Hace nueve meses que cambié el rumbo de mi vida y vine a vivir a China. Por eso, y a sabiendas de que estaré por aquí otro curso, hoy quiero parir esta entrada que, a diferencia de las anteriores entradas de esta serie, no relatará un viaje o una escapada, sino que me servirá para evaluar ciertos mitos sobre el gigante asiático.
Antes de empezar a descuartizar el lifestyle chino, dejadme que aclare el título. Algunas de las cosas que mencionaré son, efectivamente, verdades como templos. Otras son falsos mitos heredados de la incultura general. Sin embargo, también mencionaré algunas cuestiones que se encuentran, por así decirlo, a medio camino entre la más absoluta realidad y la más innegable falsedad. Las llamaremos verdades a medias. Como son muchas las cosas que quiero explicar, dividiré la entrada en dos partes. También quiero añadir que ésta es MI experiencia viviendo en una ciudad pequeña y habiendo visitado sólo algunas ciudades del país. No es la verdad absoluta, pues no la hay. Dicho esto, y espero que con el beneplácito de mis amigos residentes en China (sí, esto va por tí, Víctor), ahí voy...
1. LOS CHINOS SON GENTE MUY TRABAJADORA Y EFICIENTE: VERDAD A MEDIAS.
Los chinos trabajan muchas horas diarias. Las siete u ocho horas habituales que los occidentales dedicamos a nuestro trabajo son generalmente pocas en este país. Las tiendas abren todos los días desde las ocho de la mañana (he visto algunas abiertas desde las siete) hasta las nueve o las diez de la noche sin interrupción. Los bancos abren por las tardes y los fines de semana. Sin embargo, también he visto dependientas durmiendo en su horario laboral y los empleados de los bancos no son precisamente diligentes ni tampoco productivos (los bancos en China merecen capítulo aparte...). Al igual que muchos españoles, algunos chinos trabajan más bien poco a pesar de tirarse mil horas en su puesto de trabajo.
2. CHINA ES UN PAÍS SUCIO Y RUIDOSO: VERDAD.
Si venís a China, no esperéis ver contenedores para reciclar (con suerte encontraréis una papelera). La mayoría de chinos no tienen demasiados problemas a la hora de tirar papeles, colillas... al suelo. A esto, sumémosle que escupen todo el tiempo. Lo han hecho así desde siempre, según ellos, para limpiarse las vías respiratorias. Durante los juegos de Beijing, las autoridades trataron de persuadir a los ciudadanos para que se privasen de hacerlo, pero yo sé que he vuelto a China en el mismo momento en que oigo a alguien carraspear un gargajo. Las ciudades grandes están menos sucias que las pequeñas. Aun así, hay mierda por un tubo, por no hablar de la calidad del aire... Y en cuanto al ruido... pues como en España. La gente tiene un tono de voz muy alto (por no decir que gritan que no veas) y no respetan mucho los horarios de "descanso". Los coches y sus incansables bocinas son la banda sonora de las ciudades.
3. CHINA ES UN PAÍS SEGURO: VERDAD.
Usando el sentido común es muy difícil que os suceda algo malo en China. Veamos... ¿Soléis caminar solos por según qué zonas de vuestra ciudad a las tantas de la madrugada? ¿Buscáis pelea cuando salís de bares? ¿Descuidáis vuestras pertenencias en el metro o tomando algo en una terraza? Pues si no hacéis esto en casa, no lo hagáis en China. Por lo demás, puedo decir que en muchas tiendas, los productos no tienen alarmas. Puedo decir que nadie os robará la bicicleta por apoyarla en la farola. Lo más peligroso de China, en mi opinión, es cruzar la calle. En general, es un país muy seguro, incluso en las grandes ciudades. Os lo dice una cabra loca que se ha visto un montón de sitios sola, siendo mujer, y sin saber el idioma.
4. LOS CHINOS COMEN MUY SANO, POR ESO ESTÁN DELGADOS: MENTIRA.
Los chinos del siglo XXI comen tan mal como los occidentales. La comida frita está por todos lados: brochetas de carne, salchichas, fideos, empanadillas... Además, la cantidad de azúcar que esta gente pone en los alimentos es enorme. Todo es dulce (como el pan o el salchichón), o demasiado salado, o pica en exceso. Y luego están los alimentos procesados, que los chinos, literalmente, devoran. Tratar de encontrar patatas fritas con sabor a patata es una misión casi imposible. Eso sí, las tenéis con sabor a tomate, a pepino, a sopa de fideos, a estofado... (aunque nada peor que las palomitas para microondas con sabor a chocolate). Sí, es cierto que también comen verduras (aunque casi nunca crudas o al vapor, las suelen guisar o freír) y mucha fruta. Y toneladas de arroz blanco con todo. Los chinos están delgados... ¡porque son chinos! Está en su genética, punto. Aun así, cada vez es más común ver adolescentes con problemas de peso, debido a la proliferación de restaurantes de comida rápida y al nuevo estilo de vida en general.
5. LOS CHINOS SON MUY HOSPITALARIOS Y AMABLES: VERDAD.
Hay chinos bordes, claro. También hay modelos inteligentes (digo yo...). Sin embargo, en general, los chinos son bastante amigables y hospitalarios (excepto si están haciendo cola, entonces no hay amigos que valgan). La mayoría de los chinos que he conocido me han tratado muy bien, han sido respetuosos conmigo, confiados y generosos. También es cierto que el ser occidental aquí da puntos. Yo, por mi parte, no tengo absolutamente ninguna queja al respecto.
6. A LOS CHINOS LES ENCANTA HACER DEPORTE: VERDAD A MEDIAS.
Sin contar con mis alumnos (que son adolescentes y necesitan ejercicio para no volverse locos) no he conocido ni un solo chino en nueve meses que practique algún tipo de deporte. Bueno, un día vi a dos profesores echar una partidita de bádminton en un descanso. En Shanghai es común ver gente corriendo por el Bund, pero son todos extranjeros. También es común ver gente haciendo Tai Chi en los parques y plazas, pero si el Tai Chi es un deporte, lavar los platos también. Lo más curioso es que ellos son los primeros que te recuerdan lo importante que es hacer deporte. Y hacen ejercicios y estiramientos en los aviones de China Eastern (¡coordinados por las azafatas!). Pero no nos engañemos, el ejercicio preferido de los chinos es... comer.
