sábado, 22 de febrero de 2014

Naranjas de la China: La última aventura de la manada




 A mi vuelta de Hong Kong, me tocó ejercer de anfitriona con mis chicas, que, inspiradas por el impulso irrefrenable de Sue, se atrevieron a cruzar continentes para venir a verme a China. No puedo describir con qué nerviosismo e impaciencia había estado esperando el momento.

Desde Hong Kong, volé a Nanjing, donde tomé el tren rápido hasta Shanghai. Aquella tarde de sábado di un paseo por el Bund, aún sin creer que al día siguiente estaría dando el mismo paseo con las lobas. Por la noche, exhausta, decidí cenar en el hotel y acostarme temprano. Sue, Mónica y Sonia llegarían (o eso pensábamos...) a China desde Barcelona pasando por Zurich a eso de las ocho de la mañana del domingo. Diana tenía prevista su llegada desde las Américas a las cuatro de la tarde.

Me levanté a las seis y, aún en estado medio vegetativo, me dirigí al aeropuerto Pu Dong. La densa niebla que cubría Shanghai como con un manto ya debió hacerme sospechar de lo que estaba por llegar. Llevaba cuatro horas esperando el vuelo retrasado de mis chicas cuando me enteré que, precisamente por la niebla, el avión estaba en alguna jodida isla de Corea del Sur. Sergio, un sevillano afincado en Shanghai que esperaba el mismo vuelo que yo, en el que venían sus padres, fue quien me dio la mala noticia. 

Las chicas aparecieron por la puerta de llegadas a eso de las dos de la tarde, con lo que apenas tuvimos tiempo de comer algo en el aeropuerto y sentarnos a rezar para que Diana llegase puntual. Por suerte, así fue. La manada al completo en China... ¡Quién me lo iba a decir!

Los primeros tres días los pasamos en Shanghai, que no lucía tan hermosa como es por culpa del mal tiempo, pero que aun así nos regaló hermosos paseos por los jardines Yuyuan, decorados por el Año Nuevo, compras y alguna cena con vistas al río.


Desde Shanghai, hicimos una visita de un día al pueblo de agua de Tongli, extremadamente parecido a Luzhi, donde estuve el pasado octubre. Las chicas pudieron pasear por las calles milenarias del pueblo y vestirse de chinas para hacerse fotos, trauma por el que decidí no volver a pasar. Fue divertido ser testigo de aquel rato carnavalero, con montones de chinos haciendo fotos a las extranjeras friquis...



La siguiente parada era Beijing, donde llegamos tras unas cinco horas de tren. Si bien fue una pequeña odisea encontrar el hotel, valió la pena. Nos íbamos a alojar en una preciosa casa tradicional, con preciosos patios interiores, muebles antiguos... Si alguna vez vais a Beijing, éste es el lugar: Beijing Double Happiness Courtyard. No lo lamentaréis. El sitio es precioso y el desayuno es fantástico.






Además de ver (en mi caso, por segunda vez) la Plaza de Tiananmen, la Ciudad Prohibida, el Parque Beihai, el Palacio de Verano (verano, verano... estaba nevado pero bueno...), disfrutamos de las compras en el Silk Market (bueno, unas disfrutaron más que otras y casi pierdo la vida regateando el precio de una camiseta de la selección de fútbol china...), comimos hot pot con sopa de tomate en Haidilao (alguna de nosotras no lo disfrutó tanto...), nos tomamos un té tibetano y me quedé afónica en el karaoke. ¿Por qué siempre me quedo afónica en todos los viajes?


Desde Beijing fuimos a la Gran Muralla en su tramo de Badaling. A diferencia de mi primera vez, en esta ocasión tomamos un tren. En una hora más o menos estábamos ante esa maravilla que, si bien no mostraba su mejor cara debido al mal tiempo, no puede dejarte indiferente. En realidad, tuvimos suerte, porque el día siguiente nevaba muchísimo y hubiese sido complicado caminar por la muralla.

 

Nos despedimos de Beijing para volver a Shanghai otros tres días. Llevé a las chicas al Templo del Buda de Jade y a la Concesión Francesa (lo que me costó encontrar la calle de entrada...). Estuvimos también el la Plaza del Pueblo y la Calle Nanjing. Subimos a la SWFC, la torre más alta de la ciudad (por poco tiempo), conocida como el "abrebotellas" (para Sue, el "sacacorchos") y subimos también a la Torre de la Perla Oriental. La nieve nos persiguió hasta Shanghai y estábamos cansadas. Aun así, repetimos en Haidilao, donde además de comer, nos hicimos la manicura gratis (sí, en el mismo restaurante...).





Después de diez días juntas, con todo lo que ello conlleva (momentos divertidos y momentos tensos), era la hora de despedirnos de nuevo. Sue, Sonia y Mónica volvían a casa cargadas de compras, de fotos, de recuerdos... cansadas también después de tantos kilómetros. Es complicado viajar en grupo, yo había olvidado lo que era eso, acostumbrada a ir siempre sola en los últimos tiempos. Cuando una tiene hambre, otra tiene sueño y otra quiere ir a bailar. Pequeñas cosas a las que en otras circunstancias no prestaríamos atención se hacen difíciles de llevar. Aun así, yo me quedo solamente con lo bueno. Me quedo con las risas, con los momentos curiosos, con los buenos recuerdos, con los abrazos y los besos. Seguro que ellas se quedan con lo mismo, a pesar de la anfitriona desastrosa que soy... Sue, Sonia y Mónica nos abrazan antes de irse, a Diana y a mí aún nos queda una parada en Japón. ¡Nos vemos en verano, chicas!


miércoles, 19 de febrero de 2014

Naranjas de la China: Hong Kong y Macao



De entre las múltiples rarezas del mundo chino, destacan los lugares que, según como se miren, tienen menos de chino que yo de holandesa. Se les llama "Regiones Administrativas", y básicamente se trata de territorios que, si bien fueron parte de China en el pasado, pasaron después a ser colonias o protectorados de países europeos durante el auge imperial, para ahora ser una especie de cosa rara que ni ellos mismos entienden. 

Las Regiones Administrativas de Hong Kong y Macao, a diferencia de la República de China (conocida como Taiwan), no son estados independientes reconocidos, pero gozan de un alto nivel de independencia política y económica ("Un país, dos sistemas", búscalo en la wikipedia, no seas vago...). Tienen su propia divisa, su propio dominio en internet, su propia idiosincrasia y un idioma europeo oficial (inglés en Hong Kong, portugués en Macao) que acompaña al cantonés. Además, la subcultura honkonesa (fuertemente influenciada por la británica) y el juego legalizado de Macao tienen poco o nada que ver con la China que yo conozco.

Viajé a Hong Kong desde Nanjing, en un avión que salió tarde y llegó aún más tarde. Para llegar a Nanjing, primero tuve que desayunar un viajecito de casi tres horas en autobús. En Tianchang estábamos a dos grados bajo cero esa mañana. Cuando llegué a Hong Kong, a eso de las seis de la tarde, estábamos rondando los veinte. En el aeropuerto me esperaba mi amigo Camilo, quien me acogería esos días en su casa, ahorrándome así la reserva de un hotel. Dicen de la MTR, el metro de Hong Kong, que es uno de los mejores del mundo, y puedo corroborarlo. Letreros en inglés, transbordos bien indicados, precio más que asequible, convoyes cómodos y rápidos, wi-fi gratuito... una maravilla. Nada que ver con el maldito metro de Tokio... (ya explicaré en su momento).

