Los días a bordo del Halley II transcurrieron con asombrosa rapidez gracias a las comodidades a bordo. Por otra parte, la compañía en el crucero tuvo también un importante mérito al respecto. La simple presencia de Tya en la nave era suficiente premio para mis ojos, que la buscaban allá donde mis pies me llevasen, aún sabiendo que gran parte del tiempo se lo pasaba en el puente de mando cumpliendo oficiosamente con su deber. Sin embargo, sabía que era fácil encontrarla en el bar a última hora, así que yo no faltaba nunca a nuestros casuales encuentros. Me interesaba todo lo que ella pudiese explicarme: qué la había traído al Halley II, qué había hecho anteriormente y, sobretodo, cualquier detalle que ella quisiera exponer acerca de su vida íntima. Generalmente, yo no hacía demasiadas preguntas. Bebíamos y comenzábamos a charlar naturalmente sobre cuestiones banales del día a día. Con su segunda o tercera copa, Tya solía dejarse llevar y hablábamos de temas menos intrascendentes.
Me explicó que, años atrás, antes de la Cuarta Guerra, había estado casada
con un compañero de su misma nave de combate, la Sphera. Al parecer la cosa no
funcionó y con la firma de la paz acabó la guerra y también su matrimonio.
-Y por eso ahora
no quiero saber nada de hombres, no te ofendas. – Decía con
indiferencia.
-Te entiendo
perfectamente. Yo tampoco quiero saber nada de hombres, la verdad. – Contesté.
- Qué gracioso… Es
que las relaciones lo hacen todo tan complicado… al fin y al cabo todo se
reduce al sexo, ¿no? ¿Por qué disfrazar las cosas con artificios como el
matrimonio, el amor, la convivencia…?
No quería meter la pata al darle la réplica, con las mujeres nunca se sabe.
Pueden parecer muy liberales y pedirte un anillo de compromiso a los pocos
meses de conocerte. Podía ser directo, ir al grano como estaba haciendo ella,
pero temía que un exceso de confianza por mi parte se convirtiese en un carro
de calabazas. Intenté ser sincero sin sonar ansioso u oportunista y traté de
contestar con humor.
-
Bueno, supongo
que el sexo es más divertido si lo hacemos más inaccesible mediante la
imposición de ciertas convenciones culturales y sociales. Aunque sí, no estaría
mal volver al clásico garrotazo en la cabeza.
Se rió exageradamente mostrando una hilera de dientes blancos y echando su
cabellera hacia atrás. Yo la miré y reí también. Aquellos momentos no tenían
precio, eran lo único que me permitía olvidar que en realidad estaba allí
condenado al destierro de Cuatro en misión absurda. Desde luego lo de mi
cometido en Marte parecía sacado del guión de alguna película mala. Tya nunca
me preguntó al respecto, aunque yo suponía que se moría de ganas de hacerlo,
pero por la razón que fuese no lo debió creer conveniente. De todos modos,
tampoco habría podido explicarle gran cosa.
La noche de nuestra tercera cita improvisada nos acostamos. Los dos habíamos bebido más
licor de la cuenta, eso es cierto. Pero tanto ella como yo sabíamos que no era
la bebida lo que nos había conducido hasta allí, el alcohol era sólo el
pretexto. Salimos del bar hacia mi cabina sin disimulo alguno, con hambre en
los ojos y ansia en las manos. Al entrar en el camarote nos besamos
fogosamente. Enredamos nuestras lenguas y nos fundimos en un apasionado abrazo.
Ella, que parecía aún más excitada que yo, casi me arrancó la ropa a tirones.
Lo hicimos en la mesa, en el suelo, en el baño y, por supuesto, en mi
maravillosa cama auténtica. Luego dormimos abrazados hasta el día siguiente.
Las noches que siguieron a aquella fueron tan calientes o más. Desde luego
puede decirse que aprovechamos al máximo el tiempo en el crucero. Sin embargo,
los días pertenecían a Holbein. El comandante era un gran aficionado al cubo-6,
como pude comprobar durante esa semana larga, y un profesional de las apuestas,
como comprobaron los fondos de Mendes en mi poder. Las canchas para la práctica
del cubo-6 se caracterizaban, como bien indica su nombre, por ser cúbicas. Las
medidas del cubo podían variar en función del espacio del que se dispusiese o
del nivel de profesionalidad de los participantes. Cuanto más expertos, más
grande era el cubo en el que se jugaba. Las reglas del juego eran sencillas.