7. LOS CHINOS COMEN BICHOS Y PERROS: VERDAD A MEDIAS.
Podéis comer insectos en China, si queréis. Desde cucarachas a crisálidas, saltamontes... No es difícil encontrarlos, sobretodo en las ciudades grandes. Sin embargo, no forman parte de la dieta diaria de los chinos. Los chinos que conozco dicen no haber comido perro jamás. En parte porque sólo es típico en algunas zonas, como Dalian, y en parte porque es caro. Además, empieza a ser común ver gente que tiene perros como mascotas. Sí son comunes otras "exquisiteces" como la tortuga o el pene de toro. No pongáis esa cara, en España se comen caracoles, callos y pies de cerdo...
8. CHINA ES UN PAÍS MODERNO, LA PRÓXIMA POTENCIA MUNDIAL: VERDAD A MEDIAS.
Shanghai, Beijing, Shenzen o Hong Kong son ciudades muy modernas. Pueden presumir de altos rascacielos, tiendas de diseño, hoteles de lujo, etc. Fuera de las grandes ciudades, la cosa cambia. Ver el cableado al descubierto, colgando de un edificio a otro, es común. Los apagones, por tanto, son habituales. Muchos bloques de viviendas son una chapuza. Podéis conducir por autopistas nuevas o por carreteras llenas de baches (y abismos infernales). Los letreros de neón contrastan con la ausencia de farolas en muchas zonas. El agua del grifo no se puede beber, no hay buenas depuradoras. Como ya he dicho, tampoco se recicla nada. En China conviven lo nuevo y lo viejo, porque en este país que no hace tanto vivía encerrado en sus tradiciones ancestrales ahora todos quieren llegar el primero y se ha avanzado en años lo que en Europa ha costado décadas. En algunos sitios como Wuwei todavía hay gente que lava la ropa en el río o que se ducha en los baños públicos. China controla los mercados mundiales. Eso es un hecho. Pero, en mi opinión, ser una potencia exige también ser capaz de exportar mundialmente un modo de vida. Y eso, dudo que suceda nunca.
9. LA MEDICINA CHINA ES MEJOR Y MÁS NATURAL QUE LA OCCIDENTAL: VERDAD A MEDIAS.
No os pongáis enfermos en China. Los hospitales son tercermundistas. Bueno, tanto no, pero casi. Las medidas higiénicas y de esterilización brillan por su ausencia. En mi primer examen médico en China, mi análisis de orina consistió en mear en un vasito de plástico haciendo uso de los lavabos del hospital (una clínica privada de primer nivel), que estaban asquerosos. El vasito no tenía tapa. La enfermera me indicó que saliese con él en la mano y lo depositase sobre una bandeja. En ella había otros seis o siete vasos como el mío, marcados con rotulador, sin tapar. El análisis de sangre me lo hicieron sobre un escritorio común. Para la prueba oftalmológica, utilizaron instrumental de los años ochenta. Además, si os ponéis enfermos, es muy probable que el médico os "recete" dos cosas: que bebáis mucha agua caliente (que aquí es milagrosa, como la de Lourdes) y que toméis glucosa. Para el resfriado... glucosa. Para la malaria... glucosa. Las farmacias chinas son... indescriptibles. Son como viejas boticas, llenas de frascos con hierbas o lo que es peor, bichos. Y, bueno, qué decir de los dentistas, que pueden sacarte una muela o ponerte una funda en plena calle. Sí, es verdad que no hay masajistas como los chinos. En eso son los mejores. Y en cuanto a la acupuntura, pues no la he probado, así que me abstengo de comentar al respecto.
10. LOS CHINOS SE TOMAN LA VIDA CON CALMA: VERDAD A MEDIAS.

En China es común, al hacer una pregunta, encontrarse con dos tipos de respuesta: "No lo sé" y "A lo mejor". A veces las combinan. La planificación es un misterio para ellos. Improvisan, hacen planes a última hora, los cambian y los vuelven a cambiar. No le digas al del banco que tienes prisa, le importa una mierda, él tiene que sellar cuatrocientos papeles para darte cambio de cinco. Por otra parte, se ponen histéricos, como he dicho antes, en las colas de las estaciones de tren, de las taquillas, del súper... Se cuelan, empujan, meten el codo... y no penséis que piden permiso ni perdón. A la hora de conducir, ni dios respeta las normas. Cruzar es, como dice mi amiga Sonia, susto o muerte. Sólo en Atenas he visto peores conductores que en China. Aquí hay que cruzar esquivando los coches, sin hacer caso de semáforos ni pasos de peatones. Hay que torear coches y motos, saltar por encima a veces. Lo llamamos "cruzar a lo chino". Lo peor es que luego vuelvo a España y me olvido de que allí no se hace...
11. LOS CHINOS SON GENTE CONSERVADORA: VERDAD.
La gente me pregunta a menudo por qué no estoy casada. Y aunque trate de explicar mis razones, no las entienden. Aún entienden menos por qué no quiero ser madre. Aunque las grandes ciudades están volviéndose cada vez más occidentales, lo cierto es que aún queda mucho para que los chinos se liberen de una vez por todas. Conozco de primera mano casos de chinas de veintitantos que aún son vírgenes porque esperan a casarse. Los chinos deben comprar una casa a sus futuras mujeres y entregar una dote de joyas y dinero. Las tradiciones son sagradas. El sexo es un tabú para hombres y mujeres. Por mucho que veáis a las chinas con minifalda y taconazos, o bien os casáis con ellas o no hay chocolate en el que mojar el bizcocho.
12. CHINA ES BARATO: VERDAD.
Quería poner que China es muy barato, pero como algunas cosas no lo son, dejémoslo así. Y excluyamos de esta aserción los productos y servicios occidentales (Starbucks es igual de caro que en Europa y la ropa de Zara, por ejemplo, es más cara aquí). Todo lo demás es una ganga. Yo desayuno por unos treinta céntimos de euro y a veces como a mediodía por unos ochenta céntimos de euro (carne, verduras y arroz). El metro en Shanghai, que es la ciudad más cara, cuesta unos setenta céntimos de euro. En Beijing cuesta menos de la mitad. Me hago la manicura por cuatro euros y me doy masajes de pies por seis. Se puede cruzar Zhengzhou en taxi (y esto lo tengo comprobado de primera mano) tardando dos horas por menos de diez euros. Hacer trescientos kilómetros en el tren bala cuesta menos de veinte euros. Descontando el alquiler o la hipoteca, se puede vivir bien en China con trescientos euros (incluso con doscientos), siempre y cuando no se haga vida occidental, como ya he dicho.
