sábado, 8 de marzo de 2014

Naranjas de la China: Yangzhou




Debería haber publicado esta entrada hace ya tiempo, pero como soy un desastre pues la he ido apartando hasta hoy. No porque Yangzhou no sea una ciudad bonita -que lo es- sino porque mi estancia en la ciudad fue muy corta -una visita exprés de reconocimiento- y pocos días después partí para Hong Kong y ya se me nublaron los sentidos.

Yangzhou es una ciudad histórica de la provincia de Jiangsu, y queda relativamente cerca de Tianchang, a tan sólo una hora de carretera. Tenía curiosidad por conocer esta ciudad al norte del Yangtsé, que fue capital del sur de China durante la segunda dinastía Sui. Así pues, tomé un autobús desde Tianchang por la mañana temprano y, en aproximadamente una hora, estaba en Yangzhou.

El día era claro, pero hacía un frío tremendo, lo que es normal en esta zona de China en pleno enero. Después de registrarme en el hotel, camino hasta el Lago Estrecho del Oeste, una de las razones por las que he venido. El lago es famoso por sus parques, kioscos, puentes y su pequeña pagoda blanca. La entrada es carísima -120 yuans, unos 15 euros- sobretodo en comparación con los precios para entrar en la Ciudad Prohibida de Beijing o para acceder a la Gran Muralla, que no pasan de los 45 yuans.

No había mucha gente en el lago, en parte por ser un día laborable, así que pude pasear con tranquilidad y recorrerlo de punta a punta. Tomé fotos de las barcas, los patos y el famoso puente de mármol. Luego me acerqué a la Pagoda Blanca, pequeña pero hermosa, junto a la cual hay un minúsculo templo del que salen cánticos budistas.





Ver el lago por completo te lleva una mañana entera, así que, al salir, fui a comer arroz a un restaurante muy cerca del mismo. Para los que no vayáis mucho a restaurantes chinos, os informo de que el famoso arroz frito Yangzhou no se llama así por ser el plato típico de esta ciudad, aunque hayan tratado de apropiarse la receta, que es cantonesa. A diferencia del arroz frito tres delicias, el de Yangzhou tiene un color más oscuro porque lleva salsa de soja.

Después de comer, di un paseo por el centro de la ciudad, limpia y ordenada. Luego me acerqué a lo que ellos llaman Times Square, que viene a ser un centro comercial chino. En China hay tres tipos de centros comerciales: los que parecen más bien mercados desordenados y caóticos, con muchas pequeñas tiendas chinas; los centros comerciales chinos al estilo El Corte Inglés y los centros comerciales de estilo occidental, que acogen Starbucks, Zara y similares.Este lugar en concreto era del segundo tipo, aunque en las plantas subterráneas esconde un mercadillo de productos de imitación en el que podéis perder el tiempo regateando.



Por la noche, cené en la calle. Compré unas brochetas y algo de fruta. El frío era bastante intenso, así que volví pronto al hotel. A la mañana siguiente y después de realizar algunas compras, regresé a Tianchang en el autobús. La corta visita resultó agradable y de gran utilidad. Siempre va bien saber que a poca distancia hay una ciudad bastante bonita y con algo de vida occidental. Sin duda volveré a Yangzhou, la próxima vez, a inspeccionar la noche, ¡pero habrá que esperar a que pase este largo invierno!

Mujeres




 Mientras tiende la ropa, miro desde la sillita de la terraza. Veo como el sol se escurre entre las sábanas y sus manos ajadas, y la escucho cantar. Tararea alguna de esas canciones con regusto de otros tiempos, de cuando era joven.

Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero ella sabe que es mentira. Lo sabe porque nació en una España pobre y campesina, porque vivió cuarenta años de represión en un país dividido tras la guerra, porque pasó hambre, porque perdió hijos por el camino. Así no hay quien convenza a María de que deje entrar la melancolía. ¿Para qué? Ella que ha parido bajo un olivo en Jaén, mientras recogía aceitunas estando embarazada de casi nueve meses sabe que sus nietas nunca tendrán que pasar por lo mismo.

La vida ahora es distinta. Su hija trabaja tantas horas como su yerno, y además lleva la casa. Porque por muy distinta que sea la vida, algunas cosas cuesta cambiarlas. Antes los hombres no hacían nada en casa, ahora "ayudan", o de eso se jactan las más progresistas.

