viernes, 25 de octubre de 2013

Niñas Raras. Capítulo tres: De cómo me enamoré de ti por última vez


Precioso día aquel seis de noviembre, entre un verde y un gris que no atormentaba. Me apetecía un café de verdad y bajé a buscarlo. Me puse unos pantalones de chándal negros, una sudadera y la bufanda roja, porque era una mañana hermosa pero fría. Las calles ya habían despertado hacía rato. Me abrí paso entre kioscos de prensa, vecinos paseando a sus perros y niños que disfrutaban del sabor de otro sábado en la ciudad.

Caminaba deprisa, con las manos casi heladas en los bolsillos y la cabeza encogida, como tratando de meterla junto con el cuello, debajo de la bufanda. Miraba la acera y veía los pies de las personas con las que me cruzaba. Notaba el sol tibio en la coronilla y el aire gélido tratando de atravesar la poca ropa con la que había salido en busca de mi desayuno.

Al entrar en la cafetería, me invadió el olor a expreso y a churros fritos. Decidí que ambos eran dignos de ser parte de mi mañana. En una bolsa de papel marrón que me calentaba las manos, los saqué de allí al frío de las calles. Y ahí estabas tú, con la sonrisa de los días inciertos, con la mirada de lo que aún está por suceder. Tú, bajo tu cazadora marrón, con las manos en los vaqueros y las botas medio desatadas.

-Marta. -Dijiste.

Te miré un siglo entero. 

-¿Qué...qué haces tú aquí? -Creo que dije.

-Lo mismo que tú, comprar café y churros.


Y aquella sonrisa duró hasta siempre.

-No... quiero decir... ¿qué haces en Madrid? ¿Cuándo has vuelto?
-No he vuelto, Marta. Estoy solamente de visita, por un tema del trabajo. -Hiciste una pausa. -Y, bueno, no sé, supongo que de algún modo sabía que no habrías renunciado al ritual del sábado por la mañana. Me alegra no haberme equivocado. -Me miraste de arriba a abajo. -Estás... vaya, no has cambiado nada.
-Yo...no. Yo, bueno, no. Supongo que no. Pero, vaya... es... es increíble verte aquí.

Lo sé. Mi cara de imbécil no tenía precio. El frío había dado paso al calor de verte, mi error, mi amor.

-Si me das un minuto para que compre un café te acompaño en tu desayuno.
-Sí, sí, claro. Aquí te espero. -Contesté.

Sacaste unas monedas del bolsillo mientras entrabas en el local. Desapareciste unos minutos. Y allí estuve ese tiempo extraño, bajo el cielo cobrizo de aquel frío sábado madrileño, incapaz de entender si la vida me daba una nueva oportunidad o si simplemente me recordaba cuan tonta fui.

La había cagado bien la vez anterior. Ya lo sabes, soy la niña racional, la que hace siempre lo debido y nunca lo que desea. Joder, te amaba tanto. Pero el amor nunca es suficiente, siempre hay otras cosas menos importantes que acaban importando más. 

Saliste de la cafetería con tu sonrisa sempiterna.

-Vamos.
-. Vamos. -Dije.

Caminamos hasta la parroquia de San Lorenzo, que se alzaba digna entre las callejuelas. Entre tú y yo, sólo unos pocos centímetros de cariño falto de riego. En la minúscula plazuela, la niña Carmen tostaba castañas. Parecía que hubiese estado allí siempre, igual que nosotros.

-Dime, ¿qué has hecho últimamente? -Preguntaste.

Me recoloqué la bufanda como pude.

-Bueno, poca cosa. No estoy demasiado inspirada. -Hice una pausa para beber. No te miré pero te veía a través de mi delirio. -El mes pasado expusimos en el bar de Tino. ¿Te acuerdas que antes íbamos mucho por allí? Bueno, pues vendí, pero dos fotos nada más. La verdad, si no fuese por el trabajo en la revista me moriría de hambre. 

Hice una pausa. Tú bebías café y escuchabas cómo mis ambiciones se habían escurrido entre mis dedos. Continué:

-Pero, oye, mejor cuéntame tú qué estás haciendo aquí. Mi vida es más o menos la misma de siempre.

"Salvo que no estás tú. Y que te echo de menos".

-Tengo una reunión para un proyecto. Es mañana por la mañana, pero esta noche tenemos una cena. Si no haces nada, podrías venir.
-¿Yo? No, no. Es una reunión de trabajo...yo no pinto nada. Y, por cierto ¿qué proyecto es ése? ¿En Madrid?
-Es para levantar un centro de convenciones en la zona norte, cerca de las cuatro torres. Se supone que nos lo aprobarán mañana. Luego me marcharé a Roma. Por favor, ven a cenar esta noche. Quién sabe cuándo volveremos a vernos... 
-En serio... no creo que sea buena idea, tendréis que hablar de trabajo... -Me excusé.
-Será una cena informal. -Me interrumpiste. -Con los promotores y algunos amigos. Venga, no te hagas más de rogar. Te pasaré a buscar a las nueve.
-No sabes dónde vivo. -Repuse en un tono infantil mientras remataba mi café.
-Tu vida es la misma de siempre, ¿no? -Soltaste en tono burlón.
-Sí, la misma de siempre.

El paseo terminó con un largo abrazo en Embajadores, donde tomaste un taxi que de nuevo te apartaba de mí. Dos años antes, habíamos dado estos paseos muchas veces, cogidos de la mano, cuando aún no había cometido el gran error de dejarte ir. Dicen que es la mayor muestra de amor, pero es una estupidez. Si amas a alguien, no quieres que se marche, aunque sea lo mejor para esa persona. 

De nuevo en casa, traté de terminar el maquetado que debía presentar el lunes, pero mi cabeza estaba demasiado ocupada pensando en ti. Sentía una mezcla de alegría y de miedo. Estabas aquí pero te marcharías otra vez. ¿Qué clase de conjuro podría yo usar para evitar que te fueses de nuevo? Si pudiese volver atrás te aseguro que te atraparía y nunca te dejaría ir. Niña miedosa, niña cobardica. ¿Por qué ser amiga del hombre al que amas? ¿Dónde se compra la receta del egoísmo?

Niño, por tu culpa no acabé mi trabajo, ni comí, ni dormí mi sagrada siesta de los sábados. Por tu culpa eran las seis y estaba ya pensando qué ponerme. Niño que me vuelve loca.

A las ocho y media te esperaba sentada en el brazo del sofá, con mi segunda copa de vino blanco en una mano y el teléfono móvil en la otra. Levanté la mirada. Mi piso es pequeño. Hay pocos muebles y muchos libros. Hay fotos en la pared, algunas son de cuando la niña María aún cantaba en el bar Segundo, antes de que la vida la andase jodiendo.

A las nueve y cinco sonó el timbre y empezaba la prueba. Quizás hubiese sido aquella mi última oportunidad. Con tu traje gris oscuro y los botones superiores de la camisa desabrochados, me nublaste el juicio y sabes que eso no es fácil, que soy de temperamento granítico. Cuánto te amo.

-Qué guapa, Marta. Vámonos.

Te hubiese seguido al fin del mundo si hubiese hecho falta, aun con aquellos zapatos incómodos que me comían la piel de los talones. Mientras me llevabas de tu brazo escaleras abajo, me preguntaba cómo demonios iba a impedirte vivir tu vida habiendo sido yo quien, en primer lugar, te empujó a ello.

La cena fue agradable y, sí, tal como prometiste, informal. La charla empezó con cuestiones relacionadas con el proyecto pero, a partir de la tercera botella de vino, tomó otro rumbo.

-¿Sales con alguien, Marta? -Preguntó uno de tus amigos.
-No. -Dije tímidamente sin dejar de mirar mi plato mientras trataba de cortar otro pedazo de carne.
-Vaya, vaya, Pablo, no pierdes el tiempo ¿eh? -Dijiste mientras reías.
-Venga hombre, sólo era una pregunta... -Se excusó el tal Pablo.
-Marta y yo salíamos juntos, ¿sabes? Era mi chica... -Dijiste con cierta sorna mientras te llevabas la copa a la boca.