Esto es todo... por el momento. ¡Podéis comentar la entrada y hacer preguntas o sugerencias de cara a la segunda parte!
"On ne naît pas femme, on le devient." ("No se nace mujer, una se hace mujer.")
Tenía yo unos tiernos veintitrés años cuando este libro cayó en mis manos. Estaba en la facultad, mi francés no era muy bueno (me refiero, por supuesto, a mi dominio del idioma francés) y una conocida me lo recomendó, en parte, para practicar mi francés (me refiero, por supuesto, a mi lectura del idioma francés). Hice caso a aquella compañera de facultad de la que poco más supe y me compré el susodicho libro.
Recuerdo que, ya desde las primeras páginas, la obra me sorprendió. Tanto fue así que empecé a subrayar con lápiz los extractos interesantes. Si pudieseis ver el libro, no tardaríais en daros cuenta de que el ochenta por ciento del mismo está subrayado. Dicho esto y antes de entrar en detalles, dejadme que suelte la frase lapidaria: toda mujer, blanca, negra, asiática, gitana, rica, pobre, gorda, flaca, menopáusica, hipocondríaca o compradora compulsiva... DEBERÍA LEER ESTE LIBRO (a ser posible, antes de cumplir los treinta y de joderse la vida). Y voy a ir más allá. Cualquier hombre que de verdad desee entender a las mujeres, y que las ame por lo que son, también debería adentrarse en el mundo de Simone de Beauvoir. Aunque solamente sea por curiosidad. Os aseguro que os sorprenderéis.
A ver... ¿y quién narices es la francesa en cuestión? La wikipedia dice que era una parisina escritora y filósofa, figura del existencialismo, insignia feminista y pareja del filósofo Jean Paul Sartre. Ya, os habéis quedado igual, lo sé. Explico un poco, aunque yo de filósofa tengo lo mismo que de charcutera. Para los existencialistas, las personas no nacen buenas o malas, no hay una esencia inamovible, sino que son nuestros actos, nuestras palabras... en definitiva, nuestra existencia, la que nos define. Dicho en cristiano: si haces cabronadas a la gente, eres un cabrón. Si te rebelas contra el sistema, eres un rebelde. No importan tus condiciones innatas. Yo no soy una existencialista, al menos no al ciento por ciento. Sin embargo, sí le compro a de Beauvoir sus ideas sobre la condición de género. Sí, seguimos viviendo en sociedades patriarcales, no creo que nadie en su sano juicio pueda negar esto (bueno, a lo mejor los actuales políticos en España o algún muyahidín, pero esos desgraciados no cuentan, y menos en mi blog). Y cuando hablo de patriarcado no me refiero únicamente a musulmanas tapadas hasta las cejas. No hace falta ir tan lejos (no hablo de distancia, ya sé que hay musulmanas por todas partes aujourd'hui). Hablo de sueldos y oportunidades profesionales no equitativas, hablo de violencia de género y también de "pequeñas cositas" a las que no damos importancia. Como esos programas de televisión presentados por un señor de cincuenta y muchos, gordo y calvo, siempre acompañado de la señorita despampanante de turno. O esas madres que piden a sus hijas que pongan la mesa mientras su hermano juega a la consola. Y sí, también de ese jodido anuncio de desodorantes que vuelve a las mujeres subnormales perdidas tras olerle el sobaco a un tipejo que en la vida real no follaría ni pagando.
Volvamos al libro, que me ciego. Mi parte preferida es "La femme indépendante" (La mujer independiente), aunque todo él es fantástico. Leedlo si queréis entender por qué la sociedad es como es. Si no comprendéis por qué nacer varón o fémina aún determina la vida de un ser humano. Si hay veces que no acabais de ver clara la razón de los diferentes roles sexuales en la pareja, o el porqué de que muchas mujeres aún se boicoteen a sí mismas y se priven de derechos, de libertad y de la propia felicidad. Este libro es, sin duda, la mejor manera de conocerse a una misma. A veces me sorprende recordar que fue escrito en 1949, hace ya casi setenta años y las cosas han cambiado tan poco en algunos aspectos... Dejemos de ser "la hija de...", "la hermana de...", "la esposa de...", "la mamá de..." y empecemos a ser nosotras mismas, liberadas del estigma que nos imponen y que, a veces, como Simone bien escribió en su libro, nos autoimponemos: "Les femmes se forgent elles-mêmes les chaînes dont l'homme ne souhaite pas les charger" ("Las mujeres se forjan ellas mismas las cadenas con las que el hombre no quiere cargar").
Sé que hacía mucho que no publicaba una entrada en esta serie. Lo cierto es que desde que regresé de Barcelona a finales de febrero no he viajado mucho por el país, en parte porque he tenido más trabajo de lo habitual y en parte porque las vacaciones de verano se acercan y no quería gastar todos mis yuanes antes de tiempo. De hecho, en estos últimos tres meses, sólo he salido de Wuwei en dos ocasiones y en ambos casos ha sido por trabajo. A principios de abril volví a Luan y hace poco más de una semana hice mi primera visita a Tianchang.
¿Y dónde está Tianchang? Bueno, pues si fueseis chinos os diría que está a la vuelta de la esquina, pero como la mayoría de los que leéis esto sois españoles, os digo que está... donde Cristo perdió el gorro. Tianchang es una ciudad de tamaño medio-pequeño (de acuerdo con los estándares chinos) situada en el límite entre las provincias de Anhui, Jiangsu y Henan. Es más o menos el doble de grande que mi amada Wuwei, pero tiene la mitad de habitantes, así que se respira mayor tranquilidad. Lo mejor es que está a tan sólo una hora y media de Nanjing (por carretera) y a unas tres horas de Shanghai, con lo que ganaré dos horas con respecto a mi localización actual.
Además, Tianchang tiene otras ventajas. Para ser una ciudad china, está bastante limpia. Por descontado que los niveles de limpieza en este país no son en absoluto comparables a los estándares europeos, pero tampoco vamos a ser hipócritas y a negar que algunas zonas de Barcelona, Madrid, Roma o Atenas tienen mierda para parar un camión...