Su hija tiene carácter, tiene ese temperamento español que a veces da hasta miedo. Con la mirada oscura y protectora de las madres mediterráneas, ella lleva su casa con amor y disciplina. Ha tenido suerte en la vida, no podría haber escogido marido mejor que el que tiene. Algunas de sus amigas saben lo que es que te levanten la mano un día tras otro y al mismo tiempo recibir el desdén de la sociedad. Otras no tienen que vivir esa desgracia diaria, pero saben de los escarceos de sus maridos con otras mujeres y desconocen las medidas que pueden tomar. Divorciarse es aún castillos en el aire.

Ella duerme al lado de un hombre trabajador y cariñoso. Una persona sencilla que la quiere, pero que no ha sido educado para fregar platos ni para limpiar. Así que, de vez en cuando, cuando no está muy cansado, la "ayuda" con las tareas domésticas, pero asume siempre que son responsabilidad de ella.

Criar y educar a los hijos también es responsabilidad femenina, aunque él toma parte siempre que puede, porque los adora. Y esos niños son muy afortunados, porque crecen en una casa donde hay amor, y nunca jamás han visto a su padre humillar o imponerse a su madre, nunca le han visto negar su valía, ni despreciar su entrega. Y han recibido de él la confianza y el valor para enfrentarse al mundo. Él les ha repetido muchas veces lo importante que es estudiar, porque sabe lo que es no tener estudios y tener que aceptar cualquier trabajo para sobrevivir.

Siglo veintinuno y aún debemos mantener la lucha. Todavía hay muchas asignaturas pendientes. Yo también conozco mujeres que sufren malos tratos, físicos o psicológicos. Tengo la suerte de no haberlos sufrido nunca. Conozco mujeres que no son conscientes de lo que valen, mujeres que permiten que su pareja les diga cómo vestir, con quién hablar, si pueden trabajar o no... El gobierno aprueba leyes que nos hacen retroceder. Terminan con años de lucha a golpe de anteproyectos. Y hay mujeres que lo aprueban. Al igual que hay mujeres que defienden aún hoy que la casa es cosa nuestra, trabajemos o no fuera de ella. Como también hay mujeres empresarias que, aun a sabiendas de cuán difícil es conseguir un empleo siendo una mujer de treinta y tantos, se niegan a contratarnos por si acaso nos da por ponernos a parir. 

No hay nadie más machista que la propia mujer. La mujer que dice que quien no es madre no es mujer. La que asegura que la principal tarea de una mujer es sacar la familia adelante, la que pide al resto de mujeres del mundo que se sometan a la voluntad de los hombres, en nombre de Dios, eso sí.

Por eso, si somos nosotras las que limitamos nuestra propia libertad, sólo nosotras podemos concedérnosla. Nada podemos esperar de los demás. No quiero un hombre que me "ayude", quiero un hombre que me acompañe, que me apoye y que me quiera libre. Porque soy libre. Porque yo solita he tomado las decisiones que me han llevado donde estoy, para bien o para mal, porque si mi padre es capaz de entender que yo gobierno el timón de mi vida, ningún hombre o mujer puede venir de fuera a negarlo.

No es el día de la mujer trabajadora, ni siquiera es el día de la mujer. Es ocho de marzo, un día cualquiera en el que hombres y mujeres se levantan, van a trabajar o cuidan de la casa, llevan a los niños a la escuela, van al supermercado, ven la televisión y hacen la cena. Muchas mujeres pueden haberse perdido en el camino, pero no importa, porque solamente nosotras podemos tomar las riendas de nuestra vida. 

Hoy es sábado, no tengo que trabajar. Terminaré mi café y saldré a pasear. Y seguiré siendo una mujer trabajadora. Y seguiré siendo una mujer libre, porque dentro de mi cabeza no pueden gobernar, ni legislar. Y veré a las mujeres en el parque jugar con sus hijos, y a las amigas comprando ropa, y a mis vecinas charlar en la plaza. Y pensaré en esa imagen de mi abuela tendiendo la ropa y sabiendo que la vida cambia con cada decisión que tomamos.


sábado, 1 de marzo de 2014

Naranjas de la China (y del Japón): Tokio




No, no me he vuelto loca. Tampoco suspendía la geografía en el instituto. Sé que Tokio es la capital de Japón. ¿Por qué, entonces, hablar de Tokio en mi serie de entradas sobre China? Porque me da la gana. Que para eso es mi blog. Y porque no puedo hablar de Japón sin hablar de China. Las comparaciones son odiosas, e inevitables.

