miércoles, 12 de junio de 2013

Naranjas de la China: Dragon Boat Festival (Festival del barco del dragón)


En el quinto día de la quinta luna del calendario chino se celebra el Dragon Boat Festival (Festival del barco del dragón). Se trata de una festividad tan importante que la comunidad china incluso la ha exportado a países como Estados Unidos o Canadá. Desde hace más de dos mil años, este festival conmemora al poeta Qu Yuan, quien apoyó la decisión de luchar contra el estado de Qin, por lo que fue exiliado. En ese momento, Qu Yuan comenzó a escribir multitud de poemas en los que demostraba el amor por su patria. 

Al terminar de escribir su último y más famoso poema, "Huai Sha" ("Abrazando la arena"), Qu Yuan se suicidó lanzándose al río, pues no quería ver el destino que le esperaba a su país bajo el dominio Qin. 

Los lugareños, afectados por la muerte del poeta, buscaron su cuerpo en el río, echando comida a los peces y otros animales para evitar que estos devorasen el cadáver de Qu Yuan. Con el tiempo, esta tradición se repitió a modo de homenaje y sigue realizándose a día de hoy. Como Qu Yuan murió el quinto día de la quinta luna (o mes) del calendario chino, se estableció esta fecha conmemorativa.


Hoy en día, las carreras de barcos de dragón (una especie de largas canoas) por el río son una de las atracciones de esta fiesta milenaria en muchas ciudades, no sólo en China, sino en otros países de Asia y del mundo. 




También es típico comer zongzi (arroz glutinoso envuelto en hojas). Además, los chinos utilizan los saquitos de perfume y las tiras de seda para proteger a sus hijos de los malos espíritus y la enfermedad. 


Desgraciadamente para mí, este año me he perdido la posibilidad de disfrutar del Dragon Boat Festival (lo más que voy a hacer es comer zongzi esta noche...), pero como soy una optimista y el año que viene ya no me pillará desprevenida, seguró que tendré mi segunda oportunidad.

lunes, 10 de junio de 2013

Breve reflexión sobre el orgullo


La gente a menudo habla del desamor, del dolor que se siente al ser rechazado o dejado por la persona que amamos. Se vierten toneladas de palabras para describir las horribles sensaciones que esto produce. Algunas expresiones van desde el corazón roto y el alma partida hasta la tristeza absoluta. Al final, todo se reduce al orgullo. El corazón es un órgano fuerte, pero el orgullo es fácilmente fracturable. 

Lo curioso es que, generalmente, somos nosotros quienes arremetemos contra nuestro orgullo propio, lo machacamos sin piedad. Aun a sabiendas de que la otra persona no cederá, seguimos empeñados en despojarnos de nuestro amor propio a cabezazos si hace falta. Como los venados, yo pierdo mi orgullo y mis papeles a partes iguales, siendo siempre consciente de lo que estoy haciendo, a veces incluso disfrutando de mi propio masoquismo. 

¿Quién no se ha puesto en evidencia alguna vez, enviando un mensaje que no debía enviar, arrastrándose para conseguir una mísera réplica? Entonces saboreas ese momento amargo, el de los minutos que pasan, y puedes sentir como el orgullo se marcha por el desagüe. Has perdido. Aun así, y como siempre nos queda algo de amor propio, por ínfima que sea la cantidad, estamos a tiempo de volver a hacerlo, de repetir nuestra acción irracional para vernos caer otra vez en la trampa de la vergüenza. 

No me importa perder los papeles, siempre los acabo volviendo a encontrar, por ahí, guardados en algún cajón de mi sensatez. No me importa perder el orgullo, que regresa solo cuando, por fin, consigo que pierdas tú la partida.


sábado, 8 de junio de 2013

El dieciséis de la calle Lamarck


- Ha llamado Cristian. Le he dicho que no estabas.
- ¿Y por qué le has dicho eso?
- Estabas en la ducha. De todos modos no te podías poner al teléfono... ¿Qué diferencia hay?
- Estar en la ducha no significa no estar. Si le hubieses dicho que estaba en la ducha, él habría entendido que era cuestión de minutos que yo volviese a estar disponible.
- ¿Disponible?
- Sí, para coger el teléfono y hablar con él. 
- Bueno, si quiere algo ya volverá a llamar. No es el fin del mundo.
- No lo entiendes. Ahora tengo que llamarle yo, porque él sabe que tú me has dado el recado, así que ahora él esperará que yo le llame.
- Pues llámalo. ¿Dónde está el drama? ¿Y por qué es tan importante?
- No es que sea importante, joder. No entiendes nada.
- No me toques los huevos. Si tienes que llamar, llama. Y si no, la próxima vez que suene el teléfono mientras te duchas, sales y lo atiendes.
- Déjame sola, voy a llamar.

Siempre igual. Maldita sea. Nunca hacía nada a derechas, al menos bajo su criterio. Mírala, ahí, con la toalla anudada sobre el pecho y el pelo empapado, chorreando sobre el parqué de roble, riéndose como una puta mientras hablaba con él. 

Fue a la cocina y preparó café. Mientras enroscaba las dos partes de la cafetera, pensó en su vida. No había muchas vueltas que darle, en realidad. Siempre la había amado, desde que eran pequeños. La había consolado cuando se había despellejado las rodillas. La había defendido de los abusones en el colegio. Habían jugado juntos, compartiendo fantasías, aventuras que solamente ellos entendían. Le encantaban sus pecas, aunque ella las odiaba, a él siempre le había parecido que tenían un atractivo muy sexual. 