Lo cierto es que este viaje era muy importante para mí, no porque en Tianchang haya mucho que ver, sino porque será mi nuevo hogar a partir del próximo mes de septiembre. Sí, me quedo en China (y en Asia) un año más. ¿Por qué iba a despreciar una buena oferta de trabajo en un país que me ha acogido con gran amabilidad y que me ha ofrecido lo que en mi propia tierra se me ha negado? Además, aún he visto muy poco de China y de Asia y estando aquí es más fácil y más barato viajar por estos lares.
Debo decir que el tiempo no acompañó mi visita, pues de los cinco días que pasé en Tianchang, los cuatro primeros no dejó de llover ni un minuto. Sin embargo, y a pesar de tratarse de un viaje de trabajo, con lo que ello supone (clases, reuniones, eventos varios...), también hubo tiempo para el relax. En Tianchang vive mi amiga Jeannine, que es compañera en la compañía para la que trabajo. Jeannine es de Florida y, como no podía ser de otro modo, muy extrovertida y afable (encontradme un estadounidense sureño que no lo sea, es como encontrar una "choni" sin el rabillo del ojo pintado hasta la sien). Con ella y otros compañeros de trabajo pude disfrutar de veladas muy agradables en el Jazz Island Café, un bar-restaurante que, si bien no es exactamente de tipo occidental, sí sirve platos occidentales y copas decentes. Por copas decentes, en China, se entiende, cervezas frías (aquí es difícilisimo hacerles entender que hay que meterlas en la nevera), whiskey con hielo, vino y otras bebidas que en España cualquier persona puede servir en su propia casa pero que aquí son raras fuera de las grandes urbes.
Otra de las cosas que me gustaron de mi futura ciudad es la gran cantidad de instalaciones deportivas y parques de los que disfrutar. No tenemos nada de eso en Wuwei y la verdad es que echo de menos salir a correr o a montar en bici, por no hablar de los lujos de hacer unos largos en una piscina cubierta.
Jeannine también me llevó de compras por el centro de la ciudad y durante el paseo pude localizar cafeterías de estilo occidental y también pastelerías (un día os hablaré de las pastelerías de China...). Y algunos diréis... "¿Y esta tía para qué narices se va a China si lo que quiere es comer patatas fritas y magdalenas?". Mi respuesta es la siguiente: pasad nueve meses comiendo fideos, brochetas chinas, "dumplings", arroz hervido... en fin, comida china, y luego me volvéis a preguntar. No tengo nada contra la comida china, es más, me gusta bastante. Podría decir que está en mi top-ten. Sin embargo, debo decir que no está de más tener alternativas. A veces, un sandwich, una ensalada o una pizza son lo único que necesito para ser feliz. A menudo necesito más cosas.
Cambiando de tema, permitidme que os hable un poco del instituto. ¿Habéis ido a la universidad? ¿Sí? ¿No? ¿No lo sabéis? Bromas al margen, he visto campus universitarios en España más pequeños que el instituto en el que trabajaré el curso próximo, que cuenta con varios aularios, residencia para estudiantes, una cantina gigantesca, auditorio independiente y unos jardines que no te los acabas, con lago incluído por si quieres suicidarte al estilo "Ofelia" tras un mal examen. Si a esto le sumamos que la directora del centro, Madam Tao (sí, ya sé que suena a nombre de puticlub), es una cachonda, creo que va a ser un buen cambio, sin desmerecer lo que tengo en Wuwei, donde siempre me han tratado con mucho cariño.
Veremos qué nos depara el futuro, porque aún no existe, solamente existe el ahora y, por el momento, sigo viendo un gigantesco árbol tras la ventana de mi piso en Wuwei.
Como el guijarro dulce,
me deshilvanas
de los prespuntes de mi conciencia,
entre una pared y un muro
de piedras de algodón.
Me lo dijiste tarde.
Tuve que arrancarlo
mientras tiraba del hilo,
todo a un tiempo,
deshojada.
Tus palabras eran nudos
con cabos maltrechos.
Nunca me ataste con ellos,
nunca me liberaste de ellos.
Como la roca amarga
me hundes en agua
con sabor al metal
de tu garganta,
y hoy me toca, sin duda,
remendar mi mañana.
Al lavarse las manos bajo el agua fría, casi helada, sintió pequeñas punzadas de dolor. Eran como pequeños latigazos en las venas, que trepaban violáceas desde la muñeca al codo, bañadas en el marrón oscuro de la sangre aún caliente. Todavía podía ver la marca de la vía en el dorso de la mano izquierda, de donde se había arrancado una aguja de seis centímetros. Le parecía difícil de creer que aún pudiese sentir algo más allá del palpitar de sus sienes. Había transcurrido suficiente tiempo como para que el párpado superior del ojo izquierdo se hubiese inflamado tanto que le impedía ver correctamente. Sobre la piel blanca y suave, como el papel de seda, los colores de su mala suerte pintaban un arcoiris de azules verdosos y amarillos ocre. Perfilando el labio inferior casi de manera milimétrica, un corte carmesí oscuro que terminaba por partir la comisura en dos. Aunque lo peor no era su cara.
Debajo del camisón de algodón, sus entrañas se habían convertido en un amasijo de tejidos que se le pegaban al vientre, bajando hasta las paredes interiores de sus muslos nacarados, goteando la sangre hasta los tobillos. Le hubiese gustado no tener pechos y así no sentir el escozor agudo en los pezones, que habían pasado de un rosa pálido a un gris mortecino. Y luego estaba la espalda, que arqueaba por el dolor y los espasmos, sintiendo que su columna vertebral era como una ramita que en cualquier momento se partiría en dos.
A menudo se decía que Kokoro no podía sentir, aunque ella no sabía nada de lo que se decía. ¿Qué era, pues, aquello? Ah, bueno. Se trataba de dolor físico. No era a eso a lo que se referían los demás. Hablaban de sentimientos, no de sensaciones. Kokoro, desde luego, no supo nunca lo que era el amor, ni la paz interior, ni los entresijos del corazón humano. Sin embargo, estaba casi segura de que alguna clase de sentimiento negativo la invadía en aquel instante, cuando, frente a una de las ventanas de la sala doce de la granja, vio el reflejo de un cadáver que la miraba. ¿Cómo describirlo? Kokoro no lo sabía.