Hong Kong se constituye de varias islas en el Mar de la China Meridional, y del cuarto territorio peninsular más densamente poblado del mundo. Es un mundo completamente vertical. Llegamos a Tsim Sha Tsui, en la zona de Kowloon (literalmente, los nueve dragones), al anochecer. Así, la ciudad me brinda sus neones en todo su esplendor. Esa noche ceno en el puerto con Camilo y otros amigos, con vistas a la bahía, y me tomo un buen vino que sabe a vacaciones.



Mi primera mañana en la ciudad estoy sola porque Camilo tiene que trabajar. Tomo un autobús en Causeway Bay que me lleva, bajo un sol tórrido para esta época del año, a Stanley Main Beach, una playa que se me ofrece tranquila, pero que imagino estará a reventar en cuanto llegue marzo... Llevaba casi siete meses sin ver el mar, y eso, para un alma mediterránea, es una eternidad. El agua no está como para nadar, aún está demasiado fría para mi gusto, pero nadie me impide pasear con los pies descalzos por la orilla, mientras los cormoranes sobrevuelan las aguas.



Cerca de la playa hay un mercado y montones de restaurantes. Elijo un tailandés que, sin ser barato, sirve un curry de mango buenísimo. Disfruto de la comida en manga corta, con las gafas de sol puestas, bajo un sol de primavera y con una gran jarra de cerveza. Por la noche, después de la cena, tomamos algo en la terraza de uno de los múltiples rascacielos de la ciudad, donde las vistas me dejan con la boca abierta.




Al día siguiente sigo con ganas de sentirme pequeña, así que aprovecho que Camilo está libre y vamos al Peak, un observatorio situado en una colina desde el que se ve una panorámica increíble de toda la ciudad, incluso en días poco claros como el que nos toca a nosotros. Además del observatorio, hay un centro comercial, restaurantes y el Madame Tussauds hongkonés, al que no entramos porque, a ver... ¡la figura de Bruce Lee está fuera! Ya me daba igual lo que hubiese dentro. En el observatorio conocemos a Cecilia y Bernardo, una pareja de argentinos viajeros que ha llegado a la ciudad desde Tailandia. Igual no viene a cuento pero si ya es difícil callar a un argentino, ni te cuento lo que es callar a tres... Os aseguro que no hubo ni un solo silencio incómodo, bueno, ni un solo silencio.




A pesar de estar agotados, esa fue la única noche que salimos a bailar. La vida nocturna de Hong Kong es como la de Shanghai, cálzate un buen vestido o traje, buenos zapatos y una gran sonrisa occidental. Los contactos son las llaves que abren las puertas en esta ciudad y, si tienes buenos contactos, las puertas se abren solas.

De nuevo me quedo sola el siguiente día. Aprovecho para ir a visitar el Ladies' Market en Mongkok, donde compro un montón de cosas que no necesito, y, de vuelta a Kowloon, me encuentro con un pequeño templo que me resulta encantador. Lo mejor de viajar es siempre guardar la guía y los mapas en el bolso. 




Después de comer, por la tarde, me acerco a la Avenida de las Estrellas y rindo pleitesía a la estatua de Bruce Lee y a las estrellas de otros grandes actores del cine hongkonés, como Jackie Chan, Chow Yun Fat o Jet Li. Aún me queda tiempo para acercarme a la isla de Hong Kong y darme una vuelta por el distrito financiero, donde la cámara de fotos se queda corta ante tal despliegue de grandeza.




La víspera del Año Nuevo chino viajamos en ferry a Macao. Allí nos esperaban Víctor y Mili, que andaban viajando por el sur de China. El viaje dura una hora aproximadamente y, como es una Región Administrativa al margen del sistema político-económico chino, al igual que Hong Kong, hay que pasar por aduanas otra vez. Debo reconocer que Macao (o Macau) me resulta algo decepcionante. Dividida en dos grandes zonas claramente separadas, la de los casinos y la colonial, reconozco que esperaba más de esta antigua colonia portuguesa. 

Son curiosos los letreros escritos en cantonés y portugués, así como algunos edificios del casco antiguo, que parecen fuera de contexto en Asia. En cuanto a los casinos, pues bueno, sin haber estado nunca en Las Vegas, imagino que debe ser bastante parecido, muy artificial, muy lujoso y muy extravagante.



La noche de Fin de Año probamos suerte en el Grand Lisboa, donde perdimos dinero en un cajero automático que nos estafó, y luego en el Wynn, donde la ruleta, las bebidas gratis y un señor disfrazado de ¿Confucio? que repartía chocolate hicieron la noche sumamente divertida. 




Al día siguiente fuimos a pasear por el casco antiguo. Sorprendentemente (o no) un chino nos abordó en un parque hablando español. Se hacía llamar Dalío (Darío) Li, y nos contó que había vivido en Panamá. Bueno, qué narices, nos contó su vida en verso. Luego nos dijo que en Macao hay un restaurante regentado por catalanes, donde hacen pollos a l'ast. Había que verlo para creerlo. En la entrada, un dibujo de un pollo con barretina y, sí, hacían comida española. Por desgracia, los dueños no estaban, así que no pudimos charlar con ellos.





Por la tarde, vuelvo a Hong Kong, cansada pero contenta. Al día siguiente vuelo a Shanghai a recoger a mis lobas, que vienen a ver China, pero esa es otra historia...

martes, 18 de febrero de 2014

Poemas de aeropuerto




UNO

Camino por el pasillo y camino lento,
aunque no sé,
nunca he sabido.
En una mano el pasaporte
y en la otra mi mejilla húmeda 
donde se recogen los golpes
que de ti me llevo.

No puedo leer las señales,
aunque ambarinas, no puedo.
Que mis ojos turbios no alcanzan 
a encontrar su nitidez.
A la vera mía no va nadie,
que ya te quedaste atrás.

Esta mañana nos hemos despedido,
después de la noche amarescente
en la que te he conocido.
Me has sujetado la cara con las manos
y yo la he dejado caer,
taciturna, me has dicho.

He negado tus palabras
porque soy imbécil.
Porque no quería herirte
y por eso la herida me llevo,
que la herida es mía,
como siempre.

Nada significan tus miradas claras,
ni tus manos firmes,
ni tu cuerpo sobre mi espalda.
Nada para ti, claro, porque así funcionas.
Yo sigo creyendo en el aroma.
Y por eso me lo llevo en la maleta.

La recojo ahora de la cinta, pesada
más que nunca.
Pasa por mi lado y huele igual que tú.
Esnifo la droga que me has dado cinco noches
y luego tengo que dejarla.
Y, al salir a la calle, de nuevo, tus palabras.

DOS

A pesar de todo, 
sigo siendo mala.
Sigo buscando el placer,
sin las circunstancias.
Sigo recomponiendo rotos
y remendados.

Te sientas a mi lado,
ojos aceitunados.
Me vendes la aventura 
de los desconocidos.
Que si en el mismo avión vamos,
mejor juntos que separados.

La vida dura lo que un vuelo,
el despegue siempre es demasiado corto,
el aterrizaje demasiado brusco.
Mientras tanto, nuestras manos se buscan
bajo la pequeña manta, 
sin descanso.

Ya se marcha la azafata,
me parece que no nos ha visto
romper las reglas de vuelo,
saltar sin paracaídas
y sin temor a caernos.

No quiero más
que el placer de este vuelo,
no quiero verte en tierra,
que desde el aire todo es bello
pero al desembarcar todo se estrella.

TRES

Deja de mirarme, que no me conoces.
Soy una más que va y que viene.
Ni vengo de donde llegas,
ni voy a donde te diriges.

No hablamos la misma lengua,
ni vamos a compartirla,
a pesar de las soledades
y de las horas de diferencia.

Saco del bolso mi pequeño espejo
y arreglo lo insubsanable,
mientras me miras desde tu asiento
con la mirada leopardina
y el gesto inmutable.