Mierda. ¿Por qué soltar aquello allí y en aquel momento?

-¿En serio, Marta? -Preguntó Pablo. -¿Y por qué le dejaste? Venga, cuéntanos los trapos sucios...
-¿Por qué asumes que me dejó? -Dijiste si parar de reír.
-Tiene razón. -Interrumpí. -En realidad fue una decisión mutua. -Expliqué. -Por el bien de ambos y de nuestro... nuestro futuro profesional. 

Fue terminar de decirlo y pensar que aquélla era la excusa más estúpida que jamás había escuchado para tratar de justificar una ruptura. Pero, ¿qué otra cosa podía decir? No iba a explicarle a tu amigo Pablo que te dejé ir porque me dolía pensar que te estancabas por mi culpa, o porque tenía miedo de ser un lastre para ti, o de que tú lo fueses para mí. Desafortunadamente para ambos, Pablo seguía sintiendo curiosidad por nuestro pasado juntos. Y también por nuestro presente.


-Y dime, ¿ha vuelto la chispa? -Insistió Pablo.

Yo callé y te dejé responder.

-Ahora somos buenos amigos nada más.

Me miraste fijamente pero no supe leer ni entender tu misterio.

Tras la cena, te ofreciste a acompañarme a casa. Me negué la primera vez, y alegué que no me importaba tomar el autobús nocturno. Fue un riesgo tonto, lo sé. Si estaba claro que quería que me acompañases, ¿para qué hacerme la dura?

Insististe. No quise rechazar la segunda oferta. Volvimos a pie.  Tú llevabas tu brazo sobre mi hombro. El alcohol, dicen, es traicionero. Otras veces, es sólo el empujón que necesitamos para dar ese salto al vacío que llevamos todo el día queriendo dar. A mí, el vino no me hace más fuerte, sin embargo. No salían de mi boca las palabras que, en realidad, quisiera haber pronunciado. Por suerte para mí.

-¿A qué hora es tu vuelo mañana? -Pregunté, en cambio.
-Temprano.

Quitaste tu brazo de mi hombro y llegamos a mi portal. Me quedé allí quieta un segundo y esperé el milagro. Niña soñadora, niña voladora. Me miraste y esbozaste una media sonrisa. Luego me tocaste la punta de la nariz, en un gesto paternal. Vamos, estoy lista. Se hizo un silencio de esos eternos. Te pasaste la mano por el pelo y esquivaste la mirada un segundo.

-Marta... voy a casarme.

Maldito niño cruel.



jueves, 17 de octubre de 2013

Niñas Raras. Capítulo dos: La niña aburrida


Se llama Ana. Ha vivido toda su vida entre algodones blandos y tarjetas de crédito sin límite. Hija única y niña de los ojos de su padre, el constructor que se hace rico a golpe de burbuja inmobiliaria. Ana es alta y delgada. Tiene las piernas largas y flacas, como de gallina, y se le separan cuando camina, haciendo obvio el abismo que separa sus muslos. La espalda recta y la cabeza alta, no se arruga, es orgullosa. Sobre los hombros, una cabeza simétrica pintada con ojos grandes marrones y cubierta de pelo rubio teñido y lacio, poco abundante, poco espeso, largo hasta los hombros. La sonrisa es extraña, tiene una de las dos paletas más grande que la otra, un tanto sobrepuesta, y los caninos son demasiado prominentes. No digo que sea fea, no. No lo es. Es una mujer común entre las mujeres comunes.

Todos los días, Ana se levanta y se asea. Se recoge el pelo con una goma y se lava la cara con agua y un gel exfoliante muy caro. Luego se mete en la ducha de baldosas color crema y deja que el agua resbale por su espalda huesuda. Después, desayuna frugalmente. A veces toma un yogur desnatado o una manzana. Nunca bebe café. 

Ana escoge entre las toneladas de trapos caros que inundan su vestidor de cinco puertas. Siempre elige algún conjunto insulso con el que está mona, que se diría, pero poco más. Se seca sus pelos finos de color maíz fosco y se maquilla con sutileza. Ella es una señorita con clase, no va a ir por ahí pintada como una puerta.

Antes de salir a trabajar, Ana da un beso al niño con principios, que sigue durmiendo en su cama de matrimonio decente, con el brazo bajo la almohada y medio destapado. Solamente son las ocho de la mañana y el día es siempre demasiado largo.

El padre de Ana le consiguió un empleo a su hijita del alma. Uno sencillito, bien remunerado, claro. No en vano, hay una hipoteca millonaria que pagar. Es la jefa en la agencia inmobiliaria, poco importa si se quedó estancada en primero de bachillerato o si escribe con faltas de ortografía. No digo que sea mala en su trabajo. No lo es. 

El niño con principios se levanta a las diez. Se rasca la barriga y bosteza sentado en el borde de la cama. Es como el león que se ha dado un gran atracón para luego disfrutar de una larga siesta. Para ir de caza ya está la leona. Él sólo caza por placer y diversión. 

Se mete en la ducha y piensa en mí. Imagina cómo sería estar ahí, debajo del chorro de agua caliente conmigo, enjabonándonos sin perder el control. Ve mi cuerpo en su mente. Yo no tengo piernas de gallina. Es más, mis piernas son demasiado anchas y musculosas como para considerarse bonitas. En su mente calenturienta, me toca con las manos resbaladizas por el gel de baño. Ahora tiene una erección considerable. Se mira y empieza a tocarse. Primero son solamente caricias, luego se acelera considerablemente hasta correrse en los azulejos.

Se sienta a desayunar. Hoy toma huevos, pan tostado y un café. También ataca la tableta de chocolate negro que le tienta desde la nevera. No importa, luego quemará esas calorías prohibidas. Después del desayuno se viste con ropa deportiva, unos ciclistas negros y una camiseta transpirable. Se calza las zapatillas y sale a correr por la playa. La casa de hipoteca monstruosa se queda vacía.

Alrededor de la una, la niña aburrida vuelve a casa. Ya ha trabajado bastante. Suelta el bolso y va hasta la cocina. No sabe qué hacer de comer hoy. Seguro que el niño querrá macarrones o algún plato contundente. Ella se conformaría con una ensalada. Decide preparar ambas cosas. No es mala cocinera.

Cuando llega el niño con principios, Ana va vestida de andar por casa, con unos pantalones de pijama, una camiseta gris de manga corta y unas zapatillas. Se ha recogido el pelo en una coleta para cocinar y se ha desmaquillado. Al niño le gustaría llegar a casa y encontrarse una diosa del sexo vestida con camisón o ropa interior, lista para la acción. No le entusiasma ver a su mujer en pijama y lavando las hojas de lechuga bajo el grifo del fregadero.

Le da un beso en la mejilla.

-Estás sudado. -Le dice ella sin mirarle. -Dúchate mientras acabo de preparar la comida.
-Vale, cariño. No tardo nada. -Responde él, y le da otro beso, esta vez más cerca de los labios, y más ruidoso.

El niño con principios vuelve del baño y se sienta a la mesa. 

-¡Qué buena pinta, cielo! -Dice mientras ataca el plato de macarrones.

Ella sonríe y come su ensalada lentamente.

Durante la comida, la conversación es banal y vacía. Gira en torno a la emocionante vida de Ana en la oficina y la cantidad de kilómetros recorridos por el niño durante la mañana. Después de comer, Ana pone los platos en el lavavajillas y se lava los dientes. El niño con principios ya se los ha lavado. Ahora está estirado en el sofá, listo para su siesta.

-Ven aquí. -Le dice a Ana.
-¿Para qué?
-Ven aquí, anda. Vamos a estirarnos juntos un rato.

Ella lo mira desconfiada.

-Pero a dormir, ¿eh? -Apunta.
-Ven.