Como ya expliqué en la anterior entrada de la serie, Sue, Mónica y Sonia se marcharon de China para regresar a Barcelona tras diez días por este país de locos. Diana y yo nos quedamos solas en aquella habitación de hotel en Shanghai solamente unas horas más. Debíamos volver al aeropuerto Pudong para tomar el vuelo a la capital japonesa. 

En mi lista de sueños por cumplir y países por visitar, Japón ocupaba una posición muy alta. Mi visión romántica de Tokio, construida a partir de fotogramas de cine y ratos leyendo a Murakami, iba a ser demasiado distinta a lo que en realidad nos encontramos.

Llegamos a Tokio a mediodía. Desde Narita, tomamos un tren hasta la famosa estación de Shibuya, donde nos esperaba la estatua de Hachiko, el perro más leal del mundo, así como el paso de peatones más famoso del planeta. Desde Shibuya, caminamos hasta el hotel, que si bien se antojaba cercano en nuestro mapa, estaba a media hora subiendo una pendiente horrorosa por la que me hubiese gustado despeñar mi maleta.





El hotel, una casita tradicional, contaba con habitaciones de madera, puertas de papel y suelos de bambú. Durante esos cinco días, dormiríamos en un futón en el suelo que, si bien resultó ser comodísimo, venía acompañado de una ¿almohada? que más bien parecía un saco de alubias. La habitación no tenía apenas muebles. ¿Viva el minimalismo? No había donde dejar la ropa, así que se quedó en la maleta. El baño era como el de los aviones, minúsculo y llegado del hiperespacio. Aun así, el hotel tenía su magia y wi-fi gratis. 

Ay, el wi-fi... Si sois de los que creéis que Japón es el país más tecnológicamente avanzado de la tierra porque fabrican robots y todo eso... os equivocáis. No sabéis lo que cuesta encontrar una cafetería o bar donde haya acceso a internet, por no hablar de que en las famosas tiendas del barrio tecnológico de Shinjuku venden hasta walkmans... Sí, tecnología punta. Como la de los trenes que dejan de funcionar cuando nieva o la del metro de los años ochenta...



Hay muchas cosas que me han encantado de Tokio. Me gusta el aire urbano, aunque en mi opinión poco cosmopolita, de la gran ciudad. Me gustan los restaurantes tradicionales, la maravillosa comida japonesa, sencilla y sabrosa, sin tantos artificios como la comida china. Me gusta que todo esté limpio y ordenado, los modales de los japoneses y su diligencia. Me gustan los altos rascacielos y las vistas nocturnas de la metrópolis más poblada del mundo. Me gustan las tiendas raras que venden videojuegos, cómics, juguetes sexuales, ropa extravagante y disfraces. Me encantan las tazas de váter con música y desodorante. Me gusta la lengua japonesa, que suena bonita a mis oídos, excepto cuando cantan o cuando las dependientas de las tiendas maúllan como si fuesen muñecas.






Hay otras muchas cosas que, sinceramente, me han resultado decepcionantes o no me han gustado. Por un lado, el excesivo servilismo. No necesito que alguien se incline ante mí y me diga "bienvenida" treinta veces mientras compro una camiseta de diez euros. Además, casi nadie habla inglés. En Shanghai es mucho más fácil comunicarse en inglés con la gente. En parte porque es una ciudad mucho más cosmopolita. Otra cosa que no echaré de menos son los precios. No hay nada barato en Tokio. Nada.

Sin embargo, hay dos cosas que se llevan la palma. Una es el metro. De las redes de metro que conozco, la de Tokio es de las peores. Nada que ver con la fabulosa MTR de Hong Kong o con el metro de Shanghai. El de Tokio es viejo, es caro y es un lío. Hay varias compañías que operan al mismo tiempo, con lo que, a veces, para hacer un trayecto corto, hay que hacer transbordo (y pagar) tres veces. O hay que salir a la calle para hacer el transbordo. Además está muy mal indicado, en algunas estaciones no hay letreros en inglés y los anuncios por megafonía se hacen sólo en japonés. Horrible. Lo siento. Y eso que no tuvimos que vérnoslas con los empujadores. Otra cosa que no me gusta de Tokio (no sé si es extensible a todo Japón) es la afición por la pornografía infantil. Por todos lados hay cómics o revistas o películas que cuentan con protagonistas infantiles escasas de ropa y en actitudes sexuales. Ah, y no quiero olvidarme de las mujeres completamente artificiales que se comportan como niñas tontas e infantiles. ¿Esto es lo que se entiende por sexy?