Joder, no tengo tiempo para esto.
No puedo escribir más en aeropuertos.
Que ni sé qué día es hoy,
ni si es verano o invierno.
Que miro a traves de las lunas
y ya nada veo.

Te levantas y te acercas,
jodido descarado.
Y te plantas justo delante,
y me nublas la vergüenza,
que no me han dejado facturarla.

Si lo dices porque lo dices,
y si no, por omisión,
cometes el error de conocer al desconocido
o de obviar el destino,
o de meter de nuevo la pata.

Sube a tu avión,
que yo me quedo.
No nos corresponde cambiar eso.
Y sin embargo aquí se queda
por siempre tu reminiscencia.

domingo, 19 de enero de 2014

Hacer camino






No era fácil llegar hasta allí. Primero, tuvimos que tomar un autobús que recorría la península de extremo a extremo, hasta La Puerta del Oeste. Enfrente teníamos ahora el golfo, que cruzaríamos a través del puente de Río-Antírio, para recorrer después la región Central. Ya veo a lo lejos el Parnaso, vestido de verde aceituna.

No sabemos dónde bajar, las indicaciones son malas y no hablamos el idioma. Hay un chico joven en el autobús. Habla un inglés rudimentario. Nos explica como puede que debemos cambiar de autobús en Anfisa. La carretera es angosta y hace mucho calor. Estamos a finales de septiembre pero el termómetro alcanza los cuarenta grados y el sol te fríe las ideas. Escucho como las ruedas del vehículo pasan sobre la grava que hay en esta calzada vieja y olvidada de la mano de dios, emitiendo una especie de crujido sordo. Sentados en la parte trasera, me abanico como puedo con un trozo de cartón.

En algún momento echo la vista atrás. El pueblo que se aleja de la ventanilla trasera resulta ser Anfisa. El autobús no ha parado, seguramente porque nadie se lo ha pedido al conductor. Pregunto al chico joven y confirma mis temores. Acabamos de pasarnos la parada. Avanzo torpemente por el pasillo, entre los asientos, y pido al conductor que pare. El hombre me grita y no entiendo una palabra de lo que dice. Yo le hago señas para que pare en el arcén, pero entiendo que me responde que no puede. Vamos dejando atrás el pueblo. Después de unos minutos discutiendo, el conductor para de manera brusca, abre las puertas y nos echa a gritos de su autobús. Supongo que piensa que somos los típicos turistas imbéciles que no han salido nunca de su casa.

Y allí estamos, con la mochila a la espalda, en mitad de la nada, bajo un sol abrasador y con unos cuantos kilómetros que retroceder hasta Anfisa. Yo me enfado y le grito. No es la primera vez que nos pasa algo así. Él se lo toma con calma, es como si le diese igual. Me mira con indiferencia y echa a caminar. Yo, en cambio, me altero, el sol me está quemando la piel y la mochila pesa demasiado. Sale la burguesa que hay en mí. La niña hedonista que hubiese preferido coger un avión hasta alguna isla tranquila donde mi copa nunca se vaciase. Las piedrecillas se cuelan en mis sandalias. A nuestro alrededor solamente se escucha a las cigarras, que parecen especialmente alteradas por el calor, y mi propia indignación.

Anfisa se nos muestra como lo más auténtico que veremos en este viaje. Las casas son blancas y hay poca gente en las calles. Nadie en su sano juicio saldría al tórrido exterior. Hay mucha gente mayor, las típicas señoras de anuncio de yogur, con la cara ajada por el sol y la edad, los ojos empequeñecidos por la luz mediterránea y el cabello gris cubierto por un pañuelo negro. Se asoman a las ventanas para vernos pasar. Algunas nos miran con desdén, otras lo hacen con curiosidad.

Entramos en un bar. Nadie diría que no estamos en España. Hay unos hombres sentados jugando al dominó en una mesa de fórmica. Beben vino claro y fuman cigarrillos mientras se juegan algunos dracmas. Me acerco a la barra y trato de hacer entender al hombre detrás de ésta que queremos llegar a Delfos. El hombre es amable y nos indica que calle abajo está la parada donde debiéramos haber cambiado de autobús horas antes. No obstante, me hace entender que el próximo no sale hasta dentro de dos horas. 

Volvemos a discutir. En mi opinión, todo ha sido culpa suya. Siempre deja que las cosas pasen, nunca toma la iniciativa, me toca hacerlo a mí. Pienso en las pocas ganas que tengo de quedarme en ese pueblo dos horas. Pienso en lo que me apetece una ducha. Pienso en la isla en la que debería estar bebiendo cócteles sobre una tumbona. 

El hombre del bar nos sirve una cerveza bien fría a cada uno sin que la hayamos pedido. Me descuelgo la mochila y me siento en el taburete a beber. La gente del bar nos dedica algunas miradas furtivas, pero básicamente nos ignoran. Y yo le ignoro a él, porque hay veces que me saca de quicio y ésta es una de ellas. Una de esas veces en que mi violencia innata quiere salir y golpear su cara de complacencia.

Una señora mayor saca unas dolmades en un pequeño plato. Tampoco las hemos pedido. La señora me sonríe y coloca el plato delante de mí. Él acerca la mano al plato, temeroso. Coge uno de los paquetillos de arroz y se lo mete en la boca entero, sin dejar de mirarme. En la televisión del bar, las noticias no paran de mostrar imágenes del atentado, pero nadie presta atención alguna.

Dos horas y tres cervezas más tarde, levanto mi culo sudado del taburete. Saco la billetera, pero él se ofrece a pagar. Solamente lo hace cuando se siente culpable. No me gusta que me ablanden, me pone de muy mala leche. 

El destino quiere que el corto trayecto hasta Delfos lo hagamos en asientos separados, lo cual es un alivio, en cierto modo. La calle principal está colmada de pensiones y restaurantes a ambos lados, nada especialmente interesante, sino fuese porque en pocos minutos estaré bajo un chorro de agua fría. 

La pensión es bastante kitsch, hay cientos de lámparas, cuadros y cortinas de todos los colores. El dueño habla un poco de español. Presume de hablar muchos idiomas y no dudo de su palabra. Nos da la llave de la habitación. En la pared sobre la cama hay un cuadro enorme tan barroco que parece haber sido sacado de algún burdel alemán. 

Después de la ducha, sólo pienso en dormir hasta la cena, pero él no me deja. Dice que se va al yacimiento. ¿Ahora? Sí, dice que se va ahora, conmigo o sin mí. Que ha venido a ver eso, que lleva soportando mi mal genio y mis quejas todo el día. No, todo el día no, todo el viaje. Dice que si quiero ir con él, que me vista ya. Que si no quiero ir, que me quede. Pero que él se va.

Le miro desde la cama, asombrada ante tal despliegue de honestidad e iniciativa, y no digo nada. Me pongo un vestido de tirantes y las sandalias. Me recojo el pelo. Me miro en el espejo y me veo las mejillas quemadas. Él me coge de la mano y me arrastra fuera de la pensión. Caminamos sin hablar durante unos veinte minutos, camino del oráculo. Las montañas nos rodean, todo es de un verde cetrino que hipnotiza. Estamos a tal altitud que a lo lejos se ve el mar, en el golfo de Itea.

En un risco entre lo terrenal y lo divino, no lejos de la fuente de Castalia, se encuentra uno de los puntos de mayor energía del planeta. Las Fedríades rodean las ruinas del más importante punto de peregrinación del mundo antiguo. Se decía de Delfos que es el ombligo del mundo y cuando estás entre esas montañas te lo crees. 