Ana se estira junto a su hombre, que ahora va vestido con unos pantalones cortos negros y una camiseta azul. Huele a jabón y a testosterona. Ella se abraza a él tiernamente y él tiene una erección. Empieza a acariciar el cuerpo de Ana y a buscar su boca. Ella se hace la sueca, hunde su cabeza en el pecho de él y comunica gestualmente que quiere dormir. Él insiste.

-Dame un beso.

Ella le da un beso seco en los labios.

-Va, a dormir. -Dice.
-Ahora no quiero dormir. 
-Pero yo sí.
-Podemos dormir después. ¿Recuerdas cuando estrenamos este sofá? -Insiste él, con tono pícaro.
-En serio, quiero dormir.
-Vale, vale. Duérmete.

Cuando Ana se queda dormida, él se levanta del sofá y va a la cocina. Se sirve un café y me envía un mensaje.

"¿Qué haces?"

Leo su mensaje dos horas más tarde, cuando salgo de trabajar, justo en el momento en que Ana se lava la cara tras su siesta. Él se ha pasado las dos horas esperando mi respuesta, bebiendo café y buscando tonterías en Internet. Cuando descubre que Ana se ha levantado, le pregunta:

-¿Quieres ir al cine?


Ana se acerca a él y le rodea con los brazos. Le da un beso y asiente. Así que se van al cine. Antes de entrar, él compra palomitas dulces y un refresco. Ella compra una botella de agua y chicles sin azúcar. Durante la película, él la acaricia tiernamente y busca sus besos. Ella se los devuelve sin demasiado entusiasmo. Hace años no veían la película, se pasaban la sesión con las manos y las bocas ocupadas en otros menesteres.


Cuando vuelven a casa, Ana prepara la cena. En el frigorífico hay patatas y merluza. Pela las patatas y las pone con el pescado en una fuente que luego mete al horno. Él vuelve a la carga. La rodea desde atrás con fuerza. Esta vez, ella no se resiste. Se besan apasionadamente y ella le conduce al dormitorio. No quiere echar un polvo en la cocina. Es una guarrada.

En la cama, desnudos, él la penetra con ganas, lleva todo el día deseando desahogarse. Cada vez le da más fuerte y, con cada embestida, se pone más y más cachondo. Para él, el sexo es una guerra violenta entre dos o más personas. Desea cogerla del cuello pero sabe que a ella no le gusta. Desea agarrarla del pelo pero sabe que ella no se dejará. Desea azotarla en el culo pero sabe que ella se negará. Así que él insiste en embestir con la fuerza de un animal, gruñendo a cada golpe. Y ella empieza a sentirse incómoda. Ella quiere que él le haga el amor, no que la violente. Quiere caricias tiernas, besos húmedos y un sexo amable. Pero él no. Le da la vuelta sobre la cama y la penetra desde atrás, mientras empuja su cabeza contra el colchón. Ella se revuelve y dice:

-Lo siento, no me encuentro bien. 

Y ahí se queda él, erecto y palpitante, empapado en sudor y rabioso. Sin embargo, dice:

-¿Qué te pasa?
-Nada. Solamente estoy un poco mareada. Creo que es mejor que me acueste.

Él asiente de mala gana, se viste y sale al comedor. Ella se mete en la cama. Esa noche, él no duerme. Saca el pescado del horno. Se ha quedado un poco seco. Luego se estira en el sofá y se hace una paja pensando en mí. Se corre y mancha un cojín. Después va a la nevera y se come lo que queda de la tableta de chocolate.

Respondo a su mensaje:

"Estoy bien. ¿Qué tal ha ido el día?"

lunes, 14 de octubre de 2013

Naranjas de la China: Suzhou y Luzhi

Este año me he propuesto ahorrar. Sí, me lo propongo cada año. No, casi nunca lo consigo. Pero este año tengo que conseguirlo, porque digamos que mi culo inquieto ya empieza a necesitar de ciertos cambios de aires que van a requerir un colchón económico. Para ahorrar, tengo que hacer dos cosas, no sucumbir tan fácilmente ante los escaparates de las tiendas chinas y viajar menos. No obstante, apenas hace un mes y medio que regresé de mis vacaciones en España (con un lapso en la Riviera Maya...) y ya me he montado una escapadita que, de momento, me obliga a posponer mi objetivo de ahorrar. Qué le voy a hacer... 

En esta ocasión me acerqué a Suzhou, una de las ciudades más importantes y la más bonita de la provincia de Jiangsu, a unos cuatrocientos kilómetros de Tianchang. Escogí Suzhou porque solamente tenía cinco días libres (y las distancias en China son enormes...) y porque mi amiga Jing Lu insistió mucho. Jing es china pero ha vivido en España tres años, dos en Madrid y uno en Salamanca, ciudad en que nací. Habla un español muy bueno y es nativa de Suzhou, con lo que era, pues, mi guía perfecta.


Mis vacaciones empezaron un martes. Tomé un bus directo desde Tianchang, justo elegí el que salió una hora y media tarde... Odio viajar en autobús, y más en China. En primer lugar, juegas a la lotería. Te puede tocar un autobús nuevo y reluciente o una lata de berberechos renqueante y sucia. Además, no puedes ir al baño cuando te apetece, lo que a veces implica aguantar cuatro o cinco horas, porque en algunas ocasiones el autobús hace alguna parada... pero en otras no. Sin embargo, en Tianchang no hay estación de tren, que es la mejor manera de moverse por aquí, así que no tenía alternativa. Tardé cuatro horas y media en llegar a Suzhou y Jing me esperaba para recogerme. Había venido con un amigo en coche. Había mucho tráfico, así que tardamos un buen rato en llegar a mi hotel. 

Dejé la maleta y fuimos a cenar. Jing eligió un restaurante en el centro y pidió platos típicos de la zona para que los probase. Lo siento pero, a pesar de que conozco la enorme diversidad de la cocina china, no encuentro grandes diferencias de una zona a otra... No digo que no estuviese todo muy bueno, ¿eh? Pero a veces moriría por algo tan sencillo como un trozo de pan con queso. En fin...


Después de la cena fuimos a pasear a Pingjiang Lu, el canal más bonito de esta ciudad que fue bautizada por Marco Polo como la "Venecia del Oriente". Alrededor de los canales iluminados con farolillos rojos se amontonan tiendas y puestos de artesanía y comida. Es un lugar maravilloso para perderse, lástima que siendo vacaciones estuviese tan concurrido. Aun así me encantó y me agencié un juego de mahjong artesanal por cuarenta yuans (menos de seis euros). 



Al día siguiente, Jing y yo quedamos temprano para ir a visitar los jardines. En Suzhou hay multitud de ellos. Se trata de antiguas casas chinas que pertenecían a las clases altas, rodeadas de maravillosos patios, estanques y laberínticos jardines. Hay que hacer cola y hay que pagar (dependiendo del jardín, la cosa varía entre los cuarenta y los cien yuans), pero uno no puede irse de Suzhou sin ver, al menos, uno de ellos. Nosotras entramos en dos. Primero fuimos al Jardín de los Leones y luego al Jardín del Pescador. El más famoso es el Jardín del Administrador, pero la cola para entrar llegaba a Pekín y yo no tengo tiempo que perder. 




Jing tiene una licencia de guía turístico así que fue un lujo llevarla conmigo. Me explicó que, en las casas había una zona para recibir a los huéspedes, una sala de té y un fumadero de opio para las mujeres. Me detalló las escrituras en los dinteles de las puertas y cada dato acerca de los muebles, las flores, las obras de arte... que nos rodeaban.

Comimos por la calle y luego tomamos un tuk tuk, una especie de calesa guiada por un chino en bicicleta. El nuestro, además, iba cantando por soleares. Fue un bonito paseo por las calles del centro de la ciudad, que es limpia pero bulliciosa. Después de hacer algunas compras, volví al hotel a ducharme porque habíamos quedado con unos amigos de Jing en un club del centro. Lo bueno de ir de fiesta con chinos es que siempre pagan ellos. Bebí champán, tequila, un gintonic, cerveza, whisky... No me costó un euro. 


