocupada (de vacaciones en España). Bien, permitidme que regrese, sin máquina del tiempo, a diciembre de 2012. Tras una visita fugaz pero intensa a Beijing, mis amigos Víctor y Mili, un matrimonio de canarios que trabajan en la universidad, me esperaban en Zhengzhou, capital de la provincia de Henan, en el centro del país, para celebrar con ellos el fin de año.

Para desplazarme de Beijing a Zhengzhou, el 31 de diciembre tomé un tren de alta velocidad en la estación norte de la capital china, que, para que os hagáis una idea, es mucho mayor que muchos aeropuertos de tamaño medio. Los accesos a la estación son numerosos y están increíblemente custodiados por las fuerzas de seguridad chinas. Como en otros lugares del país, como el metro, por ejemplo, acceder a las estaciones de tren en China implica mostrar el billete unas cuantas veces antes de subir al vagón, permitir que escaneen tu equipaje y pasar bajo el arco detector de metales. Exactamente igual que en un aeropuerto convencional.

Desde la entrada principal hasta la puerta de embarque tardé unos veinte minutos caminando con mi pequeña maleta. Por suerte, los letreros estaban en inglés, además de en mandarín. Además, como soy una mujer previsora (bueno no lo soy, pero en esta ocasión lo fui), ya había comprado mi billete en Wuwei la semana anterior. Creedme, no queréis hacer cola en la taquilla de una estación en China.

El viaje en tren fue una maravilla. No sólo fue rapidísimo (la velocidad media durante el trayecto osciló los 400 kilómetros por hora), sino que además era muy cómodo y limpio. Cierto es que pagué por el billete más caro, en primera clase, que me costó alrededor de treinta euros al cambio. A mi lado se sentó una señora china de unos sesenta y tantos, a la que saludé como pude haciendo uso de mi horrible mandarín. La señora me sonrió y contestó en un inglés impecable. Conversamos durante un rato y me explicó que hablaba muy bien esa lengua porque su hija vivía en Perth (Australia) y la visitaba a menudo. Al cabo de un rato, me puse los auriculares y me dormí. Al despertar, mi improvisada compañera de viaje me había comprado una botella de agua y unas galletas. Adorable la hospitalidad de algunos chinos. Mi tren recorrió más de seiscientos kilómetros en una hora y media aproximadamente. 

Al llegar a la estación este de Zhengzhou, llamé a Víctor, que se suponía debía esperarme. Me dijo que saliese por la salida este, que, casualmente, no existía aún, pues la estaban construyendo. Al comentárselo a Víctor, se extrañó y me dijo que saliese por otra parte y le diese alguna referencia para venir a buscarme. Salí por la entrada principal, donde se leía, en letras enormes, Zhengzhou East Railway Station (Estación este de Zhengzhou). Le dije a Víctor que había una explanada y que a lo lejos se veían edificios en construcción. La estación parecía muy nueva y en los alrededores no había gran cosa. Esperé. Seguí esperando. Allí no aparecía nadie y empezaba a hacerse de noche. La noche de fin de año y yo en medio de una explanada quién sabe dónde. Víctor llamó y me dijo que él se encontraba en la entrada principal de la estación y que no me veía. Yo no entendía nada. No lo veía ni a él ni a su amigo Marco, un mexicano afincado en Zhengzhou, que también había salido a buscarme. Finalmente, dimos con la clave. En Zhengzhou hay dos estaciones de tren. Aunque yo había dicho a Víctor que llegaría a la estación este, él no sabía de su existencia por ser una estación de construcción reciente. El malentendido me costó un par de horas pasando frío. Por si fuese poco, me encontraba bastante lejos de su casa, y bastante lejos, en China, significa, a tomar por culo.

Cogí un taxi para ir a casa de Víctor y Mili. Ésta fue la peor parte. Había un tráfico horroroso. Quizás penséis que esto es normal en China, y no os equivocáis. Sin embargo, de las siete ciudades de China que he visitado, Zhengzhou es la que tiene el tráfico más horroroso. Tardé otras dos horas en llegar, el taxi apenas se podía mover. Los taxis en China son baratos y aún así me costó un buen pellizco. Cuando llegué era casi la hora de cenar, así que no tuve tiempo ni de ducharme ni de cambiarme de ropa. Salí a cenar con lo puesto, sin lavarme el pelo y sin maquillar. Sobra decir que los demás iban bien arregladitos.