Con los ojos puestos en el horizonte heleno, siento como el día ha valido la pena. Siento que las piedras en los zapatos no han sido un alto precio. Siento su mano agarrar la mía con firmeza, y pienso en el destino. Pienso que quizás tenía que ser así, en un momento de desencanto, porque de haber sido de otro modo, seguramente no me habría dejado invadir por la magia y estaría haciendo fotos con la cámara, sin preguntarme qué demonios me trajo aquí.

sábado, 11 de enero de 2014

Niñas Raras. Capítulo ocho: Vodka de un martes tibio



El niño con principios debía sufrir un episodio de repentina necesidad. Se pasó la noche enviando mensajes a mi móvil. En ningún mensaje decía que me quisiese, o que me echase de menos. Solamente decía que quería verme, que quería tocarme, que el pantalón le iba a reventar. Decía que la niña aburrida dormía plácidamente, pero que él no podía dormir. 

Yo leía Cosmópolis de DeLillo, sentada en la repisa de la ventana, sobre un cojín bermellón, mientras bebía un vodka con tónica y me fumaba un cigarrillo. Cada dos minutos recibía una notificación en el móvil. Lo cogía, leía el mensaje y lo soltaba de nuevo sobre el cojín. ¿Dónde estaba? Ah, sí. El presidente ha llegado a la ciudad. 

No quería contestar al niño con principios, que seguramente se la estaba cascando al lado de su mujer, estirado en la cama boca arriba, con la polla dura en la mano y pensando en mí. Si me viese con esta sudadera gris raída y estos pantalones chinos, mis pies enfundados en los calcetines más viejos que tengo, el pelo recogido en una coleta baja y la cara lavada, seguro que se le quitarían las ganas de meneársela a mi salud. Además, era obvio que no me necesitaba. Sus sucios pensamientos y su siempre caliente entrepierna eran estímulos suficientes.

A las dos y media, llevé el vaso a la cocina, recogí el cenicero y dejé el libro sobre el cojín bermellón. Fui al baño a lavarme la cara y los dientes antes de acostarme. Hacía unos diez minutos que no recibía ningún mensaje, por lo que supuse que el niño con principios se habría corrido hacía rato, quizás sobre el culo de su mujer dormida. Sonreí con este pensamiento mientras me cepillaba los dientes y la pasta se me escurrió un poco por la barbilla. Escupí y saqué una bolsa con algodoncillos y tónico para la cara. Empapé un algodoncillo y me lo pasé por la frente. El móvil sonó de nuevo. Vaya, la cosa parece seria.

"¿Puedo ir a verte?". Decía su mensaje.

Dudé un segundo. Solamente uno. Pensé que lo mejor sería no responder, pero él sabía que había leído su mensaje y, por lo tanto, que estaba despierta. Maldita tecnología. 

"Me voy a dormir. Tú deberías hacer lo mismo." Respondí.

Terminé de limpiarme la cara y me cepillé el pelo. Fui hasta el dormitorio y me quité la sudadera y los pantalones. Me saqué los calcetines y me acosté. Puse el teléfono en la mesilla de noche. Desde la almohada, lo miraba en la penunbra, esperando su respuesta. Sonó un par de veces, pero pensé fríamente que era mejor no leer los mensajes, así él pensaría que de veras estaba durmiendo, en lugar de saber que tenía la mano entre las piernas mientras esperaba que viniese.

Empecé a relajarme y cerré los ojos. En el tránsito hacia el sueño, con los ojos cerrados y la mano dentro de las bragas, me acaricié sin ambiciones. No fui a más. Entonces, cuando me hallaba a punto de perder la consciencia por completo, sonó el teléfono. Esta vez no era un mensaje. El muy hijo de perra me estaba llamando. A las tres de la madrugada. ¿Quién nos ha hecho así? Amantes de las llamadas a horas intempestivas, de lo prohibido, de lo vano, de lo absurdo. Amigos del instinto y del impulso irrefrenable, del olor de las bestias, del sabor de los flujos, del color de la noche.

La ciudad duerme siempre en camas de plumas, con las horas contadas para volver al mundo blanco. La gran mayoría de la gente no vive las sombras del alma triste, como nosotros, no bebe vodka un martes cualquiera, no rompe las reglas cada dos por tres.

Cojo el teléfono.

-Estaba durmiendo...-Digo mientras trato de fingir una voz cansada.
-Mentirosa.
-No es broma. ¿Qué crees que hace la gente a las tres de la madrugada de un día cualquiera entre semana?
-No lo sé y me da igual. ¿Puedo ir a verte? -Insiste.
-Estoy en la cama.
-Ya. Mira, la mitad del trabajo hecho.
-Otro día mejor, de verdad. -Me excuso. -Además, ¿qué va a pensar ella si ve que te escapas de casa a esta hora?
-Está dormida. No se despierta hasta por la mañana, la conozco. Venga..., yo voy un rato y luego me vuelvo pitando. ¿Desde cuándo te preocupa que me pillen?
-Desde nunca. Pero en serio, no me apetece que vengas.
-Mentirosa... ¿Qué estabas haciendo este rato que no dormías? ¿Estabas cachonda?

Maldito hijo de puta listo.

-No.
-No me lo creo. 

Tampoco yo me lo creía.

-Me da igual.
-Yo si estoy cachondo. Venga... déjame ir, ¿no ves cómo me tienes?

Me rindo, me puede.

-Eres insufrible. 
-Genial. Estoy ahí en media hora como mucho.

Salto de la cama y vuelvo al baño. Todo está debidamente depilado, pero mi cara... uf, qué mala pinta. Un poco de corrector de ojeras, un poco de color, lápiz de ojos sutil. Esto es otra cosa. Me pongo desodorante y un poco de perfume, solamente en la nuca. Corro al dormitorio y me cambio de bragas. Las que llevo son demasiado cómodas. Vuelvo a cepillarme el pelo y me siento en la cama, a esperar.

Me veo reflejada en el espejo y pienso que soy patética. Una imbécil solitaria que se levanta a las tres de la madrugada para asearse y adecentarse un poco porque el marido de otra viene a echarle un polvo. Soy su puto juguete y no sé cómo evitarlo. Soy una mierda para él, que no me respeta. Tampoco yo me respeto a mí misma, supongo. 

A veces me gustaría ser como ella y necesitar menos. Conformarme con una vida cómoda y sencilla. Tener un empleo en una oficina del centro, salir a las seis y ver a mi marido a la hora de cenar. Sentarnos luego a ver la tele en el sofá, sólo a ver la tele. Ir a comprar al centro comercial el sábado por la mañana. Llenar el carro con pan de molde, cereales y bombillas de bajo consumo. Tener mis experiencias más femeninas en la peluquería, rodeada de mujeres haciéndose las mechas o alisándose el cabello. Quiero ser una niña normal, pero la vida no me deja. Hay demasiadas tentaciones. En la cocina hay una botella de Absolut donde debiera haber un tarro de mermelada light y tengo tantos juguetes sexuales que podría montar una tienda. Y me follo al marido de otra. Joder, me doy asco.

Suena el timbre y abro la puerta vestida solamente con ropa interior. No me dice nada. Me agarra la cabeza y me besa con fuerza. Me estampa contra la pared y se desabrocha el pantalón. Por como viene, no creo que aguante mucho. Me aparta las bragas, me levanta del suelo y me embiste de golpe contra los ladrillos. No creo que se haya dado cuenta de que llevo perfume. Dudo que haya reparado en el colorete de mis mejillas. Si mañana le preguntas, no sabrá de qué color era mi ropa interior. Aguanta bastante  más de lo que había predicho.  El último empujón se siente como un golpe tremendo y grita en mi oreja como un animal. Se vuelve a abrochar el pantalón. Me da un beso fugaz mientras su esperma resbala por mi muslo hasta los tobillos. Es la primera vez que no me corro con él. Es la primera vez que me arrepiento de veras. Es la primera vez que me siento como una puta.