Se dio la vuelta y vio las camas, alineadas de a ocho, herméticamente selladas. Estaban todas ocupadas, todas funcionando a pleno rendimiento. Menos la suya, la que estaba abierta, en la tercera fila. En el suelo, dos cuerpos sin vida. El primero, el del médico, que trató de sujetarla. Le había enroscado alrededor del cuello el tubo del gotero. Lo había hecho sin mirar, sin incorporarse, tumbada bajo las vigas metálicas mientras la luz fluorescente parpadeaba sobre su cabeza. No sabía si le había costado mucho esfuerzo. Había salivado bastante y recordaba haber rechinado un poco los dientes. Después apareció el otro, que se acercó a la cama con el arma entre las manos. Y la miró. Durante un buen rato, no supo qué hacer. Kokoro no se movía. No pestañeaba. Sabía hacerlo, pero no le hacía falta. Entonces se le había abalanzado, como una fiera descontrolada. Le tiró del pelo, le mordió y le arañó. Él la golpeó en la cara. Luego perdió su arma y Kokoro la recogió. No sabía usarla. Ni siquiera sabía cómo manejarla. La usó a modo de bate y le reventó la cabeza a golpes. Luego la soltó y fue hasta la ventana sobre el fregadero.
¿Por qué lo había hecho? Demonios, ni siquiera sabía por qué estaba allí. Ni por qué le habían vaciado el cuerpo por dentro. No entendía el porqué de los golpes y la carnicería. La habían despertado súbitamente. Había visto una cara desconocida. Un hombre con gafas y la frente arrugada. Se había colocado entre sus piernas abiertas y le había hecho algo mientras ella se retorcía de dolor y miedo. Una mujer joven le había ayudado. Luego se llevó lo que había en su interior. No pudo verlo. El señor de las gafas se había acercado a Kokoro y le había dicho algo sobre los efectos de la anestesia. Luego se sacó la vía y lo estranguló. Ahora estaba en el suelo, tendido boca abajo, con el tubo enredado y la lengua fuera de la boca. Lo miró y sintió algo, pero no sabía qué era.
Caminó entre las camas. Apenas veía ya nada con el ojo izquierdo, pero no le hacía falta más que un ojo para ver. Kokoro 12. Kokoro 27. Todas se parecían. Todas dormían. Todas tenían el vientre abultado bajo el camisón de algodón. El suyo estaba sucio. Se lo levantó. Había sangre oscura y reseca. Sintió un líquido pegajoso que salía de su interior desgarrado. Se tocó y sintió algo, pero no sabía qué era. Estaba rota por fuera y por dentro. Sacó la mano de su vientre. La necesitó en su cara. Acababa de parpadear sin proponérselo, y la mejilla se sentía húmeda e irritada.
Kokoro no podía sentir, ni tomar decisiones.
Se acercó de nuevo a su cama y se tumbó dentro. Al fin y al cabo estaba en casa.

Durante los años que pasé en la universidad estudiando filología inglesa, leí cientos de libros. Tenía tantísimas lecturas obligatorias que, cuando llegaban las vacaciones, no quería leer ni las etiquetas del champú. Yo amo leer, es una pasión para mí. Sin embargo, cuando leer se convierte en un deber, obviamente, no se disfruta al mismo nivel (a veces, simplemente, no se disfruta a ningún nivel). De entre todo lo que tuve que leer en aquellos tiempos, salvaría de la quema un setenta por ciento aproximadamente. Por un lado, la mayoría de los clásicos (Dickens, Shakespeare, Blake, Poe, Whitman, Faulkner, Woolf...). Digo la mayoría porque fui incapaz de aprender a tolerar a Jane Austen (quizás mi próxima víctima) o a Hemingway, a pesar de mis numerosos intentos. Salvo a casi todos los poetas, y también a muchos escritores modernistas (de Joyce no sé qué decir...). Por supuesto adoro a los representantes de la contracultura americana como Kerouac o Burroughs, así como a los grandes nombres de la literatura poscolonial, especialmente a Selvon, y defiendo ciertos nombres respetables de la narrativa contemporánea.
Recuerdo algunas novelas con cariño, pequeños descubrimientos que me hicieron mis profesores, como El gran Gatsby, Rebecca o Un pasaje a la India. Entre ellas, quiero destacar la obra más importante de D. H. Lawrence (aunque El arco iris tambien me fascina), que voy a comentar hoy, El amante de Lady Chatterley, una novela que me encanta y que, además, marcó un antes y un después en la manera de concebir el erotismo en la literatura inglesa.
De acuerdo, voy al grano. La novela cuenta la historia de Connie, la esposa de Sir Chatterley, inválido de guerra. Los Chatterley llevan una vida social muy activa y disfrutan de una existencia acomodada. Sin embargo, Connie no es feliz. Su marido no puede llenar su vacío, ese vacío que ella siente, concretamente, entre las piernas. La invalidez de Clifford Chatterley impide apagar los fuegos de su esposa. Pero entonces aparece Michaelis, un amigo de Clifford que se convierte en nuevo amigo con derecho a roce de Connie. ¡Pero estamos en los años veinte! (aunque la censura impidiese la publicación de la novela hasta finales de los cincuenta...) Por lo tanto, para Connie, el sexo por el sexo con Michaelis (o Mick) no le aporta satisfacción completa, especialmente porque resulta que este tipo es más bien egoísta en la cama, pero menos da una piedra. Sexo clandestino a espaldas del marido es mejor que nada.
De todos modos, Connie sigue insatisfecha. Entonces, empieza a dar paseos por el bosque, y un día conoce a Oliver Mellors, el guardabosques, símbolo de la masculinidad que, no sólo le va a dar a Connie sexo ardiente y de calidad, sino que también hará que ella se descubra, sin complejos, y se sienta la mujer más deseada y poderosa del mundo. Las escenas de sexo y los diálogos entre Connie y Mellors dieron mucho que hablar en la época, tanto que, como he dicho, la novela fue censurada y tachada de obscena y pornográfica. Obviamente, a día de hoy, rodeados de adolescentes que practican felaciones entre deberes de matemáticas y ensayos de ballet, puede no resultar tan fuerte. Aún así, esta es una de las novelas más eróticas que he leído, no por lo que dice, sino por lo que se intuye, el ardor entre los protagonistas, el deseo de lo carnal.