Cada cara del cubo había sido horadada en su parte central. El objetivo era
colar la bola en los agujeros rebotando en las paredes con la ayuda del traje
de cancha, obteniendo una mayor puntuación si se conseguía anotar en el lado
seis del cubo, que era el que quedaba en la parte superior interna del mismo,
la más inaccesible. El jugador que defendía debía impedir la anotación de
puntos por parte del que atacaba, mediante el uso de una pistola paralizadora.
La pistola congelaba los movimientos del contrincante si al dispararla se
acertaba en las dianas, que se encontraban en ciertos puntos del traje de
cancha, esto es: cabeza, espalda, mano derecha y pie izquierdo. La
inmovilización duraba unos segundos, que uno debía aprovechar para hacerse con
la bola para volver a empezar.
Pasamos tardes enteras dándole al cubo-6 y apostando como posesos. Verner,
como acabé llamándole a pesar de los protocolos, era un cachondo. No había visto en mi vida a
alguien que se escaquease más de sus tareas que él, y eso que yo no era
precisamente un modelo a seguir en cuanto a responsabilidad y entrega
profesional. Supongo que ya que había dado gran parte de su vida al ejército de
Europa Uno y sus aliados, el comandante se tomaba aquel tiempo en el Halley II
como una especie de retiro. No era lo mismo transportar civiles en vacaciones a
complejos turísticos de Cuatro que luchar contra las fuerzas de Asia Uno y Dos viendo
morir a tus soldados cada día. Además, dado que la tripulación era numerosa y
competente, su labor se reducía básicamente a la supervisión. Yo, por mi parte,
estaba encantado con la faceta más ociosa de mi amigo Holbein.
Una tarde, después de una larga partida que ganó Verner por más de veinte
puntos, me preguntó:
- ¿Qué demonios
hace en el Halley II un simple agente turístico, un don nadie como tú? ¿Te da
el sueldo para alojarte en el Bradbury? Porque si es así puede que deje esta
mierda de trabajo y me vaya a Delhi a despachar reservas…
-
Bueno, es que si
te cuento la verdad de por qué estoy aquí no vas a creerla, viejo tahúr.
- Teniendo en
cuenta todo lo que he visto, no me considero a mí mismo un escéptico.
- No quise tirarme a la mujer del jefe. Bueno, sí
quise, pero no me la tiré.
- ¿A Simona? ¿Esa
bruja de pechos descomunales? Pues serás el único que no se la ha beneficiado,
tiene un currículum que da miedo. ¿No serás… ya sabes?
- No. Lo que soy
es idiota. Por querer conservar un empleo que no me da ni para una cama.
Verner se rió sin pudor en mi propia cara. Se estaba descojonando de risa,
el tío. Al principio me molestó. Luego me contagió y me eché a reír yo también.
Cuando se tranquilizó un poco, me hizo más preguntas.
- Oye, ¿y por eso
estás aquí de vacaciones? Dime la verdad, ¿a qué cojones vas a Cuatro?
- No puedo
contártelo, es una misión secreta.
Holbein volvió a reírse, se lo estaba tomando a broma.
- No, en serio.
-
Ya te lo he
dicho, es secreto. Así que no insistas, viejo chiflado, no pienso contarte nada. – Dije
molesto. - Y se acabó lo de apostar, no
voy a ser yo quien te pague la jubilación.
- Bueno, bueno.
Desde luego, qué mal perder tienes… ¡y eso que ni siquiera es tu dinero!
-
¿Quién lo dice?
-
Lo dice tu cara
de individuo de clase media que duerme en un diván.
Mientras seguía riéndose de mí, cogí las cosas y fui a mi cabina a
ducharme. Podía ser un jodido viejo insoportable si se lo proponía.
El penúltimo día de mi viaje a bordo del Halley II, mi estómago estuvo a
punto de matarme de dolor. En casa solía sufrir cólicos estomacales muy
dolorosos. Comenzaban con leves molestias y falta de apetito, pero luego esas
molestias se incrementaban progresivamente hasta convertirse en un dolor agudo,
intenso, casi insoportable, en la misma boca del estómago. Uno se sentía como
si alguien le hubiese clavado una daga o algo así. De nada servía sentarse o
tumbarse, eso sólo lo empeoraba. Y por si el dolor por sí mismo fuese poco, la
duración del mismo podía llegar a alargarse hasta un día entero.