Al día siguiente, mi resaca gratuita me retuvo en la cama del hotel hasta las once. Supuse que Jing estaría igual y no la quise molestar, así que salí a pasear yo sola. Incumplí el mandamiento de no comprar más ropa. 

Jing me llamó por la tarde para ir a cenar marisco. Fuimos a un bar cerca de mi hotel y nos pusimos ciegas de cangrejo, almejas y gambas por poco más de ocho euros cada una. Luego fuimos a ver la Pagoda de siete pisos, una auténtica maravilla. Después fuimos a cenar a la zona antigua, a una casa tradicional china. Teníamos una especie de salita sólo para nosotras y la comida era buenísima y muy barata. Para terminar el día, nos echamos una partida de billar en un pub irlandés del centro.



El jueves fuimos de excursión a Luzhi, un pequeño pueblo de agua cercano. El trayecto en autobús duró unos cuarenta minutos. Al llegar me sentí algo decepcionada, pues lo que vi al bajar del autobús no me pareció especialmente interesante. No obstante, un par de calles más abajo entramos en el pueblo, que es absolutamente mágico y probablemente lo más bonito que he visto en China hasta la fecha. Los canales, sus barcos, los farolillos, las flores... todo está pensado para que no quieras marcharte.

Le dije a Jing que no pensaba irme sin dar un paseo por los canales, así que pagamos veinticinco yuans cada una y subimos a una barca junto con otras dos chicas. La mujer que la guiaba le explicó a Jing que, de los cien yuans que costaba el paseo, ella sólo veía diez. Esta es la realidad de China. Triste pero cierto.



El paseo fue maravilloso. Los canales están bastante limpios y no huelen mal. A nuestro alrededor, gente paseando, tiendas, restaurantes, flores, música... una delicia para los sentidos. Bajamos de la barca y vi una chica vestida con la indumentaria tradicional china. Le dije a Jing que quería hacerme una foto con ella y entonces Jing me dijo que, si quería, yo podía vestirme como ella y me harían fotos. No me lo pensé dos veces.

Generalmente cobran unos treinta yuans por unas seis fotos, pero llegamos a un acuerdo con la chica que las hacía y nos dio quince fotos por cincuenta yuans (menos de siete euros, una décima parte de lo que costaría en España...). La chica me dijo que escogiese un vestido de la tienda y me decanté por uno de color rojo. Luego me peinó y me hizo todo tipo de fotos con sombrilla, flauta, pai pai y un montón de objetos tradicionales. A mí, que soy rara, me encantan mis fotos friquis. Siento decir que no todo el mundo las aprecia igual... Después de la sesión de fotos, fuimos a comer, compré unos dulces y volvimos a Suzhou. 


Al día siguiente regresé a Tianchang, con bastante menos dinero en el bolsillo pero con otra aventurilla en la mochila. Ahora sí, prometo que voy a ahorrar...



jueves, 10 de octubre de 2013

De tontos enamorados y enamorados tontos (About silly lovers and stupid in love)


Hoy soy capaz de todo. 
Podría comer la tierra que piso 
y saltar al vacío 
y maldecir tres veces lo que más amo. 
Pero sólo hoy. 

Pásame el chicle de tu boca, 
masticado y sin sabor, 
me sabe a ti, de todos modos. 
Quizá esté loca.
¿Hay pastillas que curen esto? 

Puedes, si quieres, colgar tú el primero, 
decir "Yo también
en lugar de "Te quiero". 
Hoy vas tú por delante, 
yo soy tu sombra y también tu sendero.

Tienes veinticuatro horas para recibir sanvalentines, 
para olvidarte de ellos, 
para empezar y dejarlo, 
y para empezar de nuevo. 

Hoy voy a seguirte hasta el mismo infierno, 
vendí mi carácter y compré un billete 
para irme contigo donde nos lleve este juego. 

Te haré el desayuno, 
echaré tus cartas, 
haré galletas.
Miraré cómo duermes y no esperaré nada, 
solamente quiero que me lleve este puto sentimiento 
que me engaña y me quita la felicidad mientras me la da.

¿Y qué más da si no es verdad? 
¿Qué me importa si roncas, si te llevas la sábana?
No me importa ser tu escudera, aunque ojalá hubiese guerra. 
Y si, en la guerra, tus combates duran poco, ¿qué me importa? 
¿Y qué valor tienen las heridas que me dejas?

Voy a cambiarme el apellido, pues valor no tiene, 
ya cambié el alma, que sí lo tenía. 
Me daré una vez más de bruces contra tu frío, por una palabra sola. 
Hoy soy capaz de todo, pero mañana, mañana quién sabe.

________________________

Today I'm capable of anything
I could eat the earth I step on
jump into the void
and curse three times what I love most.
But only today.

Let's share that chewing gum from your mouth,
chewed already and tasteless,
it tastes of you, anyways.
Maybe I'm crazy.
Is there any medicine for this?

You can, if you want, hung up on me,
say "I do too" instead of "I love you".
Today you're steps ahead
I'm just your shadow and your way.

You have twenty-four hours to receive my valentines
and to forget them,
to start and end it up
and start again.

Today I'll follow you down to hell
I sold my character and bought a ticket
to go with you wherever this game might take us.

I will cook you breakfast,
send your letters,
bake cookies.
I'll observe your sleep and wait for nothing,
I just want this fucking feeling drive me away,
'cause it lies to me and steals my happiness while it brings.

And what if it's not true?
Why would I care if you snore, if you take the sheet?
I don't mind being your squire, although I wish there was a war.
And what if, in war, your battles last not long... Why would I care?
And what's the value of the wounds you leave me with?

I'll change my name, 'cause it's worthless,
I already sold my soul.
I will fall flat on my face, against your cold, for just one word.
Today, I'm capable of anything, but tomorrow, who knows.


domingo, 6 de octubre de 2013

Niñas raras. Capítulo uno: Niñas con principios


Empecemos. No tengo la menor idea de cómo he llegado al punto en que me encuentro. Imagino que se trata de un cúmulo de decisiones, aciertos, errores y algún que otro golpe de suerte. No me arrepiento de nada, y de todo me arrepiento. Es posible que me haya conducido hasta aquí el destino; o a lo mejor me he traído yo misma, a golpe de impulso irrefrenable.

Soy la niña sin principios, sin moral ni buenas intenciones. De genética hedonista y malas artes, soy mala perdedora y poco humilde. O eso dices tú, con tus palabras mentirosas. ¿Sabes una cosa? Quien no tiene principios eres tú. 

Eres atractivo, que no guapo. Masculino y atlético, magnético y narcisista. Tienes la sonrisa del diablo. Podrías acostarte con muchas, pero elegiste ser un niño con principios y no traicionar la confianza de la única con la que no disfrutas acostándote. Ese eres tú, el niño íntegro que vende cara su verdad.

Ella es una niña guapa, hasta cierto punto. Tiene una belleza sencilla, casi aburrida, creo yo. Cierto es que la miro con malos ojos. No puedo evitar sentir celos de quien consigue de ti lo que yo no consigo, sobretodo porque yo te doy lo que ella no sabe darte. Recuerda que soy la niña sin principios. Y ella, ella es la niña buena sin ambiciones, sin vocación. Y la quieres. Yo lo sé. Pero no la quieres a morir. Eso también lo sé. Imagino que ella también. Supongo que no le hace ni puta gracia.

Me deseas porque soy distinta, porque nunca pondría una cadena en tu cuello si no es para dominarte en la cama, porque nunca te necesitaría si no es para saciar mis apetitos. Eso crees tú, o quieres creer. Me miras como si fuese un helado de chocolate a punto de derretirse. Por eso me buscas, porque me encuentras. Y entonces jugamos y nos divertimos. Y ya está. Tú vuelves a tu casa, que es algo así como un palacio para príncipes y princesas de inversiones a medio plazo, piscina climatizada e hipoteca desmesurada. Y allí te relajas mientras juegas con tu teléfono móvil de alta gama, ese que ha pagado ella mientras me miras y te relames.