Connie es una mujer que se atreve a disfrutar del sexo en plena posguerra en la Inglaterra del saber estar, los protocolos y los buenos modales. Mientras la mayoría de las mujeres bordaban y hablaban de teteras, ella se pasaba por la piedra a un guardabosques. Sólo por esto vale la pena leer la novela. Y también porque las cosas censuradas merecen el eco que se les negó en su día. Es como darle una hostia al censor a través del tiempo. "¿Tú censuras el libro? ¡Pues yo lo recomiendo! ¡Que te jodan!"
A Lawrence se le tachó de pornógrafo en su época por poner a un rudo guardabosques entre las piernas de una señorita de alta curnia. Puede que en pleno 2013 la obra peque de machista en algunos momentos (hay quien dice que ha envejecido mal, y tal vez así sea), no en vano esta novela fue escrita hace casi un siglo. Dejadme añadir que quizás el final no esté a la altura. Aún así, por ser una novela que leí con ganas y por lo transgresor del personaje de Connie, la recomiendo totalmente.
"Sí, la gente finge tener emociones cuando, en realidad, nada siente. Creo que ser romántico consiste en eso."
En más de una ocasión, la gentucilla con la que me relaciono me ha preguntado el porqué de mi apellido, Montag. Me parece tan obvio que no sé por qué se lo preguntan. Veamos, mi padre se llama Rafael Montag, así de simple. Bueno, vale, en realidad mi padre es andaluz y tiene apellido de futbolista, lo cual no le resta glamour. Bueno, lo cierto es que tengo un apellido de lo más terrenal. Entonces... ¿Quién es Montag?
En 1953, Ray Bradbury, uno de mis novelistas preferidos, publicaba esta novela de corta extensión y enorme mensaje. Para los que no conozcan a Bradbury, autor de Crónicas Marcianas (leed estos relatos, por vuestra madre) y El país de octubre, entre otros, diré que su obra es una maravilla y que está inspirada en los más oscuros miedos de las personas. Y si creéis que la ciencia ficción es únicamente cosa de naves espaciales, robots e ingeniería genética, vais muy desencaminados. El tema principal en las obras de este género es siempre la humanidad, con sus miedos, sus penas, sus esperanzas, su maldad y su angustia. A partir de ahí, lo demás es simple atrezo.
Volvamos a la novela. ¿Qué explica? Pues explica la historia de Montag... ¡Vaya! En fin, resulta que Montag es bombero, pero no uno cualquiera. En el mundo que presenta Bradbury, los bomberos no apagan fuegos, sino que se dedican a quemar... libros. ¿La razón? El gobierno del país en cuestión cree que si la gente lee y adquiere conocimientos, dejará de ser feliz. Y no les falta razón. Para tener a la gente contenta, ha sido creada una sociedad hermética que atonta a las personas (uy, esto me suena mucho...). Veamos, la señora de Montag, una tal Mildred (más tonta que un ladrillo), pasa gran parte de su tiempo charlando con sus amigas. ¿Algo normal, no? El caso es... que nunca sale de su casa, o casi nunca. Habla con sus amigas por videoconferencia y ve sus imágenes en las paredes de su casa, a modo de pantalla. ¡Pero bueno! ¿No era esta una novela de 1953?
Resulta, sin embargo, que Montag es una persona curiosa. Un día conoce a Clarisse, una vecina a la que los vecinos tachan de estar chiflada porque le gusta pasear, oler las flores y hacerse preguntas. A Montag, sin embargo, le parece un encanto y de alguna manera le pica la curiosidad. Pero resulta que, además, durante un "incendio", el bueno de Montag decide apropiarse de un libro en lugar de quemarlo. Y ahí es donde, como diría la juventud, la lía parda. ¿Por qué? Bueno si quieres saberlo te sugiero que dejes de ver Gran Hermano y salgas a comprar el libro. ¿Me estás enviando a la mierda? ¡Oye! Pero, ¿Qué te has creído?
Ésta es una de mis novelas preferidas, no sólo porque Bradbury era un genio escribiendo (el pobre nos dejó el año pasado), sino porque, cuando terminas de leer este libro no puedes evitar pensar cuán cierto es que la ignorancia es la madre de la felicidad. Aún así, ¿Vale la pena ser feliz de este modo? Con esto no quiero decir que yo no vea estupideces en televisión, o que yo no lea la prensa deportiva o que yo no pierda el tiempo en facebook... Sin embargo, también veo cine, leo libros, salgo a bailar, viajo y quedo con mis amigos. Luego vuelvo a casa y pongo otra vez la tele.
La cura contra la ignorancia no está en los libros, está en la vida. No obstante, leer empuja a hacerse preguntas que muy a menudo se resuelven con la experiencia. No apartéis los libros de vuestra vida, bueno El Código Da Vinci sí podéis apartarlo (así, como quien no quiere la cosa...). Nunca se sabe cuándo a algún iluminado (o inquisidor) se le ocurrirá volver a quemarlos porque, como ya he dicho, esto no es ciencia ficción. Por cierto, ¿A qué temperatura arde el papel de los libros?
Con esta entrada quiero empezar una serie de crítica literaria en el blog (El grupo de Bloomsbury), en parte para animaros a leer, aunque también para animaros a no hacerlo, como en el caso de la novela que voy a destripar a continuación.
Estaba yo aburrida una tarde durante mis últimas vacaciones, apoltronada en el sofá de mi amiga Sonia, cuando ésta aparece por la puerta con un ladrillo en las manos. Perdón, con un libro. El libro en cuestión es un mamotreto de más de quinientas páginas y muestra una vanidosa pegatina en la portada, que lee lo siguiente: "Sí, esta es la trilogía de la que habla todo el mundo". En primer lugar, me asusta conocer que es una trilogía. No, no tiene nada que ver con la extensión de la novela, las he leído mucho más largas. El problema es que, si la primera parte de la susodicha trilogía es mala (que lo es) pero adictiva (que también lo es), tiene una la obligación moral de leer, no una mierda, sino tres. En segundo lugar, quiero dejar claro que he leído muchos best-sellers (la mayoría muy malos), así que trato de no juzgar las cosas sin conocerlas (lo que no implica que lo consiga siempre). Por otra parte, leer en la contraportada la biografía de la autora, una señora casada y con hijos que "...postergó sus sueños para dedicarse a su familia..." me produce escalofríos. Con todo, abro el libro cuando Sonia se marcha de vuelta al trabajo. No puede ser tan malo como parece... ¿O sí?