-Gracias, preciosa. Mañana te llamo.


Es la última vez que nos veremos.






domingo, 29 de diciembre de 2013

Niñas Raras. Capítulo siete: Cosas que pasan



Me planté en la puerta de su casa. A veces, cuando tenemos miedo, acudimos a personas a las que normalmente no recurriríamos. Hacemos cosas que de otro modo no nos habríamos planteado. Yo estaba aterrorizada. Y sola. Muy sola desde que él se marchó a Roma después de hacerme creer que podría recuperarle.

Y así, sin saber muy bien por qué, acabé frente a mi madre después de dos años sin hablar con ella. Había estado escuchando muchas cosas acerca de su mala vida.  La mayoría eran verdad. Que mi madre bebía como un cosaco no era ningún secreto. Que fumaba como un carretero, tampoco. Que ya no se respetaba a sí misma era obvio. Dejó de hacerlo el día en que nos abandonó a papá y a mí. El día en que decidió que su autocompasión y su victimismo era más importante que nuestra felicidad. 

No es que fuese mala persona, mi madre. Pero tampoco era buena. Si yo la quería o no supongo que explica por qué me hallaba bajo el dintel de aquella puerta de madera oscura, balbuceando una palabra que hacía tiempo había borrado de mi lenguaje, con las manos en los bolsillos del abrigo rojo y el orgullo extinto.

-Mamá.

Lo dije sin mirar su cara redonda y ajada por los años y el vino, sin atreverme a ver su expresión de sorpresa, sin dejar que el cuerpo me traicionase en algún intento de abrazo, de lágrima o de sonrisa. No sé cuánto tiempo pasó, quizás fuesen tan sólo unos segundos, pero se antojaron largos minutos de incomodidad mutua entre el rellano frío y el vacío de dos almas demasiado semejantes.

La gente del barrio la conoce como la niña María. Dicen de ella que es débil, que sucumbe fácilmente a todas las tentaciones que la vida le coloca en el camino. La gente la mira con desprecio cuando se emborracha en plena mañana y sale tambaleándose del bar, camino a quién sabe dónde. La señalan con el dedo. "Ésa, ésa es la que abandonó a su propia hija". Qué sabrán ellos, pienso yo. Si alguien puede juzgarla soy yo, pero no he venido a eso. Tampoco he venido a fumar la pipa de la paz. Yo ya no tengo cuentas pendientes con mi madre. Qué más da lo que hizo, lo que dijo... Qué importa en qué se ha convertido. No tengo ganas de resolver lo irresoluble. 

La niña María me invita a pasar con un gesto. Entro lentamente, con las manos aún en los bolsillos. Huele a vino y a nicotina y lleva puesto el abrigo dentro de casa. El piso está sucio y hace frío. Supongo que por eso va con el abrigo, aunque puede que haya alguna razón menos lógica que tampoco me interesa saber. Hay ceniceros por todos lados. Siempre ha fumado un montón. Cuando era pequeña, recuerdo que me cogía en brazos sin sacarse el pitillo de la boca y me llegaba todo ese humo maloliente que yo trataba de apartar de mi cara. Siempre asocio el olor del tabaco con mi madre.

Mi madre, extraña manera de llamarla. Se sienta en el sofá sin ninguna elegancia en sus movimientos y me invita a acompañarla dando una palmada al cojín con la mano ancha. Con las piernas medio separadas y los codos apoyados en las rodillas, se enciende un cigarrillo y espera que yo diga algo. No sé si ha sido buena idea venir aquí, pero intuyo que no tardaré en comprobarlo.

-Mamá, ¿cómo estás? -Digo, sin mucho interés, para romper el hielo.

Es obvio que no está bien. Vive sola en un piso que seguramente ha conocido tiempos mejores y está ebria a horas en las que la gente solamente bebe café.

-Bien. Como siempre. -Dice sin mirarme y sin dejar de dar caladas al cigarrillo. 

Qué va a decir. Un día se la comerá su propio orgullo.
 
-¿Estás bien en este piso? -Pregunto mirando a mi alrededor con un gesto de hastío.
-Sí. Estoy bien. -Hace una pausa y se excusa. -Este piso, bueno, no es que esté mal, es que no limpio mucho. Si me hubieses avisado de que ibas a venir...
-No tengo tu teléfono. -Suelto sarcásticamente.

-Bueno, no tengo teléfono. Tenía, pero me lo han cortado. Pero, bueno, no sé, es igual, supongo. Tampoco me llamaba nadie.

Le da una calada tan grande al pitillo que prácticamente lo consume entero. Echa el humo por la nariz y mira al suelo. También yo miro al suelo sucio, y cuento inconscientemente las manchitas de las baldosas. Esto no está saliendo como yo esperaba.

-Vale. Mira, no he venido aquí a hablar del piso.
-Ya. No sé que quieres, pero si es dinero, ya te he dicho que me han cortado el teléfono, así que...

Levanto la mirada en un gesto dolido, con las cejas arrugadas y el labio superior ligeramente levantado.

-¿Cuándo te he pedido yo dinero? -Espeto, indignada. -No me hagas hablar de quién pide dinero a quién... -Digo mientras gesticulo con las manos y la miro con rechazo.

La niña María apaga la colilla y me mira fijamente.

-Bueno, a ver... ¿a qué has venido? Tengo cosas que hacer, aunque no lo parezca...
-¿Sabes qué? Da igual. -Digo, molesta. -Ya me las apañaré solita. No creo que sea difícil hacerlo mejor que tú, después de todo.

Me levanto del sofá de un brinco, furiosa. Mi madre me mira con los ojos vidriosos, pero no dice nada porque sabe que es verdad. Sabe que ha hecho las cosas mal. Otro asunto es si se arrepiente o no. Supongo que sí, pero su orgullo le impide aceptar sus errores para poder empezar de nuevo. La vanidad le ha traído aquí, al último rincón de su indignidad. 

Ella, que tenía un futuro tan prometedor en el mundo del espectáculo. Ella que cantaba en los bares más selectos de Madrid y embelesaba a los hombres con sus escandalosas curvas y su voz sensual. Ella que enamoró a tantos y terminó casándose con uno al que no amaba, con uno que pagaba las facturas mientras a ella se le consumía el alma. Mi madre, que se quedó embarazada sin desearlo, que trajo al mundo una niña sin estar preparada para asumir su responsabilidad. Mi madre, que siempre nos culpó a mi padre y a mí de su infelicidad, y que se largó una noche a hurtadillas, como una maldita cobarde.
 
No puedo con esto. Me supera. Creí que podría y me equivoqué. La dejo ahí sentada, sobre su gordo culo egoísta, y salgo dando un portazo. ¿Por qué tiene que ser así? Es imposible hablar con ella. Jodida perdedora que sólo mira por sí misma. Estoy tan cabreada que no pienso en usar el ascensor. Bajo las escaleras del edificio pisando cada escalón con fuerza, rebañando la barandilla con la palma de la mano helada. Quién me mandaría venir aquí. La conozco bien y ya me he llevado bastantes bofetones de realidad con ella. 

Se me están nublando los ojos. ¿Por qué quiero llorar? No dejo nada ahí arriba. No la quiero. Y ella no me quiere a mí, no me ha querido nunca. Vale, rectifico. Sí tengo cuentas pendientes con mi madre, pero ella no quiere ni verme. Prefiere regocijarse en su propio charco de desconsuelo y ser una mártir. Me hace sentir mala persona, joder. No la abandoné yo a ella. Alcanzo el principal con tanta mala leche que se me atoran los pensamientos. Se mezcla la rabia con una tristeza que me embarga de pies a cabeza. Suelto la barandilla y me seco la mejilla ardiente con el dorso de la mano. Un escalón me traiciona. No. No puede pasarme esto ahora. 