En realidad, todo lo ha pagado ella. Te ha comprado con su visa oro. Y te has vendido al precio que sea. No sé cuál. Pero ahí tienes ese coche carísimo que yo nunca te habría regalado, y esos cruceros por el Mediterráneo que nunca hubieses hecho conmigo. Eres como su pececillo de colores, nadando en un acuario enorme y precioso. En parte, desearías ver el mar y nadar libre. A veces me lo has dicho. Luego has corregido tus palabras, que no tus pensamientos. Se está bien en la pecera, y no te falta de nada. Solamente necesitas algo de emoción en tu anodina vida palaciega.

Y ahí entro yo, la niña sin principios, la que no vacila en golpear el cristal de tu pecera. Tú lo dijiste. A mí me da igual hacerle daño a ella. No me importa. No es mi amiga. Si yo tuviese principios, a lo mejor me mantendría lejos, a una distancia desde la que no pudiese desmontar vuestro palacio de borlas y arabescos.

-Estoy cerca de tu casa. ¿Tienes tiempo para un café? -Dijiste.
-Sí. -Contesté. -Pero tendrá que ser rápido, a la una he quedado para comer con un amigo.
-Vale, estoy ahí en cinco minutos.

Y ahí estabas.

No tomamos café. Estuvimos hablando en la calle, como dos amigos que no somos. Entre nosotros, medio metro de distancia y mucha precaución. No se me permiten, a pesar de mi ética, muestras públicas de afecto. 

Tus ojos repasaban mi cuerpo y yo no apartaba la vista de tu cara. Alguien apareció en nuestro mundo. Te conocía y estuvo hablando contigo. Te preguntó por ella y tú le dijiste que estaba trabajando. Luego me miró, examinando mi aspecto y mi postura, preguntándose mentalmente quién era la niña con la que hablabas tan animadamente. Supongo que debió pensar que no era de su incumbencia. Se marchó.

-Es un conocido de la familia de ella. -Me explicaste.

Me importaba una mierda quien fuese.

-No sé qué habrá pensado. -Añadiste.

Aún me preocupaba menos lo que pudiese pensar de mí aquel tipo que me había escrutado sin piedad.

Sugeriste ir a un lugar más íntimo, donde miradas indiscretas no pudiesen poner en peligro tu vida en la pecera cómoda y aburrida. Entramos en el portal. Me apoyé contra la pared y te acercaste mucho. Demasiado. Sentía tu respiración en mi cara y un cierto temblor que provenía de tu cuerpo. Como no tengo moral alguna, me puse cachonda con tu erección en mi vientre. No nos tocamos, seguimos charlando, con la voz baja y rota.

Clavabas tus ojos en los míos, como en una lucha perpetua, sosteniendo la mirada ardiente tanto como fuese posible. Ah, en eso siempre gano yo. Retiré un poco el trasero de la pared, echándolo hacia adelante para rozar mi pelvis con la tuya. Con las manos, jugueteaba con las llaves, que había sacado del bolso hacía unos minutos para abrir la puerta. Tú no sabías qué hacer con tus manos, tus pantalones no tenían bolsillos. Las apoyaste en la pared, a ambos lados de mi cabeza. 

Te acercaste a oler mi cuello y mi pelo. Sé que te gustó. Lo pude leer en tu cara. Yo estaba ganando la partida con mis malas artes de mala niña. Tú tratabas de contener a la bestia, que empezaba a asomar entre los barrotes de una jaula que te empeñas en cerrar con candado de tres vueltas.

Oímos pasos. Era una vecina que bajaba las escaleras. Te apartaste de mí. La vecina pasó por nuestro lado, seguramente pensando qué demonios hacíamos ahí, a plena luz del día. Aunque separados, en nuestras caras podía leerse la guerra que peleábamos, tú, contra tus principios; yo, contra ti.

La vecina salió del edificio. Miraste tu reloj.

-Tengo que marcharme. -Dijiste.
-Bien. -Repuse.

Pero no te ibas. Seguías allí parado, delante de mí, mi pecado de carne preferido, tembloroso, palpitante, loco de ganas de nadar en aguas bravas. Estiraste el brazo y me sujetaste el cuello con relativa fuerza. Yo no me inmuté. Mi entrepierna se recreó. Te miré desafiante y me besaste con furia desmedida, sin apartar tu mano de mi garganta. Me comiste la boca sin piedad durante un buen rato. Luego me dejaste ir.

-Será mejor que me vaya.
-De acuerdo. -Dije.
-Ya buscaremos otro momento para vernos. Hoy no puede ser. -Te excusaste.
-No importa. Ya te he dicho que he quedado. Tampoco yo puedo entretenerme.

Salimos a la calle. Tú te subiste a tu moto y te marchaste. Yo acudí a mi cita. 

Muchas otras quieren lo que yo te he quitado. A veces te pregunto:

-¿Por qué yo? ¿Por qué no ellas?

Cuando te pregunto esto, espero de algún modo saberme especial, porque yo soy la otra. Soy la niña con la que no duermes ni compartes.

A menudo me respondes:

-Tú tienes ese punto que te hace distinta. Nos entendemos bien. Queremos las mismas cosas.

No es verdad. Yo no quiero una pecera, aunque sea de cristal de Murano. No quiero aprovecharme del amor de otra persona y no me apetece ser alguien que no soy.

Casi siempre respondes lo mismo, pero en una ocasión dijiste la verdad. Tu verdad.

-Ella tiene principios. Entiende mi situación y nunca haría nada que pudiese herir a terceros.

Hablabas sobre otra niña que, al parecer, también tiene ese punto, como tú bien dices. Sé que no te importaría salir de la pecera y nadar en su estanque de vez en cuando. Ella es la niña con principios, a ella sí le parece mal romper tu pecera. Quizás yo debiera aprender de ella.

-¿Insinúas que yo no los tengo?
-Yo no he dicho eso. -Me corregiste.

Si te ofrezco pan y torta y eliges pan, es que no quieres torta.

Tú juegas con otras, las mimas y dejas que te mimen. Disfrutas con la caza y la pesca, aunque luego devuelvas los peces al mar. Engañas a quien te ama, le escondes secretos, le cuentas excusas de saldo. Pero yo no tengo principios. Eres el niño de los valores intachables y yo la niña de mala cuna. Créelo si así eres feliz y te sientes satisfecho. Sigue mirando tu mundo a través del cristal de tu pequeña cárcel, que yo soy libre, tengo principios y no he pecado. 




viernes, 27 de septiembre de 2013

La niña María (relato escrito en colaboración con Desirée Ruiz)



La niña María se acostaba todas las noches con una dicotomía. Eso, cuando se acostaba. A menudo pensaba, con la copa de vino en la mano, vacía, y el vino en el alma: "Qué cosas tiene la vida, buenas y malas, llena de duales dualidades". Siempre pensaba en la misma metáfora cuando trataba de describir su vida. Pensaba en aquella escalera mecánica, impersonal, fría, gris y pragmática. Se imaginaba a sí misma bajando la escalera, que era de subida. Por eso no avanzaba. Ay, María.

María amaba todo lo que la rodeaba. Y, como era dicotómica por naturaleza, odiaba todo lo que amaba. Salomónica y dogmática, así era María. Refutar era su verbo, irrefutable su adjetivo. No era complicada, como yo. No era sencilla, como nadie.

La niña María bajaba todos los días, al terminar su jornada, al bar de enfrente de su casa. Era un bar español de esos en los que las croquetas luchan a muerte contra la caducidad y la salmonela. De ésos que huelen a brandy y a bayeta mojada. Barra metálica rayada, por supuesto, y losetas casi sin color.

-Ponme una copa de vino blanco, Manuel. Pónmela en aquel vaso bajo, el que tú sabes que me gusta. -Decía salerosa.