El café estaba listo. Olía de maravilla. Se sirvió en una taza grande de loza y volvió a asomarse al umbral de la puerta de la cocina. Joder, seguía hablando con ese tío. ¿Por qué lo hacía? Sabía que aquello le ponía de los nervios, que no podía controlar sus celos cuando otro tío hablaba con ella o se la follaba con la mirada. Y aun así, ella siempre encontraba algún modo de ponerle a prueba. Lo hacía para fastidiarle. Plantada junto al teléfono, enroscaba el dedo en el cable de espiral. Se acariciaba las pantorrillas con la planta de los pies, se tocaba el cuello, seguramente imaginando que era él quien lo hacía. Era una guarra.

Le entraron ganas de ir hasta ella, de arrancarle el auricular de las manos, de destrozar la toalla y de follársela allí mismo, como antes, cuando a ella le gustaba que él hiciese ese tipo de cosas. Cómo habían disfrutado, escondiéndose de los mayores cuando eran pequeños, para tocarse y hacer todo tipo de cosas sucias. Y luego, años más tarde, en la noche, sin hacer ruido, se habían devorado en asaltos clandestinos. 

Ahora, sin embargo, sólo la veía de vez en cuando, y siempre por iniciativa de ella, cuando no tenía con quien desahogar sus más bajos instintos y llamaba pidiéndole que fuese a su piso, en el dieciséis de la calle Lamarck. Pero al acabar, ella siempre se sentía mal, culpable. No podía entenderlo, joder. Antes nunca les pasaba eso a ninguno de los dos. A él seguía sin sucederle. No veía nada malo en lo que hacían, ¿acaso no era el sexo una simple diversión? ¿No podían divertirse juntos, como habían hecho de niños, sin preocuparse por las consecuencias y sin sentirse mal?

Por fin escuchó como ella colgaba el teléfono. Se sintió aliviado en parte. Ella volvió a su cuarto para vestirse. Al cabo de unos minutos, salió vestida con unos vaqueros y un suéter rosa. Aún tenía el cabello húmedo. Entró en la cocina y se sirvió una taza de café. Él seguía allí, sentado, inmóvil.

- Tenemos que dejar de hacer esto.-dijo ella sin apartar la vista de la cafetera.
- Siempre dices lo mismo, pero luego me vuelves a llamar. Ya estoy harto.
- Esta vez hablo en serio. Deberías entender que nada de lo que hacemos está bien, que para todo, incluso para el sexo, hay límites.

Se levantó de un salto, presa de la furia y la indignación. 

 - ¿Y qué importa? -gritó.- ¿Ahora me hablas de límites? Por favor, si vas acostándote con todos, ¿qué diferencia hay?

Se acercó a ella y la miró fijamente, con los ojos húmedos. Ella retrocedió un paso, dándose en la espalda con la puerta del frigorífico. Joder, aquello se les había ido de las manos. 

Ella se lo quitó de encima. Lo miró con lástima, casi se podría decir que con desprecio. Odiaba cuando ella hacía eso, se sentía minúsculo, a pesar de ser dos cabezas más alto.


 - No te pases. Sabes perfectamente de qué hablo. Lo que no puedo entender es que encima te dé igual, que no veas nada malsano en todo esto... ¿Qué pensarían papá y mamá si supieran que...?

Joder, ni siquiera era capaz de terminar la puta frase. La volvió a mirar, esta vez con frustración y con dolor, y le dijo, acercándose mucho a su cara, con los dientes apretados y el alma contenida:
 
- Me da igual.

lunes, 3 de junio de 2013

Naranjas de la China: Verdades y mentiras sobre la República Popular (primera parte)


Hace nueve meses que cambié el rumbo de mi vida y vine a vivir a China. Por eso, y a sabiendas de que estaré por aquí otro curso, hoy quiero parir esta entrada que, a diferencia de las anteriores entradas de esta serie, no relatará un viaje o una escapada, sino que me servirá para evaluar ciertos mitos sobre el gigante asiático.

Antes de empezar a descuartizar el lifestyle chino, dejadme que aclare el título. Algunas de las cosas que mencionaré son, efectivamente, verdades como templos. Otras son falsos mitos heredados de la incultura general. Sin embargo, también mencionaré algunas cuestiones que se encuentran, por así decirlo, a medio camino entre la más absoluta realidad y la más innegable falsedad. Las llamaremos verdades a medias. Como son muchas las cosas que quiero explicar, dividiré la entrada en dos partes. También quiero añadir que ésta es MI experiencia viviendo en una ciudad pequeña y habiendo visitado sólo algunas ciudades del país. No es la verdad absoluta, pues no la hay. Dicho esto, y espero que con el beneplácito de mis amigos residentes en China (sí, esto va por tí, Víctor), ahí voy...

1. LOS CHINOS SON GENTE MUY TRABAJADORA Y EFICIENTE: VERDAD A MEDIAS

Los chinos trabajan muchas horas diarias. Las siete u ocho horas habituales que los occidentales dedicamos a nuestro trabajo son generalmente pocas en este país. Las tiendas abren todos los días desde las ocho de la mañana (he visto algunas abiertas desde las siete) hasta las nueve o las diez de la noche sin interrupción. Los bancos abren por las tardes y los fines de semana. Sin embargo, también he visto dependientas durmiendo en su horario laboral y los empleados de los bancos no son precisamente diligentes ni tampoco productivos (los bancos en China merecen capítulo aparte...). Al igual que muchos españoles, algunos chinos trabajan más bien poco a pesar de tirarse mil horas en su puesto de trabajo.

2. CHINA ES UN PAÍS SUCIO Y RUIDOSO: VERDAD

Si venís a China, no esperéis ver contenedores para reciclar (con suerte encontraréis una papelera). La mayoría de chinos no tienen demasiados problemas a la hora de tirar papeles, colillas... al suelo. A esto, sumémosle que escupen todo el tiempo. Lo han hecho así desde siempre, según ellos,  para limpiarse las vías respiratorias. Durante los juegos de Beijing, las autoridades trataron de persuadir a los ciudadanos para que se privasen de hacerlo, pero yo sé que he vuelto a China en el mismo momento en que oigo a alguien carraspear un gargajo. Las ciudades grandes están menos sucias que las pequeñas. Aun así, hay mierda por un tubo, por no hablar de la calidad del aire... Y en cuanto al ruido... pues como en España. La gente tiene un tono de voz muy alto (por no decir que gritan que no veas) y no respetan mucho los horarios de "descanso". Los coches y sus incansables bocinas son la banda sonora de las ciudades.