No me malinterpretéis. Tokio es una ciudad bonita. Hay que verla al menos una vez en la vida. Se queda, sin embargo, demasiado lejos de mi imagen idealizada. Hemos conocido gente estupenda, la cerveza japonesa es buenísima (no como la china, que parece gaseosa...) y creo que si hubiésemos podido ir al Monte Fuji (la nieve no nos dejó), Japón habría ganado muchos puntos.





No obstante, y después de casi dos años en China, me quedo con Shanghai, con su multiculturalidad (en Tokio no hay más que japoneses y turistas), con su vida nocturna, sus templos, sus mercados  y sus rascacielos (más bonitos e interesantes que los de Tokio). ¿No me estaré volviendo china? No, pero sí creo que la visión idealizada que los occidentales tenemos de todo lo japonés, así como la visión negativa que tenemos de China, está un tanto equivocada...

¿Lo mejor de Tokio? La comida, los baños públicos, la cerveza y el color de las luces de neón.
¿Lo peor de Tokio? Las dependientas tontas, el metro y lo sobrevalorada que está la ciudad en general.

Será por haber estado en Hong Kong pocos días antes, pero Tokio, lo siento, ya no eres mi gran amor. Al menos puedo decir que me he reído muchísimo con mi soul-sister, que hemos disfrutado a tope y que puedo tachar otro país de mi lista.



Niñas Raras. Capítulo nueve: Males mayores



En el hospital olía a formol y a desinfectante; olía a enfermedad y a muerte; a malas noticias y a esperanzas tristes. El fino tubo transparente que ocupaba sus fosas nasales era muy molesto. La larguísima aguja clavada en la vena de su mano blanca le había causado un pequeño hematoma azul. El vacío que sentía en su vientre, justo bajo el camisón de algodón frío, era enorme, y no creía que jamás pudiese volver a sentirse completa.

Con esfuerzo, giró la cabeza unos treinta grados a la derecha. Luego repitió el gesto a la izquierda. Los ojos aún no funcionaban correctamente. El izquierdo no podía abrirlo del todo. La vida había perdido su nitidez. 

No había nadie con ella, en aquella habitación impersonal pintada de color crema. Sin embargo, vio que en la butaca negra junto a la cama alguien había dejado una rebeca de punto y un bolso de piel desgastada. María había venido. A saber dónde demonios se habría metido. Seguramente se estaría fumando un paquete entero de tabaco en la puerta del hospital. 

Con la mano izquierda, se palpó el vientre por debajo de las sábanas y de la ropa. Hizo el amago de echarse a llorar, pero no le salían las lágrimas, solamente un sollozo casi impostado, burlón, y un feo gesto en la cara. La vida era tan injusta con ella que ni siquiera le permitía llorar por su desgracia. La pérdida era tan grande que jamás habría nada que pudiese compensarla. 

No sabría decir cuántos minutos pasaron antes de que se abriese la puerta de la habitación. María traía en la mano un café de máquina expendedora, y en los ojos una mirada entre culpable y cansada, entre triste y hastiada. En qué mal momento le había llegado aquella prueba a la que no sabía cómo hacer frente. Si hay un incendio, avisas a los bomberos. Si te roban, llamas a la policía. Si la vida se hunde bajo tus pies... no puedes confiársela a quien camina sobre desechos.

No obstante, ahí estaba ella, las carnes bajo las axilas rebosando fuera de la pequeña camiseta de tirantes. El pelo recogido en una diminuta coleta torcida. Se había maquillado, claro está. Nadie sale a lo salvaje del mundo sin sus pinturas de guerra, y menos aún la niña María. Seguía camuflada en su propia decadencia. Pero había venido. Tardó un poco en darse cuenta de que Marta estaba consciente. Luego la miró y no supo qué decir. Nunca sabía qué decir. Tampoco Marta lo sabía. No sabía qué palabras quería escuchar de boca de su madre, la fuente de casi todas sus decepciones. No sabía si quería que ella estuviese allí, pero tenía la certeza de que, de no haber sido así, la hubiese odiado por siempre. 

-Voy a llamar a la enfermera. -Dijo María, sin emoción tangible en su ronca voz.