Manuel, con su camisa blanca sudada, puños ennegrecidos, uñas largas y barriga saliente como una gárgola, sirvió el vino blanco en el vaso bajo, tal como pedía la niña María. Llenaba el vaso casi hasta el borde, que María no era tonta. 

Ella cogía el vaso lleno con su mano derecha, curtida y bronceada, de uñas de diabla. Lo levantaba justo hasta la altura de su frente y se relamía con la vista del líquido dorado, preciado premio de sus días grises. Bebía despacio, sorbo a sorbo. No es que le diese miedo acabar su copa, pues al terminarla ahí estaría de nuevo Manuel, botella en mano. Tampoco quería disfrutar de cada trago, ni sentir la acidez de la bebida resbalando por la garganta. Cómo encontrar el punto dulce de un vino barato del bar de la esquina. Tras cada sorbo, volvía a posar el vaso sobre la barra. Miraba al frente y pensaba en el número de escalones que había alcanzado aquel día. "Ni uno solo, tal que ayer". No importaba mucho. No era culpa suya, era la puta escalera mecánica, que se empeñaba en hacerla subir, cuando lo que ella quería era bajar. Volvía a centrar su mirada en el vino, empezaba a voltearlo, a marearlo, viendo cómo rozaba los cantos del vaso opaco, sin llegar a derramarse, con una precisión de autómata.

La niña María no saboreaba nada, ni siquiera los besos que alguna vez le daban en su cama. Ella no los pedía, ni los esperaba. Tampoco los impedía. Pero no los disfrutaba. 

María vació su vaso opaco y miró a Manuel, que estaba de espaldas, dándole un buen meneo a la máquina de café exprés. Esperó dos segundos y Manuel se dio la vuelta, como por arte de magia, como si supiese que ella le llamaba, mentalmente, para que no se detuviese el ritual. Tomó la botella del estante junto a la banderita, sin prisa, le sacó de un tirón el corcho y sirvió otra copa a María. La segunda.

Yo la miraba, desde la mesa que había justo al lado de la máquina tragaperras, mientras mi café cortado se iba quedando frío. Repiqueteaba con las uñas sobre la fórmica. No esperaba a nadie y nadie me esperaba. Miraba a María beber su vino de aquel vaso bajo y sucio. Veía su enorme trasero apoyado en el taburete del local, casi desbordándose por los costados. La conocía mejor que ella misma. Sabía lo que pensaba. A menudo me la había cruzado en las escaleras mecánicas.

Me tomé el café y pedí otro sin levantarme de la mesa. Mientras esperaba, la mujer del frutero se acercó a la tragaperras y soltó una moneda. No había terminado de ponerle azúcar al café cuando Manuel ya servía la tercera para María y la mujer del frutero pedía cambio de un billete de veinte en la barra.

María seguía con su ritual. Con la mente distraída, se preguntaba el por qué de todo. Pensaba en la jodida escalera. Llevaba un tiempo montada en ella. Años. Puede que siglos. Nunca llegaba a ningún sitio. Tampoco sabía si es que existía algún sitio al que llegar. A lo mejor, las cosas ya estaban bien como estaban, con sus noches de amor y odio. Con sus días de bar y vino. El mundo está lleno de cosas raras, sólo hace falta asomar la cabeza por la ventana. ¿Para qué ver más? Sigamos con el vino.

Terminé mi segundo café. Me levanté y me puse el abrigo. Fuera hacía un frío de mil demonios. En la calle aún había luces de Navidad colgando entre las farolas. ¿Cuándo pensaban descolgarlas? La mujer del frutero seguía buscando tríos de ciruelas y campanas a golpe de moneda y cancioncillas ruidosas de casino barato. El trasero de María de desbordó del todo del taburete metálico. Ella también se marchaba.

La niña María salía del bar contenta y subía a su casa. Se fumaba un paquete entero de tabaco negro. Y pensaba. Y cuando pensaba era malo, pero cuando pensaba de verdad era peor todavía. No sabía si había algo que la hiciese feliz. Todo a su alrededor le producía absoluta infelicidad, incluso las cosas que la hacían feliz, como el vino. Estar sola, sin ella saberlo, se había convertido en su mayor felicidad. 

Tumbada en su sofá de ante azul oscuro, algo roñoso pero cálido, echaba algo de menos, unas manos que la recorriesen, un aliento que saborear. No es que no lo tuviese, pero digamos que las manos que la recorrían y el aliento que la envolvía a veces no eran la medicina que ella deseaba, y además duraba poco. Echaba de menos el sexo sin contratos, el cuerpo de un hombre caliente, de un animal que la hiciese mujer a embestidas y jadeos.

Sí, la niña María había probado el compartir su vida con alguien. Hacía tiempo. No mucho. El suficiente como para que la añoranza se apoderase de ella tras la tercera copa de vino. La niña María se cansó de ser amada en el modo como la amaban. Se cansó de que la desearan, después de todo. Del deseo obligado, del deseo sin mirarse a la cara. De la rutina del no tener nada que decirse. Del mirar sin ver y del oír sin escuchar. La niña María tenía pánico de convertirse en lo que era.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Naranjas de la China: Ser mujer en China



Nací en China y soy mujer. Mi nombre no importa. Soy bonita. Tengo el pelo largo y negro y los ojos oscuros y brillantes. Siempre he sido buena estudiante, porque mis padres han insistido mucho en que los libros eran lo más importante. En la escuela tenía muchas amigas y, aunque fuera de ella apenas nos veíamos, compartíamos muchas horas diarias juntas. 

En el instituto, tener amigos era más difícil. Todos los días empezábamos a las siete y terminabamos a las diez de la noche. Solamente parábamos un par de horas a mediodía y otra hora por la tarde para cenar. Muchos sábados y domingos también debíamos ir a clase. Era una rutina durísima. Madrugar, ir a clase, comer, volver a clase, cenar, volver a clase, marcharse a casa muy tarde. Y vuelta a empezar. Así pasé mi adolescencia. Nada de ir al cine o a pasear con los amigos. Nada de novios, como las chicas occidentales. Solamente matemáticas, lengua, química... Los profesores decían que era muy buena estudiante, que se me daban bien las lenguas. También decían que se me daban bien las matemáticas, "a pesar de ser una chica".

La vida se volvió más fácil cuando fui a la universidad. Había menos presión, porque el objetivo ya estaba conseguido. Ir a una buena universidad es lo único que preocupa a los adolescentes chinos. La competencia es feroz y sólo los mejores lo consiguen. Esto es un país comunista. Aquí poco importa que tus padres tengan mucho dinero. Eso cobra importancia después, con el tiempo. 

En la facultad todo es más fácil. Estudias lo que quieres y el ritmo es más tranquilo. Los profesores no te dan tanto la paliza y te dejan más a tu aire. Mis padres no me dejaban a mi aire, a pesar de que había ganado algo de libertad tras haberme mudado a la residencia de la facultad. Seguían insistiendo en que estudiase. 

Yo me empecé a fijar en un chico de clase que me gustaba. A veces íbamos al centro comercial con otros compañeros, nos comíamos una hamburguesa y hablábamos de nuestras cosas. Nunca hubo nada más que miradas y sonrisas. Alguna vez me cogió de la mano. Eso es todo. En China, el contacto físico no es algo que surja de manera natural. Se guardan las distancias durante mucho tiempo hasta que se conoce bien a la otra persona. 

No sabría decir si llegué a enamorarme de él. No sé bien lo que es el amor. Solamente puedo decir que llegó un momento en el que me pasaba el día pensando en él y que me ponía muy nerviosa cada vez que él estaba cerca. Por suerte o por desgracia, dejamos de vernos en cuanto terminamos la carrera. Él regresó a su ciudad, que se encontraba a trescientos kilómetros de la mía. Para entonces, yo tenía ya veintidós años. 