3. CHINA ES UN PAÍS SEGURO: VERDAD

 
Usando el sentido común es muy difícil que os suceda algo malo en China. Veamos... ¿Soléis caminar solos por según qué zonas de vuestra ciudad a las tantas de la madrugada? ¿Buscáis pelea cuando salís de bares? ¿Descuidáis vuestras pertenencias en el metro o tomando algo en una terraza? Pues si no hacéis esto en casa, no lo hagáis en China. Por lo demás, puedo decir que en muchas tiendas, los productos no tienen alarmas. Puedo decir que nadie os robará la bicicleta por apoyarla en la farola. Lo más peligroso de China, en mi opinión, es cruzar la calle. En general, es un país muy seguro, incluso en las grandes ciudades. Os lo dice una cabra loca que se ha visto un montón de sitios sola, siendo mujer, y sin saber el idioma.

4. LOS CHINOS COMEN MUY SANO, POR ESO ESTÁN DELGADOS: MENTIRA


Los chinos del siglo XXI comen tan mal como los occidentales. La comida frita está por todos lados: brochetas de carne, salchichas, fideos, empanadillas... Además, la cantidad de azúcar que esta gente pone en los alimentos es enorme. Todo es dulce (como el pan o el salchichón), o demasiado salado, o pica en exceso. Y luego están los alimentos procesados, que los chinos, literalmente, devoran. Tratar de encontrar patatas fritas con sabor a patata es una misión casi imposible. Eso sí, las tenéis con sabor a tomate, a pepino, a sopa de fideos, a estofado... (aunque nada peor que las palomitas para microondas con sabor a chocolate). Sí, es cierto que también comen verduras (aunque casi nunca crudas o al vapor, las suelen guisar o freír) y mucha fruta. Y toneladas de arroz blanco con todo. Los chinos están delgados... ¡porque son chinos! Está en su genética, punto. Aun así, cada vez es más común ver adolescentes con problemas de peso, debido a la proliferación de restaurantes de comida rápida y al nuevo estilo de vida en general.

5. LOS CHINOS SON MUY HOSPITALARIOS Y AMABLES: VERDAD.


Hay chinos bordes, claro. También hay modelos inteligentes (digo yo...). Sin embargo, en general, los chinos son bastante amigables y hospitalarios (excepto si están haciendo cola, entonces no hay amigos que valgan). La mayoría de los chinos que he conocido me han tratado muy bien, han sido respetuosos conmigo, confiados y generosos. También es cierto que el ser occidental aquí da puntos. Yo, por mi parte, no tengo absolutamente ninguna queja al respecto.



6. A LOS CHINOS LES ENCANTA HACER DEPORTE: VERDAD A MEDIAS.


Sin contar con mis alumnos (que son adolescentes y necesitan ejercicio para no volverse locos) no he conocido ni un solo chino en nueve meses que practique algún tipo de deporte. Bueno, un día vi a dos profesores echar una partidita de bádminton en un descanso. En Shanghai es común ver gente corriendo por el Bund, pero son todos extranjeros. También es común ver gente haciendo Tai Chi en los parques y plazas, pero si el Tai Chi es un deporte, lavar los platos también. Lo más curioso es que ellos son los primeros que te recuerdan lo importante que es hacer deporte. Y hacen ejercicios y estiramientos en los aviones de China Eastern (¡coordinados por las azafatas!). Pero no nos engañemos, el ejercicio preferido de los chinos es... comer.

7. LOS CHINOS COMEN BICHOS Y PERROS: VERDAD A MEDIAS.


Podéis comer insectos en China, si queréis. Desde cucarachas a crisálidas, saltamontes... No es difícil encontrarlos, sobretodo en las ciudades grandes. Sin embargo, no forman parte de la dieta diaria de los chinos. Los chinos que conozco dicen no haber comido perro jamás. En parte porque sólo es típico en algunas zonas, como Dalian, y en parte porque es caro. Además, empieza a ser común ver gente que tiene perros como mascotas. Sí son comunes otras "exquisiteces" como la tortuga o el pene de toro. No pongáis esa cara, en España se comen caracoles, callos y pies de cerdo...

8. CHINA ES UN PAÍS MODERNO, LA PRÓXIMA POTENCIA MUNDIAL: VERDAD A MEDIAS.


Shanghai, Beijing, Shenzen o Hong Kong son ciudades muy modernas. Pueden presumir de altos rascacielos, tiendas de diseño, hoteles de lujo, etc. Fuera de las grandes ciudades, la cosa cambia. Ver el cableado al descubierto, colgando de un edificio a otro, es común. Los apagones, por tanto, son habituales. Muchos bloques de viviendas son una chapuza. Podéis conducir por autopistas nuevas o por carreteras llenas de baches (y abismos infernales). Los letreros de neón contrastan con la ausencia de farolas en muchas zonas. El agua del grifo no se puede beber, no hay buenas depuradoras. Como ya he dicho, tampoco se recicla nada. En China conviven lo nuevo y lo viejo, porque en este país que no hace tanto vivía encerrado en sus tradiciones ancestrales ahora todos quieren llegar el primero y se ha avanzado en años lo que en Europa ha costado décadas. En algunos sitios como Wuwei todavía hay gente que lava la ropa en el río o que se ducha en los baños públicos. China controla los mercados mundiales. Eso es un hecho. Pero, en mi opinión, ser una potencia exige también ser capaz de exportar mundialmente un modo de vida. Y eso, dudo que suceda nunca.