Fuimos a cenar con Marco y otros amigos, todos expatriados en China, a un restaurante en el centro. Cenamos "hot pot", una especie de cocido chino. En el centro de la mesa está incrustada la olla, en la que hierven las sopas. Los camareros traen carne, fideos (los fideos los estiran en el aire haciendo acrobacias), verduras y otros ingredientes para echarlos en la sopa. Es de las mejores cosas que he comido en China, y apetece mucho en días fríos como aquél. Sin embargo, lo mejor de la cena fue ser testigo del "amor" nacido entre Víctor y una joven camarera china. Lo pasamos muy bien, a pesar de estar tan lejos de casa en una noche tan especial y a pesar de no comer uvas. Como recuerdo, afané unos delantales que prestan en el restaurante para que no te manches la ropa. Después de cenar, fuimos a tomar unas copas y a bailar a uno de esos locales chinos de los que os he hablado en otras entradas de esta serie del blog. Sin ser la fiesta más fabulosa de mi existencia, la recuerdo con cariño y como una experiencia vital muy interesante.

El día de año nuevo, fui a comer con Víctor y Mili a un centro comercial (como me gustaría uno así en Wuwei...) y, como recuerdo, afané unas tazas. Pasé un par de días más en la ciudad, que, sin ofrecer demasiadas cosas interesantes, es un sitio bastante agradable (a pesar del tráfico). No creo haber cogido más autobuses interurbanos en la vida, eso sí.

En general, fueron unos días agradables y agradecí haber pasado la nochevieja con amigos, y hablando español. Víctor y Mili se portaron maravillosamente conmigo, me acogieron esos días en su pequeño piso, me llevaron de paseo por la ciudad y estuvieron muy pendientes de mí. Desde aquí se lo agradezco enormemente.














viernes, 15 de febrero de 2013

Breve reflexión sobre el amor


Afrodita (Ἀφροδίτη) o Venus nació de una almeja. Vamos, igual que tú y que yo. Además, esa almeja que no es sino una representación de la diosa Gea (la Tierra), fue simbólicamente concebida por los castrados genitales del dios Urano (el Cielo). Resumiendo, esa diosa que en el cuadro de Boticelli se tapa un pecho y su propia almeja con un pelazo rojo que ni Vicky el Vikingo nació de una manera bastante natural dentro de lo que cabe, y esto es bastante surrealista cuando de por medio hay mitología griega. El caso es que Afrodita fue creada por y para el amor, y aún así, acabó casada con Hefesto, un dios herrero y jorobado que era algo así como el saldo del Olimpo. Lo que pasa es que Afrodita tonta, lo que se dice tonta, pues no era. Así que le echó el ojo a Ares (o Marte), dios de la guerra, que se ve que le daba la caña que toda diosa precisa. 

En algunos mitos, Eros (Cupido) era hijo de Afrodita y Ares, de ahí que el pequeño arquero  encarne dos versiones distintas aunque compatibles del amor: la romántica (en el siglo XXI son las rosas rojas, los bombones y demás), que le viene por parte de madre, y la pasional (la atracción física, el sexo y el impulso), por parte de padre. Eros estaba enfrentado con Psique (la razón, la mente), porque el amor, como bien sabemos, es cosa de idiotas. Pero es tan bonito...

El caso es que, en una época en la que todos parecen expertos en separar a Afrodita de Ares, al amor romántico del sexual, pues todavía hay quien da una oportunidad a la maravillosa combinación de factores. Y no, no culpemos de esto a los centros comerciales, ellos solamente sacan provecho de algo que está ahí, en el aire, en épocas de crisis como la que vivimos, en la guerra, en el coche, en el cine.... Huy, que me desvío...

En fin, que améis, amad mucho, a quien merezca vuestro amor, eso sí. Y follad mucho también, con y sin amor, aunque preferentemente de esta última manera. Y si os toca lidiar con algún Hefesto, pues sabed que hay Ares por doquier.




jueves, 17 de enero de 2013

Cosas del Whatsapp


Año 1998. Debo llamar a casa y avisar a mi madre de que "me quedo a dormir en casa de una amiga". Busco una cabina de teléfono, de esas de color azul y verde, con paneles laterales de cristal. Las que tenían puerta de acordeón ya escasean. Deslizo una moneda de veinte duros por la ranura. Al terminar la conversación, sobran sesenta y ocho pesetas pero, por alguna razón, la puta cabina decide que son suyas.