Encontré un trabajo en una escuela elemental. Me gustan los niños, así que era el trabajo perfecto. Yo les enseñaba a escribir y ellos me pagaban con juegos y sonrisas. El sueldo no era ninguna maravilla, pero yo había vuelto a vivir con mis padres, así que tampoco es que necesitase más dinero. Aquella época fue buena, yo iba cada día a la escuela, hacía mi trabajo, regresaba a casa y mi madre me tenía lista la cena. Algunos fines de semana, iba a ver a una amiga que vivía en una ciudad cercana, íbamos de compras y a pasear. No me importaban demasiado los chicos y ya no pensaba tanto en mi antiguo compañero de facultad. Así estuve dos años, hasta los veinticuatro.

Entonces, mis padres se empezaron a poner nerviosos. O me casaba pronto o se me pasaría el arroz. Como yo no tenía novio -y la verdad, no me importaba- ellos se esforzaron en encontrar a alguien para mí. Unos amigos suyos tenían un hijo soltero que también debía casarse cuanto antes. Tenía veinticinco años y trabajaba en una fábrica de productos plásticos. Una noche, mis padres me dijeron que me presentarían formalmente al hijo de sus amigos. Yo no dije nada, asentí y volví a mi cena.

Recuerdo el día que nos conocimos. Pensé que no era guapo, que no me gustaba. Obviamente, no lo dije. Además, era más bajito que yo y empezaba a tener barriga. Pero, como daba igual lo que yo pensase, empezamos a salir. Lo habitual era dar paseos de la mano. De vez en cuando, si nadie nos veía, me daba un beso en los labios. A mí no me gustaba, pero eso era lo de menos.

Estuvimos dos meses saliendo. No hubo sexo. Eso es cosa de las mujeres occidentales. La mayor parte de las mujeres chinas esperan a estar casadas o, al menos, comprometidas. De todos modos, yo no quería tener sexo con él. Ni sabía. A veces notaba que él se ponía extraño después de darme un beso, que su cuerpo reaccionaba de manera... rara.

Mis padres y los suyos organizaron una cena. El propósito era formalizar nuestra relación con un compromiso. No nos preguntaron. Simplemente lo hicieron y a nosotros nos tuvo que parecer bien. Antes, mis padres se habían asegurado de que él tenía un piso y dinero ahorrado para comprarme las joyas de la boda. Su piso no era una maravilla, así que tuvo que comprometerse a arreglarlo y redecorarlo a mi gusto. Me compró unos pendientes de diamantes y una gargantilla a juego. También me compró pulseras y el anillo de pedida. Tuvo que dedicar los ahorros de su vida -y un enorme préstamo bancario- en alhajas para su prometida, y su tiempo en reformar la que sería nuestra casa.

Ahora, ya comprometidos, teníamos vía libre para acostarnos juntos. Generalmente, él se colocaba encima, me besaba, me tocaba y me hacía el amor -o algo parecido- en un tiempo récord. Yo lo vivía con relativa indiferencia. Jamás he tenido un orgasmo, ni sé lo que es, así que tampoco sabía pedirlo y, francamente, dudo que él hubiese sabido dármelo. 

Fueron también nuestros padres quienes decidieron la fecha de la boda, que se celebraría en unos pocos meses, en el Día Nacional de China. Luego, mis padres insistieron en que dejase mi empleo, pues debía dedicarme por entero a los preparativos de la boda. Y así, entre flores, música, vestidos, tartas nupciales y fotos, pasaron aquellos meses.

El día de la boda fue bonito. Yo estaba feliz, a pesar de no haber elegido ni a mi futuro marido, ni la fecha, ni siquiera el vestido o el color de las flores. Me sentía hermosa como una reina. 

Fuimos de luna de miel a Hainan. Pasamos una semana en la playa pero no tomamos el sol. Eso es cosa de occidentales. Yo llevaba un bañador rosa y un sombrero para protegerme del sol. Dimos paseos por la orilla cogidos de la mano. Tuvimos sexo común.

En diciembre, me enteré de que estaba embarazada. Nunca habíamos puesto medios para evitarlo, él siempre se corría fuera. Una vez casados, empezó a hacerlo dentro. No era una sorpresa, pero sí una gran noticia para la familia. Mis padres no cabían en sí de gozo. Su hija, que hacía un año era una solterona sin futuro, ahora sería madre, que es lo máximo a lo que puede aspirar una mujer. 

Durante mi embarazo, no me dejaron hacer prácticamente nada. Mi madre y mi suegra escogieron los muebles y la ropa para el futuro bebé. Como no sabíamos si sería niño o niña, había cosas de todos los colores. No se puede conocer el sexo del bebé antes de que nazca. Muchas niñas terminan en abortos provocados.

Tuve mi bebé en agosto del año siguiente. Felizmente, era un niño. Un niño sano y precioso. Yo sólo quería cogerlo y estrecharlo entre mis brazos, oler aquella piel suave. Pero ahora empezaría elZuo Yue Zi” que literalmente significa “sentada todo el mes”. 

Así pues, en China, las mujeres llevan una vida un tanto especial tras el parto. No pueden salir de casa durante un mes, no pueden ducharse hasta pasadas dos o tres semanas. Deben comer exclusivamente lo que les haya dicho el médico. No pueden ver la televisión, ni utilizar ordenadores u otros aparatos. Deben llevar un calzado especial e ir todo el día en pijama. Las sábanas de la cama no deben cambiarse, aunque el bebé se haya meado o haya vomitado en ellas. Lo único bueno del "Zuo Yue Zi" es que no tenía que limpiar ni cocinar.

Lo pasé mal. Tenía el pelo sucio, sólo podía lavarme el cuerpo con un paño. Estaba cansada de estar todo el día en casa. Hacía calor y yo quería salir a pasear. Mi suegra me tenía todo el día vigilada. "No hagas esto", "Come lo otro".

Para el bebé, las cosas no eran mejores. Debía dormir siempre boca arriba. Si se movía, lo volvían a colocar en aquella posición. Apenas me dejaban estar con él, sólo para darle el pecho y para dormir. El resto del tiempo estaba en brazos de mi suegra o de mi madre. No es común ponerle pañales a un bebé tan pequeño. Había que limpiarle a menudo. Junto a la cama, siempre tenía un ramillete de esparto para "espantar a los malos espíritus".

Cuando se cumplió la baja por maternidad, mi marido y yo abrimos un negocio, una tienda de ropa en el centro. Tanto estudiar para acabar vendiendo camisetas. Se supone que soy feliz. Debo serlo. Tengo lo que cualquier mujer china desea: un marido, un empleo y un hijo. Cada día me levanto a las siete. A las ocho abro la tienda. Mi madre cuida de mi pequeño mientras trabajo. Mi marido sigue saliendo a pasear conmigo de la mano. Se supone que soy feliz.

domingo, 22 de septiembre de 2013

CON LO TUYO Y CON LO MIO... (por Desirée Ruiz y Klara Montag)



Las cosas de Sophie


"Todo esto lo escribo desde la desazón y la desesperanza de saberte, de existirte, y de no tenerte. De antenas, y de azoteas y de polución roja en nuestros tejados tan cercanos. Ya, sino digo que no. A todo digo que sí, desde que nos cruzamos.
 
Hace tiempo, demasiado tiempo, que me pongo a pensar en mis veintipocos contigo, y en números redondos llevo toda la vida queriéndote. He dicho números redondos.
 
Creo que no es amor, creo que es adicción a tu piel, a tu olor, a tu sofá, a tus espejos, y a tus secretos. Y si es amor... hagamos como que no.
 
Ahora, me dices que ésta es la buena, la de verdad,que ahora ya no hay fantasmas, que todo está curado. Pero sabemos que es mentira. Que sí. Que lo sé. Sabemos que te vas a girar y vas a volver a caer. Da igual el castigo.
 
Estoy enamorada de ti. ¿He dicho antes que no era amor? El pasado no importa. Esto es así desde el principio. Desde antes de todo. En números redondos.
 
Quererte es lo más parecido a estar sola.