Con el café en la mano, apretó su dedo índice contra el botón junto al cabezal de la cama. Y la enfermera vino. Con diligencia, realizó un pequeño chequeo. Comprobó que todo estuviese bien. Pero nada estaba bien. No había ciencia que pudiese arreglar el desastre que era su vida. 

-No me lo dijiste. -Soltó María, que ahora se había sentado en la butaca, sin tener cuidado de no arrugar la rebeca.
-No. -Repuso Marta, sin dejar de mirar el techo.
-Debiste decírmelo en lugar de salir corriendo.
-Ya.
-¿De quién era? -Preguntó María.
-Era mío.

Se hizo un silencio incómodo. Marta seguía sin poder llorar, a pesar de sus esfuerzos y pese a la situación en la que se hallaba. 

-Si me lo hubieses dicho, yo...
-¿Tú qué? ¿Me habrías ayudado? Lo dudo mucho... Mira lo que tardaste en echarme de tu casa...
-Yo no te eché. 
-Como si lo hubieses hecho. No me querías allí y punto. Siempre entorpezco tu vida, ¿verdad? Desde que nací y se terminó tu carrera. Soy la causa de tu desdicha.
-No digas eso. 

Marta hablaba como una autómata. Tenía la voz más clara que nunca, pero no había movimiento, ni dinamismo, ni emoción. Aun así, ella pensaba que estaba siendo más sincera de lo que nunca antes había sido. María trataba de contener el desgarro de su voz y su infortunio.

-¿Por qué no debo decirlo? ¿Porque es cierto? 
-Tú no tienes la culpa de nada.
-Ya. No tengo la culpa de nada... pero me miras y ves tu desgracia. 

María se levanta, deja el vaso de plástico sobre la mesilla y sale de la habitación. En el pasillo, se apoya contra la pared, bajo el fluorescente tintineante, y se lleva las manos a la cara. Los rechonchos nudillos le cubren las mejillas y las uñas se clavan temblorosas en su frente. Los sollozos se ahogan entre la piel morena de su faz y los huecos que dejan las palmas de las manos. Marta tiene razón. Su vida terminó el día en que ella nació. No sabe si la quiere. No lo sabe.

Marta sigue en la cama, mirando el techo y tratando de romper a llorar. Joder, si la vida no puede ser más triste. Debería ser fácil. Pero no. Pablo iba a casarse con otra, con una italiana. El niño que esperaba se rompió en las escaleras de casa de su madre, que nunca tendría el valor de decirle que ella era la culpable de todos sus males.

Alguien llamó a la puerta. No podía ser María. Estaba fumando en la puerta del hospital, con la máscara de pestañas hecha un pegote negro, y una ceja medio despintada. Entró Ana, que traía unas flores. Venía con él.

-Hola, cariño. -Dijo Ana dulcemente, justo antes de besarle la mejilla. -No te pregunto cómo estás, lo imagino.

No, no lo podía imaginar. No sabía lo que era aquella pérdida.

-Gracias por venir. Y por las flores. Son bonitas. -Soltó Marta mecánicamente.

Ana empezó a hablar. No sabía lo que decía. Trataba de consolar un alma inconsolable. Se perdía en sus propias palabras absurdas. Marta dejó de escuchar. Miraba con los ojos borrosos al niño con principios, que no decía nada. Vio como su gesto incómodo se torcía poco a poco. Sabía lo que estaba pensando. Sabía que no quería estar allí, que no quería participar de aquel episodio triste de su vida. 

Marta trató de ser amable. Hizo preguntas cordiales acerca de cosas que no le importaban lo más mínimo. Sonrió impostadamente ante comentarios supuestamente divertidos. Mostró agradecimiento porque Ana y el niño con principios hubiesen venido a visitarla. Hizo comentarios banales acerca de la vida, de la suerte, de la fortaleza. Se esforzó en no mirar fijamente al niño con principios, en no hacerle partícipe de su desgracia. 

¿Qué sabía él? Nada. No sabía nada. Probablemente tampoco quisiera saber. Ni ver. Ni entender. Él solamente quería marcharse a su lujosa pecera, volver a su mundo cómodo. Aquello que tenía ante sus ojos no era sino un error subsanable. De hecho, se había subsanado solito. Gracias al cielo.