La protagonista de la novela es una tal Anastasia, una joven de veintiún años, recién licenciada en... ¡literatura! Pongo esto entre signos de admiración porque luego la muy desgraciada se atreve a decir que su novela preferida es Tess, la de los d'Uberville: una mujer pura fielmente presentada (Tess of the d'Urbervilles: A Pure Woman Faithfully Presented), dramón infumable donde los haya, escrito por Thomas Hardy. En fin, la pobre Anastasia, que ya de por sí es más bien sosa, es, además, virgen (luego descubrirá que es multiorgásmica y que se corre con un soplido). Al parecer llevaba toda la vida reservándose para acabar follando duro con un millonario prepotente, engreído e insustancial que disfruta del sado con mujeres a medio depilar.
El señor Christian Grey es, en mi humilde opinión, el personaje masculino más insorportable que jamás haya sido creado para una novela (superando a Heathcliff, de Cumbres borrascosas, escrito por Emily Brontë). La pobre Anastasia, que no deja de decirnos lo buenísimo que está, cae rendida a sus pies, literalmente. Es guapo, multimillonario y solidario (sí, ya sé que los dos últimos adjetivos son un tanto incompatibles). El pobre señor Grey tiene traumas de los que no desea hablar (algo relacionado con una madre yonki, puta y maltratadora... ¡Qué original!). Eso sí, con cuatro años fue adoptado por una familia bien (la cual, por cierto, no pudo proteger a su chiquitín de acabar desvirgado y fustigado por una dominatrix mucho mayor que él). Y yo me pregunto... ¿Le ha dado tiempo a este hombre a traumatizarse tanto en cuatro años?
Por si este ejemplar de macho fuese poco, resulta que tiene un helicóptero, un jet y una "habitación roja del dolor" en la que fustiga a sus sumisas en todo el clítoris ¡Zasca! Siempre he querido que un millonario gilipollas me pegase un latigazo en el clítoris, en realidad, es el sueño de toda mujer con dos dedos de frente. Aunque esto no es malo en comparación con la retahíla de órdenes que la pobre muchacha tiene que atender: "siéntate", "come", "no te muevas", "arrodíllate", "tómate un ibuprofeno"... Yo siempre lamento no dominar el arte de escribir buenos diálogos (soy demasiado prosaica), pero lo de la señora E. L. James roza la ilegalidad. Hacía muchos años que no leía una novela tan mal escrita y con unos personajes tan mal desarrollados. Literariamente, y digo esto desde el punto de vista de una simple filóloga y aprendiz de escritora que, eso sí, ha leído mucho, esta novela es un despropósito.
Sin embargo, resulta que este bodrio de proporciones homéricas... engancha. También enganchan Jersey Shore y reventarse los granos y ello no implica que ninguna de estas cosas sea buena. Toda esa prosa facilona y esos diálogos a medio terminar se digieren demasiado fácilmente. Por ilustrar esto, diré que, cuando Sonia volvió a casa, tres horas más tarde, habían caído más de doscientas páginas.
Una de las cosas que de más mala leche me ha puesto con respecto a este libro es el contrato que el señor Grey redacta para que Anastasia lo firme y sea suya. El contrato pasa de ser una condición imprescindible para tener sexo con ella (con normas de lo más ridículas) a convertirse en un montón de papeles que ambos protagonistas se pasan por el forro. Por cierto, cuatro veces inserta la autora el contrato en la novela, debió pensar que era corta y que así cobraría más.
Por último, si sois personas con una vida sexual más o menos sana y variada, encontraréis que algunas de las supuestas perversiones que esta novela relata son más bien leche con galletas. Tanto cuero, arneses, grilletes y demás para acabar follando, la mayoría de las veces, como el común de los mortales. Si vuestra vida sexual es, en cambio, anodina o inexistente, quizá lo disfrutéis. En mi caso, podéis ver cuantísimo me ha gustado. Pero, en fin, como la puñetera novela es la primera parte de una trilogía, me veo leyendo lo que queda. Ya os contaré, al fin y al cabo, "Estamos para complacer".
Ya sé que esta entrada llega un poco tarde (dos meses tarde, para ser
exactos), pero digamos que estas últimas semanas he estado muy ocupada
(de vacaciones en España). Bien, permitidme que regrese, sin máquina del tiempo, a diciembre de 2012. Tras una visita fugaz pero intensa a Beijing, mis amigos Víctor y Mili, un matrimonio de canarios que trabajan en la universidad, me esperaban en Zhengzhou, capital de la provincia de Henan, en el centro del país, para celebrar con ellos el fin de año.
Para desplazarme de Beijing a Zhengzhou, el 31 de diciembre tomé un tren de alta velocidad en la estación norte de la capital china, que, para que os hagáis una idea, es mucho mayor que muchos aeropuertos de tamaño medio. Los accesos a la estación son numerosos y están increíblemente custodiados por las fuerzas de seguridad chinas. Como en otros lugares del país, como el metro, por ejemplo, acceder a las estaciones de tren en China implica mostrar el billete unas cuantas veces antes de subir al vagón, permitir que escaneen tu equipaje y pasar bajo el arco detector de metales. Exactamente igual que en un aeropuerto convencional.
Desde la entrada principal hasta la puerta de embarque tardé unos veinte minutos caminando con mi pequeña maleta. Por suerte, los letreros estaban en inglés, además de en mandarín. Además, como soy una mujer previsora (bueno no lo soy, pero en esta ocasión lo fui), ya había comprado mi billete en Wuwei la semana anterior. Creedme, no queréis hacer cola en la taquilla de una estación en China.
El viaje en tren fue una maravilla. No sólo fue rapidísimo (la velocidad media durante el trayecto osciló los 400 kilómetros por hora), sino que además era muy cómodo y limpio. Cierto es que pagué por el billete más caro, en primera clase, que me costó alrededor de treinta euros al cambio. A mi lado se sentó una señora china de unos sesenta y tantos, a la que saludé como pude haciendo uso de mi horrible mandarín. La señora me sonrió y contestó en un inglés impecable. Conversamos durante un rato y me explicó que hablaba muy bien esa lengua porque su hija vivía en Perth (Australia) y la visitaba a menudo. Al cabo de un rato, me puse los auriculares y me dormí. Al despertar, mi improvisada compañera de viaje me había comprado una botella de agua y unas galletas. Adorable la hospitalidad de algunos chinos. Mi tren recorrió más de seiscientos kilómetros en una hora y media aproximadamente.