Al levantar de la cama empecé a notar esas familiares molestias y pensé que
sería mejor acudir a la enfermería antes de que el dolor fuese insoportable. Me
despedí de Tya, me vestí y activé en la tarjeta el código ocho-cuatro-dos.
Seguí las luces que me guiaban por los pasillos hasta llegar a mi destino. El
trayecto se hizo eterno. Al llegar, golpeé la compuerta y una mujer joven abrió.
Vestía una inconfundible bata blanca y gesto apático. Me hizo pasar, se sentó
tras un mostrador blanco y dijo:
- Usted dirá.
-
Necesito algo
para el estómago.- Contesté.
- El doctor le
atenderá enseguida. Espere aquí.
La enfermera desapareció dejándome solo con mi malestar, que crecía con
cada minuto que pasaba. Coloqué mi mano derecha bajo el pecho, aunque sabía que
eso de nada serviría, pues mi viejo mal y yo nos conocíamos desde hacía ya
bastante tiempo y sabía que éste era un jodido cabrón que me haría la vida
imposible durante las siguientes doce horas o más. Intenté distraer mis
pensamientos del dolor. Las paredes de la enfermería habían sido pintadas de
rosa, supongo que para hacer sentir mejor a los pacientes. Apuesto a que en una
nave de guerra como la Sphera la enfermería sería mucho menos acogedora. Frente
a mí había sentada una señora mayor acompañada de su marido. La mujer tosía
gravemente mientras su santo esposo le sujetaba la mano. Me pregunté si yo
sujetaría algún día la mano de alguien cuando fuese un anciano. Una punzada
cruel me atravesó el pecho hasta la espalda y me hizo gemir de dolor.
- Señora García,
ya puede pasar.- dijo la enfermera.
La señora García y su marido entraron en la consulta del doctor y me quedé
solo en la sala. Observé que allí había espacio para una docena de enfermos, a
lo sumo. Claro que en un crucero de lujo no es de esperar que los pasajeros
enfermen gravemente. Imaginé que el doctor apenas trataría resfriados y mareos
puntuales en aquella nave de gente bien. Por descontado que no vería los
piojos, los tumores o los eccemas que solía ver yo en la consulta de la doctora
Kaur en Delhi.
Pasé media hora toreando el malestar como buenamente pude. El doctor Ivanov
despidió a los García con gesto indiferente y me hizo un gesto para que entrase
en su consulta. Me levanté de mi asiento en la sala de espera y le seguí
mientras escuchaba la ronca tos de aquella anciana. Parecía que fuese a
desarmarse cada vez que tosía. El médico se sentó en su escritorio y, sin
levantar la vista, me preguntó qué me sucedía.
- Desde hace mucho
tiempo sufro cólicos estomacales agudos. Suelo tomar Espastopina, pero olvidé
incluirla en mi equipaje.
- No disponemos de
esa medicación a bordo.- dijo con seriedad.
- Bueno, pues déme
algo que se le parezca, no puedo aguantar este dolor.
-
Le daré lo que
deba darle. Siéntese en la camilla, por favor.
No creí conveniente contradecir su petición, sobretodo teniendo en cuenta
que aquel tipo debía medir más de metro noventa y que seguramente habría sido
médico en alguna nave militar tiempo atrás, como casi todos los demás miembros
de la tripulación del Halley II.
Me examinó minuciosamente, me tomó la tensión y estudió mis pulsaciones.
Luego, y sin haber dicho una sola palabra durante todo el proceso, me hizo un
gesto para que me levantase de la camilla y me sentase de nuevo frente a su escritorio.
- Le daré algo
parecido a su medicación habitual, sólo que algo más fuerte. Tome una al día
durante tres días seguidos. Puede irse.