Ruedo hasta el portal como un saco de sentimientos rotos. Me duelen las costillas, pero me duele más el alma. No puedo mover la pierna izquierda. Todo se oscurece. No sé cuánto rato pasa. Entreabro los ojos y veo una cara borrosa. Trato de enfocar y no lo consigo. Oigo fuera una sirena. Alguien me pasa un brazo por detrás de la cabeza y me pregunta si estoy bien y yo sólo acierto a contestar:

-Mi niño...


jueves, 19 de diciembre de 2013

Los patriotas sin bandera





En el año 2001 fui por primera vez a Grecia. Sólo tres días antes de que saliese mi vuelo con destino a Atenas, las Torres Gemelas se estrellaban contra el asfalto de Nueva York. Olympic Airways me llamó para saber si quería cancelar mi vuelo dada la histeria general y el pánico global que había sembrado el ataque. Llevaba un año planeando el viaje y decidí que, si tenía que pasarme algo malo, prefería estar disfrutando de mis vacaciones en lugar de estar encerrada en mi casa.

¿Por qué tanto empeño en ir a Grecia? Yo estudié griego antiguo durante algún tiempo, traduje como pude textos de Jenofonte, de Eurípides, de Aristófanes... aprendí a amar la cultura helena, su mitología, su historia. No son unos cualquiera, los griegos, por mucho que los alemanes lo intenten. Pioneros en las artes y en las ciencias, nunca osaban separarlas. Las matemáticas o la astronomía no son nada sin la filosofía.

Debemos a los griegos el concepto, tan pervertido ya, de democracia. Hablamos griego a diario. Hasta este punto, ya has leído unas cuantas palabras en griego (pánico, histeria, filosofía, astronomía, matemáticas, helena...). Además, Grecia es un país mediterráneo, como el nuestro, repleto de pueblos de pescadores en los que se come de maravilla y donde la gente es hospitalaria y apacible.

Recuerdo lo emocionante que fue la primera vez que subí al Partenón, después de haber visto tantas fotos en clase de historia del arte, de haber leído tanto sobre su historia... Y recuerdo pasear por el Plaka, el barrio antiguo que lo rodea. Y sentarme junto al templo de Hefesto, viendo el ágora y pensando que por allí mismo han pasado grandes filósofos y artistas...



Después, he vuelto a Grecia dos veces más. Parece mentira que en un país tan pequeño haya tanto que ver. Miles de islas preciosas, por ejemplo. Entre las cosas que guardo en la memoria, noches de estrellas y cantos de cigarra en la isla de Ulises, Ítaca. Pero no solamente hay playas, en Grecia. Delfos, Epidauro, Micenas, Olimpia, Corinto, Esparta, Argos, Nauplia... Cada pequeño lugar esconde una historia milenaria, a veces mítica, a veces real.



¿Y a qué viene todo esto? Veréis, es que leo y leo como Grecia se va a la mierda. Veo como el barrio de Metaxourgeio por el que una vez paseé alegremente, es la arena donde los ciudadanos luchan contra el sistema como pueden. Veo como la Plaza Syndagma se llena de botes de humo y pelotas de goma. Veo como mi amigo Giorgos cierra su maravillosa posada en Nauplia, en la que me alojé cada vez que visité su hermoso país, porque le ahoga la crisis y los turistas no quieren ir a una Grecia hambrienta, a una Grecia en paro, a una Grecia sin esperanzas. Y me da pena. Mucha.




Y pienso... yo no soy griega. ¿Qué más me da? Pues me da. Porque España es otra Grecia sin rumbo y porque, como ya sabéis, no soy amante de las banderas, ni de los himnos ni de las fronteras. Pero amo la tierra y la cultura. Que no veáis una bandera de España ni una senyera colgada en mi balcón no significa que no eche de menos la Cala d'Aiguafreda, o la Puerta del Sol, o la Plaça del Diamant, o el Albaicín. No implica que no disfrute de una paella y de los churros con chocolate. Quizás me equivoque, pero creo que eso es justamente ser patriota. ¡Vaya, otra palabra griega!


1. Patriotismo: sentimiento que tiene un ser humano por la tierra natal o adoptiva a la que se siente ligado por unos determinados valores, cultura, historia y afectos. 

2. Chovinismo:  creencia narcisista, próxima a la paranoia y la mitomanía, de que lo propio del país o región al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La Navidad de Mr. Scrooge




Por segunda vez, voy a perderme las fiestas navideñas. Y sí, las voy a echar de menos. Jamás pensé que diría esto, teniendo en cuenta que yo era de las que, al llegar el quince de diciembre, deseaba con todas mis fuerzas que fuese quince de enero. 

Cuando empecé a estudiar en la universidad, trabajaba en una compañía aérea, así que me perdía las fiestas porque me tocaba trabajar el día de Navidad, el de Año Nuevo... Un tiempo después trabajé en una tienda, bueno, trabajé en varias tiendas. Y ahí fue cuando empecé a odiar de verdad la Navidad, que entonces suponía jornadas interminables, poco tiempo libre para celebrar nada y, lo peor de todo, la campaña de rebajas que empezaba justo después de las fiestas. Luego empecé a dar clases y, por fin, volví a tener vacaciones de Navidad, como cuando era pequeña. Por desgracia, nunca fui funcionaria, y trabajé la mayor parte del tiempo en la escuela privada, con lo que tener diez días libres suponía cobrar diez días menos a fin de mes. 

Ahora vivo en un país en el que Navidad es como un ficus, nadie le hace ni puto caso. No es su fiesta, no son cristianos ni lo han sido nunca. Tienen sus propias fiestas en épocas del año extrañas, cosas del calendario lunar... El caso es que, por una razón u otra, las Navidades me esquivan todos los años. Tengo una relación de amor-odio con el cumpleaños de Jesús.

Este año en el que el mundo no se ha terminado, aunque la civilización parece que está en el camino, habrá muchos que deseen, como yo, que sea quince de enero, o mejor aún, de junio. Habrá muchos que no podrán comprar tantas tabletas de turrón como para que duren hasta mayo. Habrá muchos que no puedan regalar a sus hijos lo que indica explícitamente la carta a los Reyes Magos. Habrá muchos que no tendrán ganas de cantar lo de los peces borrachos -¿o sedientos?-, ni de tocar la zambomba, ni de hacer cagar al tió, porque, hay muchos que ni siquiera saben dónde pasarán la Navidad, ni en qué circunstancias.

Yo sé dónde la pasaré. Estaré en mi pequeño piso de mi pequeña ciudad china, viendo "Qué bello es vivir" mientras me tomo un Rioja a la salud de los míos que, por suerte, aún tienen para comer turrón, aunque sea de marca blanca. Ojalá estuviese con ellos, sin importar lo que haya en la mesa, sin importar si ese jodido gordo de la barba se pasa por el barrio o no, sin importar más que el hecho de estar juntos, que, al fin y al cabo, de eso va la Navidad, por mucho que nos quieran vender la moto los de Freixenet.

Estas son las Navidades de la crisis, un tanto amargas, un tanto frías. Son las Navidades de Mr. Scrooge. Hasta la Navidad nos la han recortado. Sí, joder, esos señores que nos "representan", malas copias de un Grinch realmente malvado.