9. LA MEDICINA CHINA ES MEJOR Y MÁS NATURAL QUE LA OCCIDENTAL: VERDAD A MEDIAS.


No os pongáis enfermos en China. Los hospitales son tercermundistas. Bueno, tanto no, pero casi. Las medidas higiénicas y de esterilización brillan por su ausencia. En mi primer examen médico en China, mi análisis de orina consistió en mear en un vasito de plástico haciendo uso de los lavabos del hospital (una clínica privada de primer nivel), que estaban asquerosos. El vasito no tenía tapa. La enfermera me indicó que saliese con él en la mano y lo depositase sobre una bandeja. En ella había otros seis o siete vasos como el mío, marcados con rotulador, sin tapar. El análisis de sangre me lo hicieron sobre un escritorio común. Para la prueba oftalmológica, utilizaron instrumental de los años ochenta. Además, si os ponéis enfermos, es muy probable que el médico os "recete" dos cosas: que bebáis mucha agua caliente (que aquí es milagrosa, como la de Lourdes) y que toméis glucosa. Para el resfriado... glucosa. Para la malaria... glucosa. Las farmacias chinas son... indescriptibles. Son como viejas boticas, llenas de frascos con hierbas o lo que es peor, bichos. Y, bueno, qué decir de los dentistas, que pueden sacarte una muela o ponerte una funda en plena calle. Sí, es verdad que no hay masajistas como los chinos. En eso son los mejores. Y en cuanto a la acupuntura, pues no la he probado, así que me abstengo de comentar al respecto.

10. LOS CHINOS SE TOMAN LA VIDA CON CALMA: VERDAD A MEDIAS.

En China es común, al hacer una pregunta, encontrarse con dos tipos de respuesta: "No lo sé" y "A lo mejor". A veces las combinan. La planificación es un misterio para ellos. Improvisan, hacen planes a última hora, los cambian y los vuelven a cambiar. No le digas al del banco que tienes prisa, le importa una mierda, él tiene que sellar cuatrocientos papeles para darte cambio de cinco. Por otra parte, se ponen histéricos, como he dicho antes, en las colas de las estaciones de tren, de las taquillas, del súper... Se cuelan, empujan, meten el codo... y no penséis que piden permiso ni perdón. A la hora de conducir, ni dios respeta las normas. Cruzar es, como dice mi amiga Sonia, susto o muerte. Sólo en Atenas he visto peores conductores que en China. Aquí hay que cruzar esquivando los coches, sin hacer caso de semáforos ni pasos de peatones. Hay que torear coches y motos, saltar por encima a veces. Lo llamamos "cruzar a lo chino". Lo peor es que luego vuelvo a España y me olvido de que allí no se hace...

11. LOS CHINOS SON GENTE CONSERVADORA: VERDAD.


La gente me pregunta a menudo por qué no estoy casada. Y aunque trate de explicar mis razones, no las entienden. Aún entienden menos por qué no quiero ser madre. Aunque las grandes ciudades están volviéndose cada vez más occidentales, lo cierto es que aún queda mucho para que los chinos se liberen de una vez por todas. Conozco de primera mano casos de chinas de veintitantos que aún son vírgenes porque esperan a casarse. Los chinos deben comprar una casa a sus futuras mujeres y entregar una dote de joyas y dinero. Las tradiciones son sagradas. El sexo es un tabú para hombres y mujeres. Por mucho que veáis a las chinas con minifalda y taconazos, o bien os casáis con ellas o no hay chocolate en el que mojar el bizcocho.

12. CHINA ES BARATO: VERDAD.


Quería poner que China es muy barato, pero como algunas cosas no lo son, dejémoslo así. Y excluyamos de esta aserción los productos y servicios occidentales (Starbucks es igual de caro que en Europa y la ropa de Zara, por ejemplo, es más cara aquí). Todo lo demás es una ganga. Yo desayuno por unos treinta céntimos de euro y a veces como a mediodía por unos ochenta céntimos de euro (carne, verduras y arroz). El metro en Shanghai, que es la ciudad más cara, cuesta unos setenta céntimos de euro. En Beijing cuesta menos de la mitad. Me hago la manicura por cuatro euros y me doy masajes de pies por seis. Se puede cruzar Zhengzhou en taxi (y esto lo tengo comprobado de primera mano) tardando dos horas por menos de diez euros. Hacer trescientos kilómetros en el tren bala cuesta menos de veinte euros. Descontando el alquiler o la hipoteca, se puede vivir bien en China con trescientos euros (incluso con doscientos), siempre y cuando no se haga vida occidental, como ya he dicho.


Esto es todo... por el momento. ¡Podéis comentar la entrada y hacer preguntas o sugerencias de cara a la segunda parte!


jueves, 30 de mayo de 2013

El grupo de Bloomsbury: El segundo sexo (Le Deuxième Sexe)




"On ne naît pas femme, on le devient." ("No se nace mujer, una se hace mujer.")

Tenía yo unos tiernos veintitrés años cuando este libro cayó en mis manos. Estaba en la facultad, mi francés no era muy bueno (me refiero, por supuesto, a mi dominio del idioma francés) y una conocida me lo recomendó, en parte, para practicar mi francés (me refiero, por supuesto, a mi lectura del idioma francés). Hice caso a aquella compañera de facultad de la que poco más supe y me compré el susodicho libro.