Al llegar a la estación este de Zhengzhou, llamé a Víctor, que se suponía debía esperarme. Me dijo que saliese por la salida este, que, casualmente, no existía aún, pues la estaban construyendo. Al comentárselo a Víctor, se extrañó y me dijo que saliese por otra parte y le diese alguna referencia para venir a buscarme. Salí por la entrada principal, donde se leía, en letras enormes, Zhengzhou East Railway Station (Estación este de Zhengzhou). Le dije a Víctor que había una explanada y que a lo lejos se veían edificios en construcción. La estación parecía muy nueva y en los alrededores no había gran cosa. Esperé. Seguí esperando. Allí no aparecía nadie y empezaba a hacerse de noche. La noche de fin de año y yo en medio de una explanada quién sabe dónde. Víctor llamó y me dijo que él se encontraba en la entrada principal de la estación y que no me veía. Yo no entendía nada. No lo veía ni a él ni a su amigo Marco, un mexicano afincado en Zhengzhou, que también había salido a buscarme. Finalmente, dimos con la clave. En Zhengzhou hay dos estaciones de tren. Aunque yo había dicho a Víctor que llegaría a la estación este, él no sabía de su existencia por ser una estación de construcción reciente. El malentendido me costó un par de horas pasando frío. Por si fuese poco, me encontraba bastante lejos de su casa, y bastante lejos, en China, significa, a tomar por culo.
Cogí un taxi para ir a casa de Víctor y Mili. Ésta fue la peor parte. Había un tráfico horroroso. Quizás penséis que esto es normal en China, y no os equivocáis. Sin embargo, de las siete ciudades de China que he visitado, Zhengzhou es la que tiene el tráfico más horroroso. Tardé otras dos horas en llegar, el taxi apenas se podía mover. Los taxis en China son baratos y aún así me costó un buen pellizco. Cuando llegué era casi la hora de cenar, así que no tuve tiempo ni de ducharme ni de cambiarme de ropa. Salí a cenar con lo puesto, sin lavarme el pelo y sin maquillar. Sobra decir que los demás iban bien arregladitos.
Fuimos a cenar con Marco y otros amigos, todos expatriados en China, a un restaurante en el centro. Cenamos "hot pot", una especie de cocido chino. En el centro de la mesa está incrustada la olla, en la que hierven las sopas. Los camareros traen carne, fideos (los fideos los estiran en el aire haciendo acrobacias), verduras y otros ingredientes para echarlos en la sopa. Es de las mejores cosas que he comido en China, y apetece mucho en días fríos como aquél. Sin embargo, lo mejor de la cena fue ser testigo del "amor" nacido entre Víctor y una joven camarera china. Lo pasamos muy bien, a pesar de estar tan lejos de casa en una noche tan especial y a pesar de no comer uvas. Como recuerdo, afané unos delantales que prestan en el restaurante para que no te manches la ropa. Después de cenar, fuimos a tomar unas copas y a bailar a uno de esos locales chinos de los que os he hablado en otras entradas de esta serie del blog. Sin ser la fiesta más fabulosa de mi existencia, la recuerdo con cariño y como una experiencia vital muy interesante.
El día de año nuevo, fui a comer con Víctor y Mili a un centro comercial (como me gustaría uno así en Wuwei...) y, como recuerdo, afané unas tazas. Pasé un par de días más en la ciudad, que, sin ofrecer demasiadas cosas interesantes, es un sitio bastante agradable (a pesar del tráfico). No creo haber cogido más autobuses interurbanos en la vida, eso sí.
En general, fueron unos días agradables y agradecí haber pasado la nochevieja con amigos, y hablando español. Víctor y Mili se portaron maravillosamente conmigo, me acogieron esos días en su pequeño piso, me llevaron de paseo por la ciudad y estuvieron muy pendientes de mí. Desde aquí se lo agradezco enormemente.
Afrodita (Ἀφροδίτη) o Venus nació de una almeja. Vamos, igual que tú y que yo. Además, esa almeja que no es sino una representación de la diosa Gea (la Tierra), fue simbólicamente concebida por los castrados genitales del dios Urano (el Cielo). Resumiendo, esa diosa que en el cuadro de Boticelli se tapa un pecho y su propia almeja con un pelazo rojo que ni Vicky el Vikingo nació de una manera bastante natural dentro de lo que cabe, y esto es bastante surrealista cuando de por medio hay mitología griega. El caso es que Afrodita fue creada por y para el amor, y aún así, acabó casada con Hefesto, un dios herrero y jorobado que era algo así como el saldo del Olimpo. Lo que pasa es que Afrodita tonta, lo que se dice tonta, pues no era. Así que le echó el ojo a Ares (o Marte), dios de la guerra, que se ve que le daba la caña que toda diosa precisa.
En algunos mitos, Eros (Cupido) era hijo de Afrodita y Ares, de ahí que el pequeño arquero encarne dos versiones distintas aunque compatibles del amor: la romántica (en el siglo XXI son las rosas rojas, los bombones y demás), que le viene por parte de madre, y la pasional (la atracción física, el sexo y el impulso), por parte de padre. Eros estaba enfrentado con Psique (la razón, la mente), porque el amor, como bien sabemos, es cosa de idiotas. Pero es tan bonito...
El caso es que, en una época en la que todos parecen expertos en separar a Afrodita de Ares, al amor romántico del sexual, pues todavía hay quien da una oportunidad a la maravillosa combinación de factores. Y no, no culpemos de esto a los centros comerciales, ellos solamente sacan provecho de algo que está ahí, en el aire, en épocas de crisis como la que vivimos, en la guerra, en el coche, en el cine.... Huy, que me desvío...
En fin, que améis, amad mucho, a quien merezca vuestro amor, eso sí. Y follad mucho también, con y sin amor, aunque preferentemente de esta última manera. Y si os toca lidiar con algún Hefesto, pues sabed que hay Ares por doquier.