Al señor Scrooge no le gustaba la Navidad. Le parecía una época hipócrita en la que la gente malgastaba su dinero y su tiempo. No tenía a nadie que le amara. Luego llegaron sus fantasmas y terminaron por convencerle de que la Navidad no tiene por qué ser así, que si nadie le amaba, podía amar él a los demás. Si yo puedo celebrar mi navidad en China, sin mi familia, sin turrón de Suchard ni mi tradicional borrachera de cava, es que no está todo perdido. 

Desde China, felices fiestas a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis amantes y a los benditos fantasmas del señor Scrooge.

martes, 10 de diciembre de 2013

Algo viejo, algo azul


 
Llevo puesto un vestido de trescientos euros y me pesa la cabeza. La peluquera se ha pasado dos horas levantando una especie de moño imposible con mis pelos lacios. Con paciencia, muchas horquillas y dos aerosoles de laca extra fuerte, el nido de cigüeña que llevo sobre mi cabeza debería aguantar hasta la semana que viene, aunque yo sé que se desmontará en cuanto suene la primera sevillana y mi tío me saque a bailarla.

En el minúsculo bolso he metido unos parches para las ampollas que a buen seguro me harán estos malditos tacones. También llevo el delineador de ojos y el móvil. Con lo que me gustan a mí los bolsos grandes donde llevar montones de cosas inútiles entre las que nunca encuentro lo que busco...

Delante de mí, pasean los camareros con bandejas de cosas suculentas que no debería probar a no ser que quiera que la cremallera del vestido reviente ante la atónita mirada de familiares y completos desconocidos. No siempre son dos categorías distintas. Estiro el brazo para coger una de esas salchichas pequeñitas rodeadas de bacon. Están muy vistas, sí, pero siguen siendo un clásico en las bodas. Sujeto con la otra mano una copa de vino blanco espumoso muy frío. Me resisto a tomar asiento, este vestido es demasiado estrecho, tengo las tetas tan levantadas que no me veo los pies. Me apoyo en una escultura junto a la escalinata, intentando pasar tan desapercibida como sea posible, a pesar de mi peinado y de mi escote.

La gente come y habla sin descanso. A la tía Raquel la han sentado en una sillita porque está mareada, dice. Lo que lleva es la cogorza de su vida. Yo también suelo marearme mucho los viernes y sábados por la noche, no te fastidia. Mientras mi madre la abanica con un menú, la tía Raquel maldice el calor. Ya se sabe que en abril, Galicia es como el mismo Sáhara.

Voy a tomarme otra copa de vino. ¿Y el camarero? Lo encuentro flirteando con Eva. ¿O es al revés? Qué más da, en cualquier caso, el tipo no está a lo que tiene que estar. No quiero separarme de la escalinata, porque sé lo que pasará en cuanto me acerque al bufé. ¿Todavía se dice eso de "¡Jefe!"? No, creo que no. Bueno, mi padre lo dice, pero claro, si vamos a tomar a mi padre como modelo lingüístico evolutivo acabaremos por aceptar que "Pregúntale a tu madre" es lo último en neologismos.

Opto, pues, por una especie de chasquido que, en un principio, me queda un poco suave, por lo que debo repetir el ruidito varias veces para conseguir que el camarero aparte la vista del canalillo de Eva y me mire, con gesto de fastidio. Le señalo mi copa vacía para que me traiga otra. Como tarda una centuria, me como medio plato de jamón ibérico, llevando cada fina loncha a la boca a golpe de lengua. Mi copa ya está aquí. Doy gracias a San Albariño por poder seguir emborrachándome y sigo con el jamón.

Desde detrás, alguien me toca el hombro en una serie de insistentes golpecitos que me sacan de quicio. Me doy la vuelta con la boca llena de jamón. Mi madre me dice que ya toca ir a hacerse la foto con los novios. Uy, sí, qué momento. Me trago la bola de carne que se ha hecho en mi boca y noto como baja por mi garganta con cierta dificultad. No creo que el jamón ibérico deba degustarse así. Vacío la copa de un trago para ayudar a bajar ese bolo alimenticio que me atora el esófago mientras mi madre me arrastra del brazo a través de la gente. 

Siempre supe que mi prima se casaría vestida como una tarta de nata. Yo la veía enfundada en una nube de tul decorado con lazos, rosas y brocados. La veía como una especie de piñata gigantesca de color blanco. Así era en mi memoria y así era en la realidad. Me gusta imaginar que debajo de esa yurta vivía una familia de mongoles al completo. El novio se agarra al brazo de mi prima, que es como un tronco, sin saber que ahora es parte de esta familia que se aviene sólo a ratos. La abuela Sofía se sujeta a éste, mientras que el abuelo Miguel hace lo que puede para que se le vea detrás de tanto volante. El fotógrafo saca varias por si las moscas. Hace lo que puede con el material del que dispone, y no hablo de la cámara.

Es mi turno. Me acerco a ellos mientras me subo el vestido para tapar un poco el mostrador. Luego me lo bajo un poco para tapar las piernas. Odio las bodas en primavera, nunca estoy bronceada. Mi prima da un leve empujón al novio para que me haga sitio entre ellos dos. Luego, me aprisionan por ambos lados. Tengo miedo de que debajo de las faldas de mi prima salga Samara Morgan. Vamos, chaval, saca ya la foto. Un par de clicks y soy libre de nuevo. ¿Y mi copa de vino? 

Alguien ha dejado una botella abierta sobre una de las mesas del bufé. Es mi oportunidad. Si no la rescato, se le escapará el gas. Es un acto de solidaridad, no de alcoholismo. Camino con cierta rectitud hasta ella, pero me cortan el paso. La tía Mónica quiere saber por qué he venido "otra vez" sin pareja, quiere saber por qué estoy soltera "aún", quiere saber por qué no me he casado "todavía". Oh, joder. ¿Y a ti qué coño te importa? No le digo eso, claro. Sería peor el remedio que la enfermedad. Le digo que soy lesbiana y sonrío. Sigo caminando hasta el vino mientras mi tía me mira con una expresión que destila intolerancia sin edulcorantes. Por el rabillo del ojo veo como arruga el labio superior. Quizás por eso no me ha preguntado por qué he venido sin mi novia. O quizás no. Cojo la botella y una copa limpia.

Mierda, la prima Eva me ha robado mi lugar junto a la escalinata. No tenía bastante con distraer a mi copero. Busco un lugar seguro donde entrar en coma etílico. ¡Bingo! Árbol libre a las tres. Voy para allá. Desde mi árbol brindo por los novios, brindo por las bodas, brindo por las salchichitas con bacon. Brindo hasta que se acaba el vino y me siento tan mareada como la tía Raquel. Es el calor, el calor tropical del norte de España. Ahora sí, ya estoy suficientemente ebria como para bailar contigo un agarrao, como para seguir bebiendo, como para soportar a mi tía Mónica, que dice que se me pasa el arroz. Yo no cocino, tía Mónica. Yo soy la borracha de las bodas, la que siempre va sola, la que nunca se viste de tarta de nata. ¡Que vivan los novios!

viernes, 6 de diciembre de 2013

Niñas Raras. Capítulo seis: La niña fría




Mi pelo es largo y rubio. A veces me gustaría que fuese incluso más largo, como el de la princesa Rapunzel, la de los cuentos. Así podría ser rescatada de mi palacio de hielo por alguna clase de príncipe que no se quedara en tibio. A menudo me veo como un alma encerrada. No hay barrotes ni cadenas, pero veo el mundo desde mi refugio. Por fuera, ojos color chocolate y piernas fuertes. Por dentro, un témpano frágil a punto de derretirse al mínimo aliento.

A mi lado duerme el niño compañero. Él es mi paraguas en los días de tormenta. Él es todo el calor que me falta. Un abrazo suyo es suficiente para templar mi ventisca. No obstante, veo su mirada amable y pienso en toda aventura que nos falta. Imagino que así es como terminan por ser siempre las cosas. La pasión es una presa que revienta, pero en algún punto el agua termina por encauzarse. No digo que no sea feliz con los pies en el arroyo, pero a veces ansío un salto.