Recuerdo que, ya desde las primeras páginas, la obra me sorprendió. Tanto fue así que empecé a subrayar  con lápiz los extractos interesantes. Si pudieseis ver el libro, no tardaríais en daros cuenta de que el ochenta por ciento del mismo está subrayado. Dicho esto y antes de entrar en detalles, dejadme que suelte la frase lapidaria: toda mujer, blanca, negra, asiática, gitana, rica, pobre, gorda, flaca, menopáusica, hipocondríaca o compradora compulsiva... DEBERÍA LEER ESTE LIBRO (a ser posible, antes de cumplir los treinta y de joderse la vida). Y voy a ir más allá. Cualquier hombre que de verdad desee entender a las mujeres, y que las ame por lo que son, también debería adentrarse en el mundo de Simone de Beauvoir. Aunque solamente sea por curiosidad. Os aseguro que os sorprenderéis.

A ver... ¿y quién narices es la francesa en cuestión? La wikipedia dice que era una parisina escritora y filósofa, figura del existencialismo, insignia feminista y pareja del filósofo Jean Paul Sartre. Ya, os habéis quedado igual, lo sé. Explico un poco, aunque yo de filósofa tengo lo mismo que de charcutera. Para los existencialistas, las personas no nacen buenas o malas, no hay una esencia inamovible, sino que son nuestros actos, nuestras palabras... en definitiva, nuestra existencia, la que nos define.  Dicho en cristiano: si haces cabronadas a la gente, eres un cabrón. Si te rebelas contra el sistema, eres un rebelde. No importan tus condiciones innatas. Yo no soy una existencialista, al menos no al ciento por ciento. Sin embargo, sí le compro a de Beauvoir sus ideas sobre la condición de género. Sí, seguimos viviendo en sociedades patriarcales, no creo que nadie en su sano juicio pueda negar esto (bueno, a lo mejor los actuales políticos en España o algún muyahidín, pero esos desgraciados no cuentan, y menos en mi blog). Y cuando hablo de patriarcado no me refiero únicamente a musulmanas tapadas hasta las cejas. No hace falta ir tan lejos (no hablo de distancia, ya sé que hay musulmanas por todas partes aujourd'hui). Hablo de sueldos y oportunidades profesionales no equitativas, hablo de violencia de género y también de "pequeñas cositas" a las que no damos importancia. Como esos programas de televisión presentados por un señor de cincuenta y muchos, gordo y calvo, siempre acompañado de la señorita despampanante de turno. O esas madres que piden a sus hijas que pongan la mesa mientras su hermano juega a la consola. Y sí, también de ese jodido anuncio de desodorantes que vuelve a las mujeres subnormales perdidas tras olerle el sobaco a un tipejo que en la vida real no follaría ni pagando.

Volvamos al libro, que me ciego. Mi parte preferida es "La femme indépendante" (La mujer independiente), aunque todo él es fantástico. Leedlo si queréis entender por qué la sociedad es como es. Si no comprendéis por qué nacer varón o fémina aún determina la vida de un ser humano.  Si hay veces que no acabais de ver clara la razón de los diferentes roles sexuales en la pareja, o el porqué de que muchas mujeres aún se boicoteen a sí mismas y se priven de derechos, de libertad y de la propia felicidad. Este libro es, sin duda, la mejor manera de conocerse a una misma. A veces me sorprende recordar que fue escrito en 1949, hace ya casi setenta años y las cosas han cambiado tan poco en algunos aspectos... Dejemos de ser "la hija de...", "la hermana de...", "la esposa de...", "la mamá de..." y empecemos a ser nosotras mismas, liberadas del estigma que nos imponen y que, a veces, como Simone bien escribió en su libro, nos autoimponemos:  "Les femmes se forgent elles-mêmes les chaînes dont l'homme ne souhaite pas les charger" ("Las mujeres se forjan ellas mismas las cadenas con las que el hombre no quiere cargar").

martes, 21 de mayo de 2013

Naranjas de la China: Welcome to Tianchang

Sé que hacía mucho que no publicaba una entrada en esta serie. Lo cierto es que desde que regresé de Barcelona a finales de febrero no he viajado mucho por el país, en parte porque he tenido más trabajo de lo habitual y en parte porque las vacaciones de verano se acercan y no quería gastar todos mis yuanes antes de tiempo. De hecho, en estos últimos tres meses, sólo he salido de Wuwei en dos ocasiones y en ambos casos ha sido por trabajo. A principios de abril volví a Luan y hace poco más de una semana hice mi primera visita a Tianchang.

¿Y dónde está Tianchang? Bueno, pues si fueseis chinos os diría que está a la vuelta de la esquina, pero como la mayoría de los que leéis esto sois españoles, os digo que está... donde Cristo perdió el gorro. Tianchang es una ciudad de tamaño medio-pequeño (de acuerdo con los estándares chinos) situada en el límite entre las provincias de Anhui, Jiangsu y Henan. Es más o menos el doble de grande que mi amada Wuwei, pero tiene la mitad de habitantes, así que se respira mayor tranquilidad. Lo mejor es que está a tan sólo una hora y media de Nanjing (por carretera) y a unas tres horas de Shanghai, con lo que ganaré dos horas con respecto a mi localización actual.

Además, Tianchang tiene otras ventajas. Para ser una ciudad china, está bastante limpia. Por descontado que los niveles de limpieza en este país no son en absoluto comparables a los estándares europeos, pero tampoco vamos a ser hipócritas y a negar que algunas zonas de Barcelona, Madrid, Roma o Atenas tienen mierda para parar un camión... 

Lo cierto es que este viaje era muy importante para mí, no porque en Tianchang haya mucho que ver, sino porque será mi nuevo hogar a partir del próximo mes de septiembre. Sí, me quedo en China (y en Asia) un año más. ¿Por qué iba a despreciar una buena oferta de trabajo en un país que me ha acogido con gran amabilidad y que me ha ofrecido lo que en mi propia tierra se me ha negado? Además, aún he visto muy poco de China y de Asia y estando aquí es más fácil y más barato viajar por estos lares.