Año 2000. Mi novio y yo hemos quedado en la entrada del cine pero aún no ha llegado. Como soy la persona más impaciente del mundo, saco del bolso mi teléfono móvil, un Alcatel que pesa siete kilos y medio, con una pantalla minúscula en blanco y negro. Es un arma de destrucción masiva. Hay que pulsar tres veces la misma tecla para escribir la puta eñe. Envío un SMS (mensaje de texto) que me cuesta veintiséis pesetas. Mi novio se pasa el mensaje por el forro de los... y llega media hora tarde.

Año 2003. Estoy buscando empleo. Encuentro una oferta para trabajar de dependienta en una tienda oscura y deprimente que huele a vino añejo. Hay un número de teléfono. Alcanzo mi Nokia de color fúcsia, tiene una antena que seguro envía mensajes al espacio exterior. Llamo para concertar una entrevista. Dos minutos y medio de conversación me cuestan doscientas treinta y dos pesetas... perdón, ya no hay pesetas, nos la han metido doblada. La llamada me cuesta dos euros.

Año 2005. Mi Motorola es tan pequeño que tengo que pulsar las teclas con un boli. Puedo elegir entre trescientos tonos polifónicos.

Año 2008. Mi nuevo Motorola es plegable y hace fotos, pero las llamadas y los SMSs siguen costando un riñón y medio.

Año 2010. Mi LG es rosa y tiene una pantalla táctil que hace que la batería dure menos que un polvo con mi novio.  Conectarme a internet desde el móvil me cuesta una tarde entera explicando las declinaciones latinas.

Año 2012. Por primera vez, cambiar de teléfono móvil no me cuesta dinero. Descubro que, por veinte euros al mes, puedo meter mano a mi Samsung todo lo que me apetezca. Descubro que puedo hacer de Facebook una extensión de mi cuerpo. Descubro que la gente puede tocarte los ovarios a las tres de la madrugada gracias al WhatsApp, y que yo puedo hacer lo mismo. Ya no hace falta condensar la vida en un SMS. Puedo malgastar un mensaje escribiendo "Jajajaja", "Ah, ¿si?", "Holaaaaa" o ":)".

He descubierto que no todo el mundo ríe igual en el WhatsApp. Hay gente que escribe "Jijijiji" (mentes débiles), "Muahahaha" (van de malos), "Jojojojo" (¿Santa Claus?), "jurjurjur" (solamente conozco a una persona que hace esto, la verdad). La gente es rara, pero la aplicación se las trae. ¿Alguien ha usado alguna vez el icono de la pila verde, el de la corneta o el del busca? Además, eso de saber cuándo alguien ha visto tu último mensaje y ver que no te contesta... 

Ahora que WhatsApp será de pago, alguna otra aplicación ocupará su lugar y, del mismo modo que nadie echa de menos las cabinas de teléfono, los SMSs o los móviles del jurásico, nadie lo añorará. Por cierto, estamos en 2013, mi HTC es chino, necesita ayuda para desbloquear Facebook (la ayuda cuesta seis euros al mes) y tiene una pantalla enorme que me permite usar Skype en las mejores condiciones. La batería dura lo que la vida de una mosca de la fruta. Lo miro cada cinco minutos a ver si tengo un mensaje de WhatsApp tuyo.



domingo, 13 de enero de 2013

A fistful of well-known feelings


I would like to say it has been a long time, 
but it hasn't. 
The same flavours fill my senses, 
only they come 
from a different source. 

I still remember you, 
sleeping in my bed, next to me. 
I couldn't sleep,
I couldn't believe 
you had just made love to me, 
so intensely, 
so close together, 
you were breathing in my face. 

If I close my eyes, 
I can still see you
and hear you. 
I remember how you asked me to come closer
so that you could hold me in your arms, 
in the middle of the night, 
half asleep.

I can still smell you, 
I remember the taste of your neck, 
your ears and your shoulders. 
You made me fall, I was so into you... 
but you were mean, 
cruel to me. 

You destroyed my hope, played me, used me... 
Sometimes I try to understand 
how could someone like you 
treat me like that. 
You were my worst bet. 

However, I know that was a karmic punishment.
I played the same game with someone else, 
someone who loved me 
despite my selfishness. 
You cheated me 
just like I cheated him. 

I beg the universe for forgiveness. 
I also hope karma will ask you to pay for your debts... 
I loved you. 
Maybe I still do. 
I hate you.

Goodbye.