Ana y el niño con principios se marcharon pronto, pero a Marta le pareció que habían estado allí una eternidad, interrumpiendo su atormentada vida. Ana volvió a darle un beso en la mejilla. Salió agarrada de su mano de aquella habitación deprimente. Y Marta volvió a quedarse sola con sus malditas ganas de llorar. Y volvió a fracasar en su intento. Y se palpó de nuevo el vientre bajo las sábanas y la ropa. No había duda alguna. Estaba vacía.




sábado, 22 de febrero de 2014

Naranjas de la China: La última aventura de la manada




 A mi vuelta de Hong Kong, me tocó ejercer de anfitriona con mis chicas, que, inspiradas por el impulso irrefrenable de Sue, se atrevieron a cruzar continentes para venir a verme a China. No puedo describir con qué nerviosismo e impaciencia había estado esperando el momento.

Desde Hong Kong, volé a Nanjing, donde tomé el tren rápido hasta Shanghai. Aquella tarde de sábado di un paseo por el Bund, aún sin creer que al día siguiente estaría dando el mismo paseo con las lobas. Por la noche, exhausta, decidí cenar en el hotel y acostarme temprano. Sue, Mónica y Sonia llegarían (o eso pensábamos...) a China desde Barcelona pasando por Zurich a eso de las ocho de la mañana del domingo. Diana tenía prevista su llegada desde las Américas a las cuatro de la tarde.

Me levanté a las seis y, aún en estado medio vegetativo, me dirigí al aeropuerto Pu Dong. La densa niebla que cubría Shanghai como con un manto ya debió hacerme sospechar de lo que estaba por llegar. Llevaba cuatro horas esperando el vuelo retrasado de mis chicas cuando me enteré que, precisamente por la niebla, el avión estaba en alguna jodida isla de Corea del Sur. Sergio, un sevillano afincado en Shanghai que esperaba el mismo vuelo que yo, en el que venían sus padres, fue quien me dio la mala noticia. 

Las chicas aparecieron por la puerta de llegadas a eso de las dos de la tarde, con lo que apenas tuvimos tiempo de comer algo en el aeropuerto y sentarnos a rezar para que Diana llegase puntual. Por suerte, así fue. La manada al completo en China... ¡Quién me lo iba a decir!

Los primeros tres días los pasamos en Shanghai, que no lucía tan hermosa como es por culpa del mal tiempo, pero que aun así nos regaló hermosos paseos por los jardines Yuyuan, decorados por el Año Nuevo, compras y alguna cena con vistas al río.


Desde Shanghai, hicimos una visita de un día al pueblo de agua de Tongli, extremadamente parecido a Luzhi, donde estuve el pasado octubre. Las chicas pudieron pasear por las calles milenarias del pueblo y vestirse de chinas para hacerse fotos, trauma por el que decidí no volver a pasar. Fue divertido ser testigo de aquel rato carnavalero, con montones de chinos haciendo fotos a las extranjeras friquis...



La siguiente parada era Beijing, donde llegamos tras unas cinco horas de tren. Si bien fue una pequeña odisea encontrar el hotel, valió la pena. Nos íbamos a alojar en una preciosa casa tradicional, con preciosos patios interiores, muebles antiguos... Si alguna vez vais a Beijing, éste es el lugar: Beijing Double Happiness Courtyard. No lo lamentaréis. El sitio es precioso y el desayuno es fantástico.






Además de ver (en mi caso, por segunda vez) la Plaza de Tiananmen, la Ciudad Prohibida, el Parque Beihai, el Palacio de Verano (verano, verano... estaba nevado pero bueno...), disfrutamos de las compras en el Silk Market (bueno, unas disfrutaron más que otras y casi pierdo la vida regateando el precio de una camiseta de la selección de fútbol china...), comimos hot pot con sopa de tomate en Haidilao (alguna de nosotras no lo disfrutó tanto...), nos tomamos un té tibetano y me quedé afónica en el karaoke. ¿Por qué siempre me quedo afónica en todos los viajes?


Desde Beijing fuimos a la Gran Muralla en su tramo de Badaling. A diferencia de mi primera vez, en esta ocasión tomamos un tren. En una hora más o menos estábamos ante esa maravilla que, si bien no mostraba su mejor cara debido al mal tiempo, no puede dejarte indiferente. En realidad, tuvimos suerte, porque el día siguiente nevaba muchísimo y hubiese sido complicado caminar por la muralla.