Debo decir que el tiempo no acompañó mi visita, pues de los cinco días que pasé en Tianchang, los cuatro primeros no dejó de llover ni un minuto. Sin embargo, y a pesar de tratarse de un viaje de trabajo, con lo que ello supone (clases, reuniones, eventos varios...), también hubo tiempo para el relax. En Tianchang vive mi amiga Jeannine, que es compañera en la compañía para la que trabajo. Jeannine es de Florida y, como no podía ser de otro modo, muy extrovertida y afable (encontradme un estadounidense sureño que no lo sea, es como encontrar una "choni" sin el rabillo del ojo pintado hasta la sien). Con ella y otros compañeros de trabajo pude disfrutar de veladas muy agradables en el Jazz Island Café, un bar-restaurante que, si bien no es exactamente de tipo occidental, sí sirve platos occidentales y copas decentes. Por copas decentes, en China, se entiende, cervezas frías (aquí es difícilisimo hacerles entender que hay que meterlas en la nevera), whiskey con hielo, vino y otras bebidas que en España cualquier persona puede servir en su propia casa pero que aquí son raras fuera de las grandes urbes.

Otra de las cosas que me gustaron de mi futura ciudad es la gran cantidad de instalaciones deportivas y parques de los que disfrutar. No tenemos nada de eso en Wuwei y la verdad es que echo de menos salir a correr o a montar en bici, por no hablar de los lujos de hacer unos largos en una piscina cubierta.

Jeannine también me llevó de compras por el centro de la ciudad y durante el paseo pude localizar cafeterías de estilo occidental y también pastelerías (un día os hablaré de las pastelerías de China...). Y algunos diréis... "¿Y esta tía para qué narices se va a China si lo que quiere es comer patatas fritas y magdalenas?". Mi respuesta es la siguiente: pasad nueve meses comiendo fideos, brochetas chinas, "dumplings", arroz hervido... en fin, comida china, y luego me volvéis a preguntar.  No tengo nada contra la comida china, es más, me gusta bastante. Podría decir que está en mi top-ten. Sin embargo, debo decir que no está de más tener alternativas. A veces, un sandwich, una ensalada o una pizza son lo único que necesito para ser feliz. A menudo necesito más cosas.

Cambiando de tema, permitidme que os hable un poco del instituto. ¿Habéis ido a la universidad? ¿Sí? ¿No? ¿No lo sabéis? Bromas al margen, he visto campus universitarios en España más pequeños que el instituto en el que trabajaré el curso próximo, que cuenta con varios aularios, residencia para estudiantes, una cantina gigantesca, auditorio independiente y unos jardines que no te los acabas, con lago incluído por si quieres suicidarte al estilo "Ofelia" tras un mal examen. Si a esto le sumamos que la directora del centro, Madam Tao (sí, ya sé que suena a nombre de puticlub), es una cachonda, creo que va a ser un buen cambio, sin desmerecer lo que tengo en Wuwei, donde siempre me han tratado con mucho cariño.

Veremos qué nos depara el futuro, porque aún no existe, solamente existe el ahora y, por el momento, sigo viendo un gigantesco árbol tras la ventana de mi piso en Wuwei.


martes, 23 de abril de 2013

Piedras



Como el guijarro dulce,
me deshilvanas
de los prespuntes de mi conciencia,
entre una pared y un muro
de piedras de algodón.

Me lo dijiste tarde.
Tuve que arrancarlo 
mientras tiraba del hilo,
todo a un tiempo,
deshojada.

Tus palabras eran nudos
con cabos maltrechos.
Nunca me ataste con ellos,
nunca me liberaste de ellos.

Como la roca amarga
me hundes en agua
con sabor al metal
de tu garganta,
y hoy me toca, sin duda,
remendar mi mañana.

lunes, 8 de abril de 2013

Kokoro




Al lavarse las manos bajo el agua fría, casi helada, sintió pequeñas punzadas de dolor. Eran como pequeños latigazos en las venas, que trepaban violáceas desde la muñeca al codo, bañadas en el marrón oscuro de la sangre aún caliente. Todavía podía ver la marca de la vía en el dorso de la mano izquierda, de donde se había arrancado una aguja de seis centímetros. Le parecía difícil de creer que aún pudiese sentir algo más allá del palpitar de sus sienes. Había transcurrido suficiente tiempo como para que el párpado superior del ojo izquierdo se hubiese inflamado tanto que le impedía ver correctamente. Sobre la piel blanca y suave, como el papel de seda, los colores de su mala suerte pintaban un arcoiris de azules verdosos y amarillos ocre. Perfilando el labio inferior casi de manera milimétrica, un corte  carmesí oscuro que terminaba por partir la comisura en dos. Aunque lo peor no era su cara.

Debajo del camisón de algodón, sus entrañas se habían convertido en un amasijo de tejidos que se le pegaban al vientre, bajando hasta las paredes interiores de sus muslos nacarados, goteando la sangre hasta los tobillos. Le hubiese gustado no tener pechos y así no sentir el escozor agudo en los pezones, que habían pasado de un rosa pálido a un gris mortecino. Y luego estaba la espalda, que arqueaba por el dolor y los espasmos, sintiendo que su columna vertebral era como una ramita que en cualquier momento se partiría en dos.

A menudo se decía que Kokoro no podía sentir, aunque ella no sabía nada de lo que se decía. ¿Qué era, pues, aquello? Ah, bueno. Se trataba de dolor físico. No era a eso a lo que se referían los demás. Hablaban de sentimientos, no de sensaciones. Kokoro, desde luego, no supo nunca lo que era el amor, ni la paz interior, ni los entresijos del corazón humano. Sin embargo, estaba casi segura de que alguna clase de sentimiento negativo la invadía en aquel instante, cuando, frente a una de las ventanas de la sala doce de la granja, vio el reflejo de un cadáver que la miraba. ¿Cómo describirlo? Kokoro no lo sabía.