El niño compañero me conoce bien. Sabe que me hago pequeña a veces. Sabe que, en ocasiones, soy un carámbano transparente, incrustado en mi propia frialdad. En casa, siendo una niña, la pequeña de la familia, me enseñaron a ser fuerte como la piedra, y resistente. Me criaron para ser una superviviente y se les olvidó enseñarme a llorar. Permanecía en la sombra, aislada del amor que toda familia debe ser capaz de darte. Como un niño que se cae y se despelleja las rodillas jugando en el parque, también yo sufría mis propias caídas. Entonces me levantaba. Eso sí me lo enseñaron.

Mi padre falleció hace unos meses. No sabría describir bien ese golpe. Puede que él fuese la única persona capaz de amar y comprender del todo mi transida alma. En mis brazos, él se terminaba. Detrás de mí, mi hermana veía su figura tan claramente como me veía a mí. Con la voz seca, me dijo:

-Estoy viendo a papá, Sara.
-No digas eso. Me pones nerviosa.
-Yo solamente lo digo.
-Siempre estás con lo mismo, no tiene gracia y lo sabes.
-Yo solamente lo digo. -Repitió, marcando cada palabra en su gesto irritado.

Mi hermana. Ojalá pudiese llamarla de otro modo. Yo pensaba que las hermanas eran amigas con las que crecías. Que tener una hermana mayor significaba que ella te cepillaría el pelo mientras le contabas tus miedos y le hacías preguntas sobre los chicos. La mía no es así. Es un alma ilegible. La niña sin emociones. No acostumbro a hablar de ella. No voy a hacerlo ahora. No sabría.

En mi casa, siempre me han visto débil, frágil. Me han inculcado la dureza en el carácter, pero han obviado mis sentimientos, que no se pueden barrer bajo la alfombra. De todos modos, han hecho un buen trabajo, o eso creo. Fuera de casa, la gente me ve fría, pero tan de hielo soy que a veces me derrito. Me maquillo los ojos de color gris humo y me creo a salvo, tras mi coraza gélida, de las heridas que pueda causarme la vida.

Hoy me he despertado con el alma templada. Fuera hace sol, pero en esta época del año, raro es que el sol caliente mis huesos helados. Me he puesto la sudadera gris, está vieja pero sigue siendo mi preferida. Con una taza de café en la mano, me he asomado a la ventana y he visto la vida pasar. Luego ha venido Lucas a interrumpir mis pensamientos. Lucas es mi mejor amigo. Es de color pardo y tiene los ojos verdes. A menudo se pasea con esa dignidad tan propia de los de su especie, con la cabeza alta y el paso ligero, blando y esponjoso. Me gustan los gatos, siempre he creído que en ellos viven almas atrapadas. Son inteligentes, pero no como los perros. Los perros siempre buscan compañía, necesitan del amor de otros, son dependientes. Los gatos, en cambio, pueden amarte desde la más absoluta indiferencia. No necesitan de tu compañía, aunque la valoren. A veces, cuando me siento a tejer frente a la ventana pequeña, la que está junto al radiador, Lucas me mira fijamente, como si de un momento a otro fuese a hablar. Yo le devuelvo la mirada y espero un segundo, pero nunca dice nada.

El niño compañero se levanta media hora más tarde y me da un beso suave en la coronilla, mientras me abraza desde detrás.

-Buenos días, rubia.

Yo sonrío con calidez inusitada.

-¿A qué hora es la exposición? -Me pregunta.

-Es a las doce. Será mejor que me ponga las pilas.
-¿Es en el centro cultural?
-Sí.
-¿Quieres bajar a desayunar antes? Me parece que casi no queda nada en la nevera. -Sugiere.

-Vale, pero voy a ducharme primero. 

Le doy un beso al niño y me encamino a la ducha.

A las doce menos cuarto, entramos en el centro cultural. Me saluda Marisa, la responsable de la exposición, que se nos acerca muy sonriente y cordial.

-Sara, lo tuyo está justo detrás de ese panel gigantesco. -Dice, señalando el mencionado panel con el dedo. -Luego me acerco.

El niño compañero me mira y sonríe. Por un instante, consigue derretir mi expresión glacial. 

-Qué orgulloso estoy de ti, cariño. Eres una artista. -Me dice, sonriendo.

Le devuelvo la sonrisa. No estoy acostumbrada a los halagos, a pesar de que recibo muchos por su parte. Nunca sé qué responder. Solamente sonrío y arrugo los ojos brillantes. 

En la pared frente a nosotros hay dieciocho fotografías. Todas las fotografías son de caras de personas. Las he tomado yo en el último año. Entre ellas, hay una mujer con una cicatriz que le corta la ceja y el párpado superior. Está fumando un cigarrillo. Al lado, la imagen de un hombre con la cara llena de tatuajes. Hay rostros de niños y algún anciano. Entre todas las fotos, sin embargo, hay una que atrae a los curiosos como la miel a las moscas. Esa mujer de cincuenta y tantos que sonríe en la foto, enseñando una dentadura estropeada, luce arrugas en la frente y patas de gallo. Lleva demasiado maquillaje y, a pesar de su sonrisa, todos saben que no es feliz. "La niña María" termina siendo la foto con más éxito de toda  la exposición. Imagino a María quejándose porque no he retocado la fotografía. Imagino a María acariciando la imagen con los dedos anchos y las uñas picudas, mientras bebe un vermú en copa fina, recordando tiempos mejores.

-Sara, qué maravilla. -Me dice Marisa, que aparece por sorpresa.
-Gracias. -Respondo.
-Tienes un talento increíble, no te miento, Sara. Captas los sentimientos a pesar de las máscaras que la gente utiliza para ocultarlos. Es impresionante.
-Yo solamente hago fotos. -Digo con una humildad incómoda.
-No seas tan modesta, cielo. -Dice el niño compañero. -Si ella te dice que vales, es que vales ¿no? -Pregunta dirigiendo la mirada a Marisa.

Marisa asiente y sonríe.

-Un día tendrás que explicarme de dónde sacas el talento para escudriñar las almas de la gente.

Sonrío de nuevo, no sé bien cómo. Marisa se excusa porque tiene que atender a otras personas. El niño compañero y yo salimos de la exposición y nos encaminamos a casa.

Dice Marisa que escudriño a la gente. Quizás sea cierto. Es relativamente diseccionar a los demás desde mi púlpito helado. Basta con mirarles y pensar que sus sonrisas ocultan tristeza, que sus lágrimas esconden miedo y que su maquillaje oculta un alma sin sosiego. Como hacen mis ojos ahumados. A lo mejor no es cierto. A lo mejor la niña María es feliz. No. No lo creo. Jugó todo a una carta y perdió. Nadie puede ser feliz sin amor. Hay quien no puede ser feliz ni siquiera teniéndolo.

Al entrar en casa, Lucas se pasea entre mis pantorrillas, rozando su peludo cuerpo contra mí. Es su manera de decir que me ha echado de menos. Después de quitarme el abrigo y de calzarme mis zapatillas de andar por casa, lo cojo entre mis brazos y lo sujeto contra mi pecho. El niño compañero se ofrece a hacer la comida. Escucho como trastea en la cocina. Oigo el chatarreo de cazuelas y cucharones, el tintineo de los vasos. Lucas y yo nos asomamos a la ventana y vemos pasar a la gente. Vemos salir del bar a la niña María, que camina con un pitillo en los labios y las manos en los bolsillos, sin saber que hoy cambiará de nuevo su vida.