Tú a tu edad y yo a la mía y nos veamos donde nos vemos.  A estas alturas si no nos queremos... debemos de dejar de follarnos, ¿no crees? Seguramente. Ya veremos.

Ya no hay caras tristes en el asfalto, ni nada, ni carreras, ni secretos, ni cenas, ni altibajos, ni idas en carroza, ni besos en los baños, no.. de eso ya no.
 
A tu edad y a la mía, si eso ya no está, ya no queda nada. Ya no hay verde. 

En esta carta hay tantas incoherencias como en tus besos, como en tus palabras.

Si quieres nos podemos tocar un rato, por aquello del relax, que ya es tarde y siempre nos ha costado mucho conciliar el sueño...."


Las cosas de Daniel



"¿Qué es lo que haces? Veo tu silueta en la ventana. Bueno, a lo mejor no eres tú, pero eso es lo de menos. 

¿Quién eres ahora? ¿Has cambiado? Sí pero no. Ya lo sé. Como todos. No deberías tomar tanto café. Mira lo que pasa... las tantas de la madrugada y tu ahí, despierta. Ya. Yo también estoy despierto, pero no es por el café, aunque hoy me he tomado tres. 

Venga, gírate, quiero verte bien. ¿Qué dices? ¿Que no eres tú? Bueno, maldita sea, ya te he dicho que eso no importaba. Haz el esfuerzo. Hazlo por mí. Yo haré lo que me pidas, aunque puede que entonces necesite más café.  

Qué más da. Esta noche ya la doy por perdida. Igual que la de ayer, cuando creí verte entre la gente. Yo te saludé y tú pusiste cara de sorprendida. Vale, no eras tú, pero podemos obviarlo. Hoy también podemos. 

Déjame ver tu pelo y tu cara. Asómate. Estoy aquí. No, maldita sea, no hagas eso, no cierres las cortinas. No me hagas volver a la cama si tú ya no vas a estar.  Está bien. 

Sí. He vuelto a pensar en ti mientras me masturbaba. No es lo mismo, lo sé. Nada es comparable a tu seda y a tu miel. Supongo que me perdonas. Sabes que lo haré de nuevo. 

Buenas noches. Mañana volveremos a vernos, tú y yo, donde quiera que me apetezca imaginarte."

  * Escrito en colaboración con Desirée Ruiz

domingo, 8 de septiembre de 2013

Shelly pornostar





- Cómete los cereales, Marta. No te lo pienso repetir.
- No tengo hambre...
- Me da igual que no tengas hambre. Tienes que desayunar y vamos a llegar tarde. No me hagas enfadar. Termina de desayunar de una vez y lávate los dientes, hazme el favor.

La mirada azul de Marta se perdía en el constante ir y venir de la cuchara dentro del tazón de desayuno de loza. Tenía demasiado sueño como para comer nada. Fuera aún era de noche, hacía frío y ella quería seguir acostada en su cama blanda, entre aquellas sábanas rosas que olían a fresa y a golosinas.

No debían haber pasado más de cinco minutos cuando, de pronto, le retiraron el tazón de delante y la arrastraron al baño. Se vio a sí misma en el espejo, con el cepillo de dientes en una mano. Se cepilló los dientes lentamente, sin energía, mientras su madre se recogía el cabello en una coleta. Nunca se maquillaba, su madre. No era como las otras madres de la escuela, que tomaban café juntas después de dejar a sus compañeros en la puerta del colegio. Ella siempre se marchaba muy deprisa porque tenía que trabajar. Trabajaba todo el día para que a ella no le faltase de nada. Marta era una niña, pero era consciente de esto.

- Marta, por favor, date prisa. Todos los días igual... No vas a quedarte más a ver la tele hasta tan tarde. Luego no hay quien tire de ti por las mañanas. 

Escupió la pasta de dientes y fue al dormitorio a ponerse la cazadora, aquélla de color azul oscuro que le había regalado su abuela por Navidad. Cogió la mochila, que estaba tirada en el suelo debajo del escritorio blanco.  Su madre le ayudó a ponérsela y poco menos que la arrastró a la puerta de la entrada mientras iba apagando luces y cerrando puertas a su paso.

En el coche siempre le entraban más ganas de dormir, aunque no le daba tiempo, porque la escuela estaba a tan sólo diez minutos de casa. Además, su madre siempre ponía la radio demasiado alta. Qué sueño tenía. Lo último que le apetecía era empezar aquel miércoles oscuro escuchando a la señora Fay hablar de sus ecuaciones de primer grado. No le gustaban nada las matemáticas y tampoco le gustaban las mañanas, así que la combinación era de lo menos apetecible.

- Venga, -dijo su madre- luego vendré a buscarte y te llevaré a merendar. Ahora tira a clase. Corre que te cierran las puertas. 

Marta sintió el ruidoso beso de su madre en la mejilla, así como el frío fuera del coche, la noche matinal y la pereza más absoluta. Luego vio el vehículo alejarse y se dio la vuelta para entrar en clase, pues no le quedaba otra alternativa.

...

Se hacía llamar Shelly. Tenía el pelo largo y rubio, pero natural. Los ojos eran preciosos, aunque con aquel cuerpo escultural, digno de una diosa griega, pocos la miraban a los ojos. Era algo pecosa y, a pesar de sus treinta y dos años y de sus pechos operados, conservaba un aspecto casi adolescente.

Marc Cooper la había llamado la semana anterior para que fuese a firmar los papeles del nuevo trabajo. Cada vez trabajaba más y cobraba menos. Había mucha demanda de mujeres de su edad, especialmente en su género, pero las de veinte seguían llevándose el primer premio. Necesitaba el dinero para pagar el alquiler, las facturas, la comida y la educación de su hija. Firmó el nuevo contrato y fue a hacerse las pruebas médicas. Si todo iba bien, el rodaje empezaría en diez días. Ya había rodado más de doscientas películas, muchas de ellas con la misma productora, y conocía a casi todos los actores con los que compartiría planos. Quien más y quien menos ya había eyaculado en algún lugar de su cuerpo en alguna ocasión.

El ginecólogo le tomó muestras de flujo vaginal, de sangre y de orina. Le palpó los senos y examinó su interior con un espéculo. El instrumento estaba tan frío que, al introducirse en su vagina, le provocó una contracción involuntaria. La exploración fue bastante rápida. El médico le dijo que le enviaría los resultados en dos días.

...

Todos hablan de Shelly Lamour. Es un tema candente y aparece en los periódicos. Su fama es mundial, ha rodado muchas películas en Europa, con los grandes del género. La reina del porno duro, del fetish, del sexo anal. En la última convención, celebrada en Los Angeles, fue premiada por su trabajo en la película Big Gang Bang

...

- Siéntese, por favor.
- Pensaba que me enviaría los análisis a casa. 
- Me temo que la cosa es demasiado seria como para poder explicarle por teléfono.

El doctor se sentó, carraspeó y cogió los papeles que había sobre la mesa. Shelly se sentó, nerviosa.

...

Todo el mundo habla de Shelly por televisión. Algunos se sorprenden y otros no. Algunos culpan a la industria del cine porno. Otros culpan a la propia Shelly. Hay quien cree que sus padres no supieron darle una buena educación. Se habla de SIDA. Un médico alerta por la radio de los peligros del sexo anal. Un predicador de Omaha asegura que es un castigo divino, que Dios no permite la promiscuidad ni los vicios. Que la sodomía es un pecado horrible. Que Shelly está en el infierno.

...

A Marta no le gustan las matemáticas. Le gustan las manualidades. Le gusta correr en el recreo con sus amigos. Le gusta la música. Su madre trabaja duro para que ella tenga de todo. Su abuela también se preocupa por ella. Y ella quiere mucho a su abuela, y a su madre. 

... 

Marta ya no es Marta. Esta madrugada ha muerto de sífilis en un hospital de Santa Rosa a la edad de treinta y cinco. A su hija sí le gustan las matemáticas.