Se dio la vuelta y vio las camas, alineadas de a ocho, herméticamente selladas. Estaban todas ocupadas, todas funcionando a pleno rendimiento. Menos la suya, la que estaba abierta, en la tercera fila. En el suelo, dos cuerpos sin vida. El primero, el del médico, que trató de sujetarla. Le había enroscado alrededor del cuello el tubo del gotero. Lo había hecho sin mirar, sin incorporarse, tumbada bajo las vigas metálicas mientras la luz fluorescente parpadeaba sobre su cabeza. No sabía si le había costado mucho esfuerzo. Había salivado bastante y recordaba haber rechinado un poco los dientes. Después apareció el otro, que se acercó a la cama con el arma entre las manos. Y la miró. Durante un buen rato, no supo qué hacer. Kokoro no se movía. No pestañeaba. Sabía hacerlo, pero no le hacía falta. Entonces se le había abalanzado, como una fiera descontrolada. Le tiró del pelo, le mordió y le arañó. Él la golpeó en la cara. Luego perdió su arma y Kokoro la recogió. No sabía usarla. Ni siquiera sabía cómo manejarla. La usó a modo de bate y le reventó la cabeza a golpes. Luego la soltó y fue hasta la ventana sobre el fregadero

¿Por qué lo había hecho? Demonios, ni siquiera sabía por qué estaba allí. Ni por qué le habían vaciado el cuerpo por dentro. No entendía el porqué de los golpes y la carnicería. La habían despertado súbitamente. Había visto una cara desconocida. Un hombre con gafas y la frente arrugada. Se había colocado entre sus piernas abiertas y le había hecho  algo mientras ella se retorcía de dolor y miedo. Una mujer joven le había ayudado. Luego se llevó lo que había en su interior. No pudo verlo. El señor de las gafas se había acercado a Kokoro y le había dicho algo sobre los efectos de la anestesia. Luego se sacó la vía y lo estranguló. Ahora estaba en el suelo, tendido boca abajo, con el tubo enredado y la lengua fuera de la boca. Lo miró y sintió algo, pero no sabía qué era.

Caminó entre las camas. Apenas veía ya nada con el ojo izquierdo, pero no le hacía falta más que un ojo para ver. Kokoro 12. Kokoro 27. Todas se parecían. Todas dormían. Todas tenían el vientre abultado bajo el camisón de algodón. El suyo estaba sucio. Se lo levantó. Había sangre oscura y reseca. Sintió un líquido pegajoso que salía de su interior desgarrado. Se tocó y sintió algo, pero no sabía qué era. Estaba rota por fuera y por dentro. Sacó la mano de su vientre. La necesitó en su cara. Acababa de parpadear sin proponérselo, y la mejilla se sentía húmeda e irritada.

Kokoro no podía sentir, ni tomar decisiones. 

Se acercó de nuevo a su cama y se tumbó dentro. Al fin y al cabo estaba en casa.


viernes, 5 de abril de 2013

El grupo de Bloomsbury: El amante de Lady Chatterley, y se hizo el escándalo



Durante los años que pasé en la universidad estudiando filología inglesa, leí cientos de libros. Tenía tantísimas lecturas obligatorias que, cuando llegaban las vacaciones, no quería leer ni las etiquetas del champú. Yo amo leer, es una pasión para mí. Sin embargo, cuando leer se convierte en un deber, obviamente, no se disfruta al mismo nivel (a veces, simplemente, no se disfruta a ningún nivel). De entre todo lo que tuve que leer en aquellos tiempos, salvaría de la quema un setenta por ciento aproximadamente. Por un lado, la mayoría de los clásicos (Dickens, Shakespeare, Blake, Poe, Whitman, Faulkner, Woolf...). Digo la mayoría porque fui incapaz de aprender a tolerar a Jane Austen (quizás mi próxima víctima) o a Hemingway, a pesar de mis numerosos intentos. Salvo a casi todos los poetas, y también a muchos escritores modernistas (de Joyce no sé qué decir...). Por supuesto adoro a los representantes de la contracultura americana como Kerouac o Burroughs, así como a los grandes nombres de la literatura poscolonial, especialmente a Selvon, y  defiendo ciertos nombres respetables de la narrativa contemporánea.

Recuerdo algunas novelas con cariño, pequeños descubrimientos que me hicieron mis profesores, como El gran Gatsby, Rebecca o Un pasaje a la India. Entre ellas, quiero destacar la obra más importante de D. H. Lawrence (aunque El arco iris tambien me fascina), que voy a comentar hoy, El amante de Lady Chatterley, una novela que me encanta y que, además, marcó un antes y un después en la manera de concebir el erotismo en la literatura inglesa.

De acuerdo, voy al grano. La novela cuenta la historia de Connie, la esposa de Sir Chatterley, inválido de guerra. Los Chatterley llevan una vida social muy activa y disfrutan de una existencia acomodada. Sin embargo, Connie no es feliz. Su marido no puede llenar su vacío, ese vacío que ella siente, concretamente, entre las piernas. La invalidez de Clifford Chatterley impide apagar los fuegos de su esposa. Pero entonces aparece Michaelis, un amigo de Clifford que se convierte en nuevo amigo con derecho a roce de Connie. ¡Pero estamos en los años veinte! (aunque la censura impidiese la publicación de la novela hasta finales de los cincuenta...) Por lo tanto, para Connie, el sexo por el sexo con Michaelis (o Mick) no le aporta satisfacción completa, especialmente porque resulta que este tipo es más bien egoísta en la cama, pero menos da una piedra. Sexo clandestino a espaldas del marido es mejor que nada.