 

Nos despedimos de Beijing para volver a Shanghai otros tres días. Llevé a las chicas al Templo del Buda de Jade y a la Concesión Francesa (lo que me costó encontrar la calle de entrada...). Estuvimos también el la Plaza del Pueblo y la Calle Nanjing. Subimos a la SWFC, la torre más alta de la ciudad (por poco tiempo), conocida como el "abrebotellas" (para Sue, el "sacacorchos") y subimos también a la Torre de la Perla Oriental. La nieve nos persiguió hasta Shanghai y estábamos cansadas. Aun así, repetimos en Haidilao, donde además de comer, nos hicimos la manicura gratis (sí, en el mismo restaurante...).





Después de diez días juntas, con todo lo que ello conlleva (momentos divertidos y momentos tensos), era la hora de despedirnos de nuevo. Sue, Sonia y Mónica volvían a casa cargadas de compras, de fotos, de recuerdos... cansadas también después de tantos kilómetros. Es complicado viajar en grupo, yo había olvidado lo que era eso, acostumbrada a ir siempre sola en los últimos tiempos. Cuando una tiene hambre, otra tiene sueño y otra quiere ir a bailar. Pequeñas cosas a las que en otras circunstancias no prestaríamos atención se hacen difíciles de llevar. Aun así, yo me quedo solamente con lo bueno. Me quedo con las risas, con los momentos curiosos, con los buenos recuerdos, con los abrazos y los besos. Seguro que ellas se quedan con lo mismo, a pesar de la anfitriona desastrosa que soy... Sue, Sonia y Mónica nos abrazan antes de irse, a Diana y a mí aún nos queda una parada en Japón. ¡Nos vemos en verano, chicas!


miércoles, 19 de febrero de 2014

Naranjas de la China: Hong Kong y Macao



De entre las múltiples rarezas del mundo chino, destacan los lugares que, según como se miren, tienen menos de chino que yo de holandesa. Se les llama "Regiones Administrativas", y básicamente se trata de territorios que, si bien fueron parte de China en el pasado, pasaron después a ser colonias o protectorados de países europeos durante el auge imperial, para ahora ser una especie de cosa rara que ni ellos mismos entienden. 

Las Regiones Administrativas de Hong Kong y Macao, a diferencia de la República de China (conocida como Taiwan), no son estados independientes reconocidos, pero gozan de un alto nivel de independencia política y económica ("Un país, dos sistemas", búscalo en la wikipedia, no seas vago...). Tienen su propia divisa, su propio dominio en internet, su propia idiosincrasia y un idioma europeo oficial (inglés en Hong Kong, portugués en Macao) que acompaña al cantonés. Además, la subcultura honkonesa (fuertemente influenciada por la británica) y el juego legalizado de Macao tienen poco o nada que ver con la China que yo conozco.

Viajé a Hong Kong desde Nanjing, en un avión que salió tarde y llegó aún más tarde. Para llegar a Nanjing, primero tuve que desayunar un viajecito de casi tres horas en autobús. En Tianchang estábamos a dos grados bajo cero esa mañana. Cuando llegué a Hong Kong, a eso de las seis de la tarde, estábamos rondando los veinte. En el aeropuerto me esperaba mi amigo Camilo, quien me acogería esos días en su casa, ahorrándome así la reserva de un hotel. Dicen de la MTR, el metro de Hong Kong, que es uno de los mejores del mundo, y puedo corroborarlo. Letreros en inglés, transbordos bien indicados, precio más que asequible, convoyes cómodos y rápidos, wi-fi gratuito... una maravilla. Nada que ver con el maldito metro de Tokio... (ya explicaré en su momento).

Hong Kong se constituye de varias islas en el Mar de la China Meridional, y del cuarto territorio peninsular más densamente poblado del mundo. Es un mundo completamente vertical. Llegamos a Tsim Sha Tsui, en la zona de Kowloon (literalmente, los nueve dragones), al anochecer. Así, la ciudad me brinda sus neones en todo su esplendor. Esa noche ceno en el puerto con Camilo y otros amigos, con vistas a la bahía, y me tomo un buen vino que sabe a vacaciones.



Mi primera mañana en la ciudad estoy sola porque Camilo tiene que trabajar. Tomo un autobús en Causeway Bay que me lleva, bajo un sol tórrido para esta época del año, a Stanley Main Beach, una playa que se me ofrece tranquila, pero que imagino estará a reventar en cuanto llegue marzo... Llevaba casi siete meses sin ver el mar, y eso, para un alma mediterránea, es una eternidad. El agua no está como para nadar, aún está demasiado fría para mi gusto, pero nadie me impide pasear con los pies descalzos por la orilla, mientras los cormoranes sobrevuelan las aguas.