Dijo esto a la vez que me extendía un pequeño botecito con tres píldoras
amarillas. Pensé que la ausente simpatía del doctor Ivanov no se correspondía
con la clase de trato que uno espera recibir en un crucero de lujo. Salí de la
consulta, activé la tarjeta y me dirigí a mi cabina. El dolor crecía y se
volvía más agudo con el paso de los minutos. Mi cabeza sólo podía pensar en la
jodida boca de mi estómago de bebedor y aficionado al picante. La compuerta
estaba abierta. En un principio no me extrañé, pues aquellos descuidos eran
habituales en mi persona. Alguna que otra vez incluso me había dejado la puerta
del departamento en Delhi abierta todo el día. Claro que no había mucho que
llevarse de aquella cueva. Luego recordé que la compuerta de la cabina tenía un
sistema de cierre automático que hacía imposible que quedase abierta tanto si
uno estaba fuera como dentro de la misma. No era un sistema pensado para evitar
hurtos a bordo, pues los pasajeros de aquella nave tenían más de lo que
pudieran necesitar y todo lo que pudieran desear. Se trataba de una medida de
seguridad que descartaba la posibilidad de despresurización de la nave si había
algún problema dentro del camarote.
Entré con cautela, aún con mi mano colocada bajo el pecho, en un intento
absurdo de aplacar el creciente malestar. Entonces vi a Verner de espaldas, de
pie, ojeando con detenimiento los documentos que Mendes me había hecho llegar
por medio del hombre del traje gris. No pareció darse cuenta de que yo estaba
allí, observándole, en parte estupefacto, en parte cabreado. Nunca me habían
gustado demasiado los curiosos. Además, ¿qué cojones le importaban a Holbein
esos papeles? Ni siquiera a mí me importaban demasiado.
Justo en el momento en que pensaba preguntárselo, se giró sin mostrar un
ápice de sorpresa, sin intentar disimular que estaba curioseando entre mis
cosas, como si eso fuese lo más normal del mundo. Su cara expresó el gesto
condescendiente y a la vez reprobatorio del padre que un día descubre las
revistas porno de su hijo adolescente bajo el colchón. Me miró como si esperase
que yo le sorprendiese allí, con las manos en la masa. Esbozó una sonrisa y
dijo:
- ¿Qué tal ese
dolor suyo? Seguro que Ivanov le ha examinado de arriba abajo para luego
inflarle a pastillas…
-
¿Qué hace aquí? – Le interrumpí
secamente.
-
La compuerta
estaba abierta y entré a comprobar si había alguien.
- La compuerta se
cierra sola, usted lo sabe mejor que nadie.
-
Quizás se haya
estropeado el sistema de cierre. Enviaré un s-lav para que lo repare.
-
No parece
estropeado. – Dije, haciendo uso del mismo.
Mi tono de voz empezaba a sonar desagradable, de veras me molestaba que se
hubiese atrevido a entrar allí sin permiso, que hubiese osado a leer unos
documentos que eran secretos, que hubiese tenido el valor de mentir y hacer ver
que no pasaba nada. En aquel instante, el Verner Holbein que había conocido
días antes, el que me había vaciado los bolsillos muchas tardes jugando partidas
eternas de Cubo-6, se transformó ante mis ojos en el comandante borrachuzo,
mentiroso e incompetente que supongo había sido desde el principio.
- No te enfades
hombre, acabo de entrar y he visto todo esto sobre el escritorio. No he podido
evitar echar una ojeada. Soy un ser humano ¿sabes? Pero ya me marcho, te dejo
con tus pastillas. – Hizo una breve pausa mientras yo seguía mirándole con
incredulidad - Si esta tarde te encuentras mejor, quizá quieras echar una última
partida. Estaré en la cancha nueve antes de las cinco y media, como siempre.
No quise contestarle. Tampoco es que supiese qué decirle, la verdad. Él
esperó un segundo mi respuesta y, viendo que no llegaría, salió de la cabina
como si nada. Me quedé allí parado unos minutos, intentando asimilar lo sucedido sin llegar a
entenderlo del todo. No es que me importase mucho que hubiese leído aquella
mierda de documentos, lo que me había molestado era que hubiese aprovechado mi
corta ausencia de la cabina para entrar a fisgonear en el único espacio
pseudo-privado de que yo disponía a bordo del crucero.
Mi estómago dio una fuerte sacudida y me retorcí. Abrí el frasco que
acababa de darme Ivanov y tomé la primera de las tres píldoras amarillas,
esperando que su efecto fuese rápido. Luego me acosté y soñé que Holbein era el
rey de los marcianos.