De todos modos, Connie sigue insatisfecha. Entonces, empieza a dar paseos por el bosque, y un día conoce a Oliver Mellors, el guardabosques, símbolo de la masculinidad que, no sólo le va a dar a Connie sexo ardiente y de calidad, sino que también hará que ella se descubra, sin complejos, y se sienta la mujer más deseada y poderosa del mundo. Las escenas de sexo y los diálogos entre Connie y Mellors dieron mucho que hablar en la época, tanto que, como he dicho, la novela fue censurada y tachada de obscena y pornográfica. Obviamente, a día de hoy, rodeados de adolescentes que practican felaciones entre deberes de matemáticas y ensayos de ballet, puede no resultar tan fuerte. Aún así, esta es una de las novelas más eróticas que he leído, no por lo que dice, sino por lo que se intuye, el ardor entre los protagonistas, el deseo de lo carnal.

Connie es una mujer que se atreve a disfrutar del sexo en plena posguerra en la Inglaterra del saber estar, los protocolos y los buenos modales. Mientras la mayoría de las mujeres bordaban y hablaban de teteras, ella se pasaba por la piedra a un guardabosques. Sólo por esto vale la pena leer la novela. Y también porque las cosas censuradas merecen el eco que se les negó en su día. Es como darle una hostia al censor a través del tiempo. "¿Tú censuras el libro? ¡Pues yo lo recomiendo! ¡Que te jodan!"

A Lawrence se le tachó de pornógrafo en su época por poner a un rudo guardabosques entre las piernas de una señorita de alta curnia. Puede que en pleno 2013 la obra peque de machista en algunos momentos (hay quien dice que ha envejecido mal, y tal vez así sea), no en vano esta novela fue escrita hace casi un siglo. Dejadme añadir que quizás el final no esté a la altura. Aún así, por ser una novela que leí con ganas y por lo transgresor del personaje de Connie, la recomiendo totalmente. 

"Sí, la gente finge tener emociones cuando, en realidad, nada siente. Creo que ser romántico consiste en eso."


lunes, 11 de marzo de 2013

El grupo de Bloomsbury: Fahrenheit 451 y el precio de la felicidad


En más de una ocasión, la gentucilla con la que me relaciono me ha preguntado el porqué de mi apellido, Montag. Me parece tan obvio que no sé por qué se lo preguntan. Veamos, mi padre se llama Rafael Montag, así de simple. Bueno, vale, en realidad mi padre es andaluz y tiene apellido de futbolista, lo cual no le resta glamour. Bueno, lo cierto es que tengo un apellido de lo más terrenal. Entonces... ¿Quién es Montag? 

En 1953, Ray Bradbury, uno de mis novelistas preferidos, publicaba esta novela de corta extensión y enorme mensaje. Para los que no conozcan a Bradbury, autor de Crónicas Marcianas (leed estos relatos, por vuestra madre) y El país de octubre, entre otros, diré que su obra es una maravilla y que está inspirada en los más oscuros miedos de las personas. Y si creéis que la ciencia ficción es únicamente cosa de naves espaciales, robots e ingeniería genética, vais muy desencaminados. El tema principal en las obras de este género es siempre la humanidad, con sus miedos, sus penas, sus esperanzas, su maldad y su angustia. A partir de ahí, lo demás es simple atrezo.

Volvamos a la novela. ¿Qué explica? Pues explica la historia de Montag... ¡Vaya! En fin, resulta que Montag es bombero, pero no uno cualquiera. En el mundo que presenta Bradbury, los bomberos no apagan fuegos, sino que se dedican a quemar... libros. ¿La razón? El gobierno del país en cuestión cree que si la gente lee y adquiere conocimientos, dejará de ser feliz. Y no les falta razón. Para tener a la gente contenta, ha sido creada una sociedad hermética que atonta a las personas (uy, esto me suena mucho...). Veamos, la señora de Montag, una tal Mildred (más tonta que un ladrillo), pasa gran parte de su tiempo charlando con sus amigas. ¿Algo normal, no? El caso es... que nunca sale de su casa, o casi nunca. Habla con sus amigas por videoconferencia y ve sus imágenes en las paredes de su casa, a modo de pantalla. ¡Pero bueno! ¿No era esta una novela de 1953?

Resulta, sin embargo, que Montag es una persona curiosa. Un día conoce a Clarisse, una vecina a la que los vecinos tachan de estar chiflada porque le gusta pasear, oler las flores y hacerse preguntas. A Montag, sin embargo, le parece un encanto y de alguna manera le pica la curiosidad. Pero resulta que, además, durante un "incendio", el bueno de Montag decide apropiarse de un libro en lugar de quemarlo. Y ahí es donde, como diría la juventud, la lía parda. ¿Por qué? Bueno si quieres saberlo te sugiero que dejes de ver Gran Hermano y salgas a comprar el libro. ¿Me estás enviando a la mierda? ¡Oye! Pero, ¿Qué te has creído?

Ésta es una de mis novelas preferidas, no sólo porque Bradbury era un genio escribiendo (el pobre nos dejó el año pasado), sino porque, cuando terminas de leer este libro no puedes evitar pensar cuán cierto es que la ignorancia es la madre de la felicidad. Aún así, ¿Vale la pena ser feliz de este modo? Con esto no quiero decir que yo no vea estupideces en televisión, o que yo no lea la prensa deportiva o que yo no pierda el tiempo en facebook... Sin embargo, también veo cine, leo libros, salgo a bailar, viajo y quedo con mis amigos. Luego vuelvo a casa y pongo otra vez la tele. 

La cura contra la ignorancia no está en los libros, está en la vida. No obstante, leer empuja a hacerse preguntas que muy a menudo se resuelven con la experiencia. No apartéis los libros de vuestra vida, bueno El Código Da Vinci sí podéis apartarlo (así, como quien no quiere la cosa...). Nunca se sabe cuándo a algún iluminado (o inquisidor) se le ocurrirá volver a quemarlos porque, como ya he dicho, esto no es ciencia ficción. Por cierto, ¿A qué temperatura arde el papel de los libros?