Cerca de la playa hay un mercado y montones de restaurantes. Elijo un tailandés que, sin ser barato, sirve un curry de mango buenísimo. Disfruto de la comida en manga corta, con las gafas de sol puestas, bajo un sol de primavera y con una gran jarra de cerveza. Por la noche, después de la cena, tomamos algo en la terraza de uno de los múltiples rascacielos de la ciudad, donde las vistas me dejan con la boca abierta.




Al día siguiente sigo con ganas de sentirme pequeña, así que aprovecho que Camilo está libre y vamos al Peak, un observatorio situado en una colina desde el que se ve una panorámica increíble de toda la ciudad, incluso en días poco claros como el que nos toca a nosotros. Además del observatorio, hay un centro comercial, restaurantes y el Madame Tussauds hongkonés, al que no entramos porque, a ver... ¡la figura de Bruce Lee está fuera! Ya me daba igual lo que hubiese dentro. En el observatorio conocemos a Cecilia y Bernardo, una pareja de argentinos viajeros que ha llegado a la ciudad desde Tailandia. Igual no viene a cuento pero si ya es difícil callar a un argentino, ni te cuento lo que es callar a tres... Os aseguro que no hubo ni un solo silencio incómodo, bueno, ni un solo silencio.




A pesar de estar agotados, esa fue la única noche que salimos a bailar. La vida nocturna de Hong Kong es como la de Shanghai, cálzate un buen vestido o traje, buenos zapatos y una gran sonrisa occidental. Los contactos son las llaves que abren las puertas en esta ciudad y, si tienes buenos contactos, las puertas se abren solas.

De nuevo me quedo sola el siguiente día. Aprovecho para ir a visitar el Ladies' Market en Mongkok, donde compro un montón de cosas que no necesito, y, de vuelta a Kowloon, me encuentro con un pequeño templo que me resulta encantador. Lo mejor de viajar es siempre guardar la guía y los mapas en el bolso. 




Después de comer, por la tarde, me acerco a la Avenida de las Estrellas y rindo pleitesía a la estatua de Bruce Lee y a las estrellas de otros grandes actores del cine hongkonés, como Jackie Chan, Chow Yun Fat o Jet Li. Aún me queda tiempo para acercarme a la isla de Hong Kong y darme una vuelta por el distrito financiero, donde la cámara de fotos se queda corta ante tal despliegue de grandeza.




La víspera del Año Nuevo chino viajamos en ferry a Macao. Allí nos esperaban Víctor y Mili, que andaban viajando por el sur de China. El viaje dura una hora aproximadamente y, como es una Región Administrativa al margen del sistema político-económico chino, al igual que Hong Kong, hay que pasar por aduanas otra vez. Debo reconocer que Macao (o Macau) me resulta algo decepcionante. Dividida en dos grandes zonas claramente separadas, la de los casinos y la colonial, reconozco que esperaba más de esta antigua colonia portuguesa. 

Son curiosos los letreros escritos en cantonés y portugués, así como algunos edificios del casco antiguo, que parecen fuera de contexto en Asia. En cuanto a los casinos, pues bueno, sin haber estado nunca en Las Vegas, imagino que debe ser bastante parecido, muy artificial, muy lujoso y muy extravagante.



La noche de Fin de Año probamos suerte en el Grand Lisboa, donde perdimos dinero en un cajero automático que nos estafó, y luego en el Wynn, donde la ruleta, las bebidas gratis y un señor disfrazado de ¿Confucio? que repartía chocolate hicieron la noche sumamente divertida. 




Al día siguiente fuimos a pasear por el casco antiguo. Sorprendentemente (o no) un chino nos abordó en un parque hablando español. Se hacía llamar Dalío (Darío) Li, y nos contó que había vivido en Panamá. Bueno, qué narices, nos contó su vida en verso. Luego nos dijo que en Macao hay un restaurante regentado por catalanes, donde hacen pollos a l'ast. Había que verlo para creerlo. En la entrada, un dibujo de un pollo con barretina y, sí, hacían comida española. Por desgracia, los dueños no estaban, así que no pudimos charlar con ellos.





Por la tarde, vuelvo a Hong Kong, cansada pero contenta. Al día siguiente vuelo a Shanghai a recoger a mis lobas, que vienen a ver China, pero esa es otra historia...